La casa del hilo rojo Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

La medalla que Pruden se llevó en su día, casi idéntica, debía de ser la de san Crispiniano, hermano de san Crispín e igualmente patrón del trabajo con el cuero. En la misma postura, con la espada y un martillo. Se la había visto a Justa, colgando del cuello, en el día del parto de su primera hija.

Y aquella mujer, ahora estaba segura, le había quemado sus partes íntimas a propósito.

Por todo ello, cuando a los pocos días se le adelantó la llegada del bebé, Mariana no quiso saber nada de Justa, que era la única partera que había en el pueblo.

—Pero ¿por qué no quieres que venga? —insistía Prudencio, desesperado—. ¿Es que quieres poner en riesgo a la cría?

Mariana aguantaba las contracciones con los labios apretados. Sus sospechas la comían por dentro desde el día mismo en que estuvo en Torrecilla, porque ¿para qué iba a darle su marido a la partera una joya familiar? ¿En pago de qué?

—¿Tú le diste alguna propina a Justa el día en que nació Elena? —inquirió, entre contracciones de parto.

—Yo no, ¿y tú?

—No. Yo pagué lo convenido. Lo que suelen darle siempre.

Y es que días atrás, en el mercado, había confirmado sus sospechas: que Justa y Prudencio se conocían de antes.

Decían que él no se había querido casar con una mujer de tanto carácter, tan mandona y con una familia tan grande y dominante.

Justa estaba amparada por su oficio y sus parientes, y eso le daba poder.

Prudencio prefirió a Mariana, que estaba sola y no tenía adónde ir.

El parto se aceleraba y Mariana se resistía a llamar a nadie.

Tenía el rostro desfigurado por el dolor, pero no atendía a razones.

La pequeña Elena estaba asustada y aguardaba junto a la puerta, con la espalda pegada a la pared y la pila de trapos limpios y doblados con escrúpulo, mientras el padre daba vueltas por la casa, lanzando los brazos al aire.

—¡Iré a buscar a Justa y te sujetaré yo mismo mientras te saca a la cría!

Mariana negaba con la cabeza.

—Trae a cualquier otra, pero a ella no.

Disgustado, Prudencio fue a buscar a la Marcas, una molinera de brazos fuertes que había parido siete hijos. Aunque fuera por su propia experiencia, algo sabría de alumbrar criaturas.

—Yo nunca he asistido a nadie, y cuando es una la que está en el trance se le va mucho la cabeza —se resistió la Marcas—. Harías bien en llamar a la partera.

A pesar de todo, ante el apuro de Prudencio, accedió a acompañarle.

Cuando llegaron, sudando y cubiertos de polvo, se encontraron a Mariana de pie en el establo, agarrada con ambas manos al pesebre y gruñendo hasta el grito con cada empujón que no resultaba en nada.

La Marcas se adelantó para palpar entre las piernas y en la tripa, que estaba tan baja y dura como el pesebre de piedra sobre el que se apoyaba.

—¿Cuánto tiempo llevas así, hija mía?

—Desde que Prudencio se ha ido.

—Voy a llamar a Justa. Tú échate un rato y descansa, anda.

—¡No! ¡No quiero a esa mujer en mi casa!

—¡No seas tozuda! ¡Que le vas a causar un mal a tu hijo! ¡Y a ti misma! ¿Es que te quieres quedar baldada?

Cuando llegó Justa se encontró a Mariana derrotada y llorosa, tumbada en la cama.

Sintiéndose una incapaz por no haber logrado parir ella sola, como se suponía que hacían tantas mujeres en el campo o como hacían las vacas y las cabras mismas.

Su frustración la amargaba y, más que por Justa, lo que sentía era desprecio por sí misma.

—¿Por qué no me has llamado antes? —quiso saber la partera.

Mariana llevaba puesta y bien visible la medalla de san Crispín y le dirigió a Justa tal mirada al escote, donde lucía a san Crispiniano, que esta lo entendió todo en un instante.

Se puso muy seria y se dedicó a hacer su labor en silencio, sin decir ni una palabra, metiendo sus manos duras pero eficaces en las entrañas de la parturienta.

Por su parte, Mariana tampoco agachó la cabeza y no le concedió ni un quejido ni un grito que poder añadir a la humillación y derrota que sufría.

Cuando tocó empujar, Justa simplemente la miró a los ojos y asintió.

Mariana tragó saliva y empujó hasta extenuarse, con los labios y la garganta sellados por completo.

Justa sacó a la niña que nunca podría haber sido niño, le apañó el cordón y salió al umbral para ponerla en los brazos de la Marcas.

—Toma. Lávalas tú, que eso sí que lo puede hacer cualquiera. Y vigila que la placenta salga entera.

Marcas, a su vez, metió a la niña en un balde, frente a Elena, y se fue a atender a la madre.

—Échale un poquito de agua por encima, anda. Pero que no esté caliente ni tampoco muy fría —le dijo Justa antes de marcharse.

Elena, a sus seis años, fue la que le dio su primer baño a aquella niña menuda que había nacido antes de tiempo.

Mariana temía mirarla, le aterrorizaba lo que pudiera ver en ella, pero su hermanita no tenía ningún prejuicio.

Adoró a la pequeña desde el momento en que la vio y la colmó de besos, refugiándola contra su pecho plano.

Dándole calor durante su primer sueño en este mundo.

Después de acariciarla parte por parte y de apretarla bien en pañales limpios, ambas se quedaron dormidas, abrazadas.

Y Elena juró que ya nadie las separaría.