Capítulo 3
Para Prudencio, el nacimiento de la segunda hija fue una decepción menor, puesto que ya la esperaba.
En ningún momento dudó de que el sexo se repetiría, así que no alimentó esperanzas.
Reparó la vieja cuna, ya algo desvencijada, e incluso reservó algo de tiempo en el taller para hacerle a la niña una cotilla de baquetas, en la que pudiera sujetarse durante sus primeros pasos.
Le pusieron de nombre Carmen y se criaría bajo la protección de Elena, que tenía muchas ganas de hacerse mayor para cuidar de su hermana.
Tras la llegada de la pequeña, todos pasaron un mes y medio de tranquilidad.
Mariana se recuperó del parto, Carmen ganó peso y color, y Elena, por su parte, siguió cosiendo pedazos de cuero sueltos junto a su padre.
Él la miraba y fantaseaba con que sería una buena ayudante, la justa compensación que Dios le debía por haberle enviado dos hembras.
Prudencio nunca amenazó, insultó o puso la mano encima a su esposa o a ninguna de sus hijas.
En el pueblo se le consideraba un hombre trabajador y un buen padre, algo callado, sin muchos amigos, aunque ordenado y cumplidor.
«Huraño, pero honesto». «Siempre tenía los zapatos a tiempo».
«Un poco reservado, pero eso no significa nada».
Por eso, sorprendió tanto a los vecinos lo que acabó pasando, porque, en el fondo, a nadie le importaba que fuera un hombre «demasiado» introvertido, que no tuviera amigos, que no bebiera nunca ni pisara una ta berna y que no fuera a la iglesia…
Incluso que hubiera roto con su familia de origen y no tuviera arraigo alguno, más allá de sus agujas, sus cueros o sus clavos.
Lo único que les importaba a sus vecinos, en realidad, era que Prudencio fuera un buen zapatero.
Que fuera trabajador y que cumpliese con lo que prometía: zapatos bien hechos y sin cobrar de más.
El hombre se reducía a unas costuras prietas, nudos asfixiantes y clavos enterrados hasta el fondo de las suelas.
Una noche, después de cenar, en casa de Prudencio y Mariana retumbó la puerta con tres golpes y, al abrirla, se encontraron a Julián demacrado y sujetando la mula por la rienda.
—Madre se muere y es por culpa de esta mujer tuya.
Hasta entonces, Mariana había conseguido mantener en secreto aquella visita tormentosa, pero en aquel momento se le vino el destino encima.
Prudencio dejó su plato a medias, cogió la zamarra y desapareció cuatro días, que es como decir que desapareció de por vida, puesto que el hombre que volvió ya no fue el mismo ni se le parecía.
El hombre que volvió llevaba dentro ese tipo de odio tan profundo y antiguo, tan enterrado que ya no es posible notarlo en la cara.
Era un odio indefinido, el más peligroso de todos, puesto que flota sobre la cabeza, inestable y cargado como un rayo que busca tomar tierra en cualquier sitio.
No hubo duelo ni desolación ni tristeza, pero tampoco volvió a haber alegría.
Prudencio regresó romo y árido, pelado de sentimiento como una peña en el secarral.
Incapaz de sentir. Volvió siendo un cuero vacío, otro más que colgar de un gancho, en el taller.
Su anciana madre había aguantado seis semanas con el hígado podrido solo para poder confrontar a su hijo y acusarlo de abandono, lo que hundió por completo a Prudencio y lo llenó de desprecio hacia sí mismo.
Y luego estaban Mariana y sus mentiras; Mariana y el hecho de que todo ese pasado hubiera regresado a su vida, de la noche a la mañana y con todo su peso; tantos años de poner tierra de por medio…
para volver al punto de partida. Mariana había atado los cabos del odio en su memoria, esos que tanto le había costado romper.
La violencia recibida, que se pierde de vista pero que bulle por debajo de la piel, una piel que no olvida los años de golpes, de gritos, de portazos en la noche. Una madre enferma, pegada a la botella, demente. Y un muchacho con miedo que decidió un día dejar el pasado atrás. Tratar de olvidar.
Mariana no sabía qué hacer para lograr su perdón, pues Prudencio la castigó con un silencio implacable.
«Dale tiempo —le decían las vecinas—. Cada uno reacciona a estas cosas de una forma distinta».
Pero aquel tiempo empezó a alargarse de manera indefinida y cada vez quedaba más claro que no había vuelta atrás.
Pasaron otros tres años y Elena, con nueve, siguió acudiendo al taller, mejorando el cosido.
Su padre ya le permitía rematar algún encargo y así iban más deprisa con los pedidos.
Sin embargo, ahora hacía las guarniciones en silencio, con cuidado de no molestar.
Su padre no se enfadaba nunca, no gritaba…
, pero pasaba las horas ensimismado en el trabajo y respondía a todo como si el silencio fuera una herramienta más de su oficio: horadando, recortando y claveteando los problemas.
Pero el silencio les daba a todos más miedo, porque ya nadie sabía lo que se le pasaba por la cabeza.
Un día, Elena se puso su vestido de los domingos y acudió a casa del alcalde, para entregar unos zapatos especiales, del mejor cuero, que la mujer de este había encargado para el mayor de sus hijos.
Salió a recibirla un gato adulto y blanquinegro, muy cariñoso, que se le frotó mimoso por las piernas hasta que le dio un chispazo.
—Parece que os lleváis muy bien… —dijo la mujer del alcalde.
—A mí me gustan mucho los gatos.
—Que se lo lleve, que aquí nos sobran bocas —dijo el alcalde, que pasó por el pasillo sin despegar la vista del periódico.
—Si lo quieres, es tuyo. Tenemos una camada nueva y están los niños como locos con los gatitos. Este es mayor y ya no les hace tanta gracia.
Era un animal muy dócil, acostumbrado a subirse en sillas y mesas, a acompañar a sus amos mientras el padre hacía cuentas en el escritorio y la madre bordaba en su mecedora.
En el viaje de vuelta a su casa, Elena estuvo pensando un nombre y al final lo llamó Crispín.
Al fin y al cabo, era el santo protector de los zapateros y seguro que así les daba suerte.
La niña entró en el taller con el gato en brazos y se lo puso en el regazo para que le diera calor y le hiciera compañía.
Durante muchos días Crispín se acostumbró a dormir allí sus siestas.
Elena lo guardaba debajo de la mesa, donde nadie lo veía, y le daba las migajas de la gallina del caldo, que guardaba para él.
Pronto Crispín y ella se hicieron inseparables y él dormía a sus pies.
Ella lo permitía, aunque, de vez en cuando, se llevara algún chispazo del pelo.
El gato también se metía por entre la cotilla de Carmen, que estaba empezando con sus primeros pasos.
Más de una vez ella le pisó el rabo, por meterse el animal por donde no le llamaban.
Carmen jugaba a imitarlo y aprendió a decir «Miau» antes que ninguna otra palabra, y Elena se partía de risa al ver la cháchara que se traían niña y gato.
Mariana, por su parte, estaba a favor de que hubiera un pequeño depredador como Crispín rondando la despensa, pues, a pesar de que él también se llevaba su parte, pronto se acostumbró a bregar por el campo y se hizo más ágil y despierto, en busca de ratones y de pájaros.
No es que estuviera viejo o que fuera un gato vago, sino que la vida encerrado en la casa de los alcaldes lo había vuelto comodón.
Una tarde en que Elena estaba enzarzada con una bota demasiado rígida, perdió de vista al gato.
Ni siquiera se dio cuenta de que se había subido a la mesa de trabajo y estaba mordisqueando las pieles nuevas, que no debían de estar del todo bien raspadas y olían aún a la carne del vacuno.
Crispín se relamió de gusto y le clavó fuerte los colmillos, intentando sacarles algo de sabor.
Prudencio, sin decir nada, se acercó a él y lo apartó de un manotazo que lo tiró contra la pared del hornillo, donde, con tal mala suerte, estaba hirviendo el perol de la cola zapatera.
El gato quedó escaldado, con calvas de pelo sobre la piel quemada.
Salió aullando del dolor, y el padre se limitó a agarrarlo del pescuezo con una mano mientras cogía un saco de arpillera con la otra.
Elena lloró durante días, sin que nadie la viera.
No volvió a ver a Crispín y no intentó acoger a ningún otro animal.
Aprendió a quedarse callada y lo más inmóvil posible en el taller.
Evitó desde entonces dirigirle la palabra a su padre y se le instaló en la boca del estómago un temor silencioso cada vez que estaba allí con él.