Capítulo 2 #3
En ese momento apareció Julián, el hijo mayor, y abrió la puerta principal.
El chorro de luz iluminó a ambas mujeres y reveló cuán envejecida y agostada estaba la anciana.
Era la viva imagen de la angustia. Lanzó un chillido y se encogió ante el golpe de luz, perturbada, como si realmente fuera un espectro que necesitaba de la oscuridad para vivir.
Julián encañonó a Mariana con su rifle de caza.
—¿Se puede saber qué están haciendo en mi casa?
Ella no consiguió decir nada. Los ojos se le salían de las órbitas del espanto. Toda aquella situación amenazaba con desbordarla.
Los sacerdotes corrieron por el pasillo de arriba.
—¿Mariana? ¿Está usted bien? —preguntó el padre Servando.
—¡He dicho que qué hacen en mi casa! —gritaba Julián, fuera de sí.
Los curas empezaron a bajar rápidamente las escaleras, rociándolo todo con el agua bendita y con los crucifijos levantados.
—¡Venimos a ayudar a su madre! ¡A sacarle el diablo de las entrañas!
Julián disparó un tiro al aire.
—¡Mi madre no necesita curas! ¡Lo que necesita es que la dejen en paz!
La anciana se adelantó hacia Mariana. Ella sintió el aliento agrio incluso a distancia. Eso fue lo que la delató. Al volverse, vio que aquella mujer perturbada llevaba en la mano un cuchillo de cocina.
—¡Devuélveme a mi niño!
Se abalanzó contra Mariana, con el cuchillo en alto, pero Julián alcanzó a agarrarla de la muñeca. Se la retorció hasta que lo tiró y el metal rebotó contra el suelo.
Mariana retrocedió espantada, con la sensación de que bien podría haberle abierto las tripas allí mismo.
Tenía la respiración acelerada y el corazón desbocado, pero era evidente que la señora no estaba bien y que necesitaba ayuda.
Un acto de caridad. Estaba atravesando un episodio de delirio y alucinaciones, quizá a causa de la irrupción de unos extraños en su casa.
No tendrían que haber entrado así. Lo menos que podía hacer era intentar calmarla.
Reunió valor y fue a su encuentro.
—¡Soy su nuera, señora! ¡Soy la esposa de su hijo Prudencio! ¡Déjese ayudar!
La mujer la miró con la expresión vacía y desencajada.
—¿Mi nuera? La de Pruden…
—Sí, la de Pruden. Hemos venido a ayudarla. ¿Sabe? Tiene usted una nieta.
La mujer parpadeó rápidamente, como si aún estuviera molesta con la luz. Los ojos se le iban, la expresión era errática. Empezó a murmurar y a balancearse levemente, en círculos.
—Yo no les hice nada a mis hijos. Lo sabe, ¿verdad? Fueron ellos. ¡Pero yo no les hice nada! ¡Lo juro!
Empezó a pegar gritos y a guiñar los ojos y a sollozar.
—¡Yo no lo hice!
Vomitó un chorro de sangre que le manchó la bata y alcanzó las faldas y los zapatos de Mariana, que se quedó inmóvil, horrorizada, mientras Julián la agarraba por el hombro y la sacaba de la casa a empujones.
En el interior se oían los gritos de los sacerdotes, « Vade retro Satana!
», que habían vaciado sobre la anciana toda el agua bendita que les quedaba.
Ella estaba empapada y temblando, con el pelo mojado pegado al cráneo y los labios arrugados en un temblor constante.
En la bata se mezclaban la sangre y el agua, su mirada era vacua, desquiciada, cruzadas ya todas las líneas de cordura.
Ella misma no sabía si estaba muerta o si seguía viva.
—¡Miren lo que han hecho! —protestó Julián, mientras los echaba a todos—. Llevaba una mañana tranquila y ahora… La han hecho desquiciarse de nuevo. ¡Váyanse! ¡Váyanse de mi casa! ¡Ahora!
Los dos curas corrieron por el camino, santiguándose y echando vistazos hacia atrás. El padre Servando trastabillaba y tenía que sujetarse en el hombro de su compañero.
—¿Y usted qué hace todavía aquí? —increpó Julián a Mariana—.
¿No ve que mi madre está enferma de los nervios?
Ese aguardiente es lo único que la calma.
¡Las visitas la alteran! No sabe dónde está y se imagina cosas.
¡Incluso oye voces y se pone a repetirlas!
No sabe lo que me cuesta que tenga algo de paz.
Mariana no podía hablar. Aún se estaba cubriendo la boca por el horror.
—¿Para qué ha venido desde tan lejos? —insistió Julián—. ¡Hable!
—Tengo una hija, su sobrina. Y… y otro en camino. —Se puso la mano en el vientre—. La cosecha ha sido un desastre y hay poca comida. Yo solo quería…
Julián se quitó la medalla que le colgaba del cuello.
—Tome. Véndala y compre pan a sus hijos. Prudencio se llevó la del otro santo. Véndalas las dos. O póngaselas a los críos, para que los protejan. Buena falta les hará en este mundo maldito. Y ahora mejor márchese de aquí, ya ve que nada bueno puede esperar de este lugar.
Mariana, asustada por todo lo que acababa de vivir, agarró la medalla en el puño y se la apretó angustiada contra el pecho antes de salir de allí corriendo, sin mirar atrás. Con el corazón martilleando sin tregua y temiendo lo que Prudencio pudiera hacer al enterarse.
Pasó el viaje de vuelta arrebujada en la carreta, atemorizada por todo lo que había visto y oído, sin saber ni cómo iba a ocultárselo a su marido e intentando ignorar la mancha de sangre que se le estaba secando sobre el ruedo de la falda.
Con la mirada perdida, sin poder olvidar la del abismo insondable de su suegra.
No sabía si era el demonio o si era locura, pero aquella mirada se le había clavado muy adentro.
Ahora su propio vientre le parecía extraño, como ajeno a ella misma, pues no sabía qué tipo de hijo podía salir de él.
La invadió un terror que no había sentido nunca con Elena.
¿Y si aquello era hereditario? ¿Y si el bebé también mostraba esos rasgos…
demoniacos? Empezó a distanciarse antes incluso de que naciera, por instinto, estableciendo barreras inconscientes con aquel ser que no conocía.
Preparándose para lo peor. Se arrepentía de traer a aquel bebé al mundo. Ojalá nunca hubiera pasado.
Durante el viaje de vuelta ya no buscó al Lagarto de las Peñas ni se acordó de él.
En el puño apretaba la medalla con forma de almendra que le había dado Julián, hasta clavársela en la carne.
Como si ese dolor la trajera al presente, a la realidad de la carreta y de la tierra.
Era la medalla del santo Crispín, patrón de los zapateros y de los peleteros, sosteniendo una espada en alto y un cuchillo curvo.
«San Crispín nunca estudió ni tampoco fue a la escuela.
Toda la vida pasó sentado en una banqueta».
Para calmarse, repetía una y otra vez la canción que le habían enseñado en el colegio, intentando descifrar su misterio.