Capítulo 4
Pasó el tiempo y Elena se convirtió en una adolescente que se enamoriscaba de cualquier chico.
Tenía la esperanza de un matrimonio que la sacara de aquella casa donde el peso del silencio amenazaba con la locura, como en un mausoleo viviente, pues tanto Mariana como las dos hijas habían aprendido a hablar en susurros y siempre cuidando de que el padre no estuviera delante para no molestarlo.
Prudencio tenía momentos de ausencia y, a veces, en su soledad, hablaba con su madre muerta, como si ella anduviera rondando por el taller. Susurrándole. A Mariana le ponía los pelos de punta. «Reza por tu padre, Elena. Temo que haya heredado el mal de su madre», le pedía a su hija.
Elena se sentía cada vez más insegura en su casa y buscaba un refugio fuera.
Se esforzaba por caer bien, por hacer favores y callarse ante los conflictos.
Pero, cuando buscaba comprensión y amistad entre los de su edad, más de una vez tuvo que soportar las crueles burlas que muchos de ellos lanzaban contra las rarezas de su padre, al que se le veía hablar solo, con la mirada extraviada, a través de la ventana del taller.
Algunos chicos se acercaban a casa de Elena y ella, ilusionada, pensaba que era para verla.
Pero no. Lo hacían para mofarse de Prudencio, que entonces salía tras ellos lanzando imprecaciones y con los ojos llenos de furia.
Nunca los cogía, eran jóvenes y rápidos, y volvía a sus quehaceres murmurando entre dientes.
Elena se cansó de espe rar algo que nunca llegó, harta de burlas y de sentirse señalada como la hija del zapatero perturbado.
Vulnerable como se mostraba, los chicos solo la buscaban para besarla o toquetearla, sin intención de nada más serio, y las chicas pronto se distanciaron de aquella joven cada vez más solitaria.
Todo ello la llevó a acumular desilusiones y muchas tardes de llanto.
Se fue volviendo más y más introvertida.
Resignada a su suerte, pronto empezó a pasar más tiempo cosiendo zapatos que alternando con jóvenes de su edad.
Sin haberlo pretendido, sus días se parecían cada vez más a los del hombre que más temía: recluida en su trabajo, a solas con sus herramientas, callada. Su madre, al ver que su hija era toda una guarnicionera con futuro, le entregó la medalla de san Crispín, la misma que en su día le diera Julián.
—Tu hermana Carmen tiene otra esperándola. —Recordó su balanceo en el cuello de Justa—. Algún día la recuperaré. De momento, tú la necesitas más.
Elena aprendió lo imprescindible de letras y de números, y dejó la escuela pronto.
Prefería no ver a los muchachos que tan mal se portaban con ella.
Decidió que su fortaleza serían sus manos y que no se casaría.
Sería una solterona, como Justa. ¿Para qué iba a querer a un hombre a su lado si la trataban con semejante falta de respeto?
Tampoco tendría amigas. Para sentirse mal tratada, mejor sola.
—Ya sabe usted, madre, que «san Crispín nunca estudió ni tampoco fue a la escuela. Toda la vida pasó sentado en una banqueta». ¡Y muy bien que le fue!
—¡Pero si él y su hermano fueron decapitados!
—Bueno, pero hasta entonces… ¡se ganaba su dinero!
—Ay, hija mía, pero ¿por qué no vas a la escuela aunque sea un par de años más? ¡Que nunca se sabe! Así podrás tener algo mejor… ¡Que en una banqueta se está muy sola, Elena!
—No estoy sola, madre. Tengo a Carmen. Y la tengo a usted.
Además de regalarle la medalla de protección y buenos augurios, Mariana quiso dar pasos más tangibles para asegurar el futuro de su hija: había oído que algunas mujeres de la alta sociedad estaban importando máquinas de coser.
Una de esas podría facilitar la labor de Elena y llevarla a ganarse la vida por sí misma, sin necesidad de mendigar el afecto de un marido para sobrevivir, como le había ocurrido a ella.
Quizá, con la venia de la Virgen de la Soledad, podría incluso dejar el pueblo y mudarse a Mérida.
Trabajar en una tienda, como esas que visitaban algún domingo y que tenían vestidos y sombreros de bautizo y comunión en los escaparates.
Sería una manera de darle la libertad y, con ello, la seguridad de la que, a todas luces, carecía su corazón.
Esa falta era visible por todos y la convertía en una pedigüeña del amor, en una muchacha penosa, que nadie tomaba en serio.
«Esa Elena —decían las otras chicas— no tiene dignidad».
—Te estoy ahorrando un dinero para cuando seas un poco más mayor y así no necesitarás atarte a nadie, ya verás. —Le mostró la cajita de lata, en la balda más alta de la despensa.
—Yo voy a ser como la Serrana de la Vera, madre.
Entonces Mariana sonreía, porque sabía lo mucho que le gustaban a Elena las historias de la Serrana, que ella le contaba desde pequeñita. Se dormía soñando con la amazona salvaje y libre que vivía sola en una cueva de la sierra y que no le tenía miedo a ningún hombre.
Cuando llegó el buen tiempo, Elena empezó a salir del taller y a llevarse los bártulos de trabajo con ella.
Se sacaba la banqueta fuera y se iba a trabajar a la ribera del Guadiana o a la laguna, donde no existía aquel silencio aplastante.
Trabajaba escuchando a los pájaros de fondo y el rumor del agua al saltar sobre las piedras, los peces chapoteando, las chicharras y los grillos al caer la luz.
El olor de los cueros se mezclaba con el de la hierba, fresco y salvaje.
Allí podía imaginar que era como la Serrana, que estaba sola en el mundo. Libre.
Alguna vez se llevaba a Carmencita y la paseaba en el banco de zapatero portátil, que tenía dos ruedines y podía inclinarse para llevarse de un lado a otro.
La pequeña se subía en la plataforma de los zapatos, sujetándose fuerte a los hierros, y a veces hasta se ponía de puntillas.
Elena tiraba del carrito y cogía velocidad por la cuesta que llevaba al pueblo, con su hermana riéndose a carcajadas, el pelo al viento, diciendo que ella era la Serrana y que corría más rápido que una yegua.
Y otras veces se llevaba una escoba de casa para blandirla en alto, como si fuera una guerrera luchando contra hordas invisibles.
Tras la euforia de la aventura, volvían a casa con la luz ya baja, riéndose y abrazándose.
Una tarde de finales de agosto el calor fue tan insoportable que Elena pasó la mitad del tiempo cosiendo y la otra mitad metida en el agua.
Llegó incluso a coser dentro de la laguna, con el agua hasta la cintura, cuidando de que no se le mojaran los cueros.
El calor era sofocante y el bochorno desubicaba a los animales. Se asfixiaba uno al caminar.
Cuando ya caía el sol, enjuagó sus herramientas, les pasó un trapo con aceite y las colocó una a una en el cuero enrollado donde las ordenaba.
Al volver a casa la acompañó el canto de un autillo, refugiado entre las ramas de algún alcornoque.
Era un pitido repetitivo y gracioso, muy reconocible.
Pero cuando estaba cerca de la casa lo interrumpieron los gritos.
Ese fue el día en que Prudencio desató toda la violencia acumulada en su interior.
Desde lo ocurrido con su madre, y sobre todo después de enterarse de la visita de Mariana a su suegra, vivía con una víbora agazapada en su pecho, una víbora que tenía los ojos vidriosos, de alcohol y de odio hacia mucha gente.
Palpitaba dentro de él una animadversión hacia Mariana que iba creciendo, porque suya había sido la mano que había traído todos los fantasmas del pasado a las puertas de su mente y los había dejado allí para atormentarle.
El exorcismo, para él, llegaba tarde.
El rencor se le había ido posando en el fondo del alma, año tras año. Y allí había permanecido seco, intacto. Esperando la llama de un día de calor.
Soñando con sangre.