La casa del hilo rojo Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Por los caminos, no dejaba de darle vueltas a lo que había dicho Justa.

«A esos los ha mirado el Lagarto de las Peñas.

Algo así no puede ser normal» . Se decía que el Lagarto vivía entre aquellas dehesas rocosas, en el camino entre Mérida y Badajoz, por lo que no dejaba de otear a un lado y a otro de la carreta, con una mezcla de miedo y de curiosidad infinita.

Esperaba ver en cualquier momento su larga cola escurrirse entre las piedras, aunque también temía encontrarse de lleno con su mirada.

Una mirada que podría malograr su embarazo, tal era su poder, según contaban las leyendas.

Sin embargo, Mariana pensaba que a su favor jugaba la compañía del cura, Andrés, que, aunque estaba recién salido del seminario, contaba ya con la protección de Dios.

Se llevó la mano al vientre, confiada en que pronto se resolvería el misterio de la repetición del sexo de los niños.

Entonces, las esperanzas de parir un varón se volverían reales o se desvanecerían para siempre.

Por si acaso, durante todo el trayecto mantuvo ambas manos sobre el regazo y, cuando le parecía que se movía algún matorral, susurraba: «Lagarto, lagarto».

Al llegar al pueblo la carreta se detuvo frente a la iglesia, donde ya les esperaba el padre Servando, hombre ya entrado en canas y en arrugas, que se deshizo en sonrisas y abrazos con el padre Andrés.

Mariana no sabía adónde ir, su marido nunca le había dado las señas de la casa familiar, por lo que esperó el momento adecuado para preguntar.

Se resguardó del sol, que aún recortaba los muros de sombras negras.

Desde allí le llegó el fuerte olor a incienso que desprendía el cura.

—Menos mal que has podido venir, muchacho, no sabes la de semanas que llevo rezando y pidiéndole a Dios que nos prepare y nos proteja.

—No iba a dejarle entrar en esa casa solo, padre. Para eso estamos.

—No es que yo tenga miedo al diablo…, ni tampoco a la señora, claro, pero me preocupa el hijo, Julián.

En todos estos meses he intentado hablar con él, con la Biblia en la mano, por ver si me dejaba entrar a ver a la madre, pero no ha habido manera.

La tiene encerrada entre paredes, en clausura firme, y no deja a nadie entrar en la casa.

Temo que el mal se haya atrincherado allí y se extienda por el pueblo.

Hay que aprovechar que el hijo está fuera, cazando en el monte, para entrar sin que se entere.

—¿Y cómo vamos a hacerlo? Si estará todo cerrado…

El padre Servando le mostró una llave que aún brillaba por el aceitado, recién terminada.

—Con esta que me ha dado el cerrajero. La antigua cerradura cayó podrida del óxido y la acaban de cambiar. Por eso te hice llamar tan rápido, hijo, porque tenemos que entrar antes de que se entere de la copia.

—No se preocupe, padre, que en la casa de los Borrallo entramos mañana mismo por la mañana, con toda el agua bendita que tenga a mano.

¿Una mujer encerrada con el mal dentro? ¿Un hijo llamado Julián que la tenía aislada de todo?

A Mariana le entró un escalofrío al oírlo porque el nombre de su marido, el que le pusieron en su pila bautismal, no era otro que Prudencio Borrallo.

Y esa mujer a la que los curas querían sacarle el demonio no podía ser otra que su suegra.

Aquella noche Mariana durmió y no durmió sobre uno de los bancos de la pequeña iglesia color arena, tapada con la misma manta del viaje y con la mirada clavada en la de la Virgen de la Soledad Coronada.

Los múltiples cirios de las ofrendas aún temblaban, encendidos frente a las capillas a ambos lados del altar, y había en el aire un tufo a flores mustias que se adhería a las piedras.

En un momento en que tuvo mucha sed se levantó, arrebujada en su manta, y caminó descalza hasta una de las pilas de agua bendita, donde se santiguó por triplicado en la frente, en los labios y en el pecho, entonando la cantinela: «Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro».

Entonces hizo un cuenco con la mano y tomó un sorbito.

Esperaba que el Señor le perdonara aquella falta y que el agua consagrada la ayudara a dormir mejor y a enfrentarse a lo que tuviera que ser al día siguiente.

Sin embargo, permaneció toda la noche con los ojos abiertos, rígida y sin moverse.

Como si las pupilas negras de óleo de la Virgen pudieran sostenerla y librarla del terror de sus pensamientos.

No estaba dispuesta a volverse a su casa y olvidarlo todo.

Si era verdad que su suegra tenía a Satanás dentro y que aquellos curas podían liberarla, tenía que estar allí para ayudar.

Quizá así la buena mujer obtendría la paz y podría reconciliarse con su hijo.

Prudencio no podía culparla por algo así. Nadie elegía ser poseído.

Su mente estuvo en un runrún incesante toda la noche, repitiendo pensamientos contradictorios de compasión, sentido del deber y ganas de volverse corriendo a su casa.

«Tú que también eres madre, María de la Soledad, tú que sabes de las cargas que soportamos las mujeres…

Ayúdame y protégeme, y también a la pobre madre de Prudencio».

No se podía saber quién estaba más rígida y fría, si la estatua doliente de la Virgen o la propia Mariana.

Mantenía los brazos cruzados sobre el vientre, cada vez más consciente de que no sabía nada de la sangre con la que había decidido mezclar la suya.

¿Quién era la abuela de sus hijos y por qué estaba endemoniada?

¿Cómo sería esa criatura que llevaba en su interior?

¿Sería dulce y bien dispuesta como Elena o, por el contrario…

, una niña mala? Todo fueron preguntas y miedos en aquella noche tan larga.

Y, al amanecer, de nada sirvieron los ruegos, las advertencias y hasta las amenazas de excomunión de los sacerdotes para disuadirla de ir a la casa de los Borrallo.

—Pero, mujer, si esto va a ser peligrosísimo. ¡No podrá ni acercarse a menos de un soplo! ¡Que dicen que el diablo incluso puede saltar de un cuerpo a otro!

—Iré con ustedes —replicó, absolutamente determinada a conocer de primera mano qué estaba ocurriendo en casa de su suegra—. Y estaré fuera por si necesitan que les mueva el incensario o que encienda velas. Que esa mujer también es mi familia, sépanlo ustedes.

Necesitaba saber. Asegurarse de que las maldiciones no eran más que habladurías. O no podría volver a dormir tranquila.

Se dirigieron hacia allí con la primera luz del día a través del secarral, respirando el polvo del camino y dejando marcado en la tierra el rastro de las alpargatas de ella y los zapatos de ellos.

Entre matorrales pardos, exhaustos por la sequía, encontraron una casa de labranza grande, pero que debió de haber vivido mejores tiempos.

Algún animal rebulló junto a la entrada, tan rápido que Mariana no logró ver si era una rata o una musaraña.

La pintura de los marcos estaba descascarillada y la puerta algo vencida por el lado derecho, aunque la cerradura brillaba al sol, presta a ser estrenada.

Las ventanas se condenaban con rejas y contraventanas.

De no ser por la cerradura, podría haber pasado por una casa abandonada.

—La dejó bien afechada antes de salir —dijo el padre Servando, sacudiendo el candado.

—Lo que no sabemos es si lo hizo para que no entrara nadie… o para que no saliera lo de dentro —apostilló el padre Andrés.

Servando reprimió un escalofrío. Le dio la vuelta a la llave y empujó la puerta con suavidad.

El olor del alcohol fue lo primero que les dio en las narices, como una bofetada, y el sacerdote más viejo se cubrió la nariz con la manga de la sotana.

A los tres les costó ajustar la vista más allá del umbral, en una oscuridad tan densa como la noche sobre una lápida.

El joven padre Andrés levantó el crucifijo por delante de los tres, como si pudiera iluminarlos el reflejo del metal.

Con el movimiento de su brazo, un rayo de luz de afuera relumbró en las muchas botellas de cristal del aparador de la entrada.

—¿Señora? ¿Está usted en la casa?

Silencio.

Abrieron las ventanas y recorrieron la planta baja.

Era austera y tenía pocos muebles, todos de madera oscura, los sofás forrados de un lienzo basto y pardo a la escasa luz que había.

Habría pasado por cualquier casa de pueblo normal, de no ser por algunos vasos de barro, jarras y porrones que se apilaban en el suelo.

Y también por el olor pestilente del alcohol rancio y las manchas de vómito que salpicaban las cortinas.

—Aquí no hay nadie —dijo el padre Andrés.

—Miremos en la planta de arriba. —El padre Servando preparó el agua bendita.

Ambos sacerdotes subieron las escaleras, que crujieron a cada paso, como quejándose por una visita indeseada.

Mariana permaneció en la planta inferior.

Los dos hombres desaparecieron por la puerta del dormitorio con paso firme y la luz inundó el pasillo superior cuando desatrancaron de un tirón los postigos de las ventanas.

Entonces Mariana la vio.

No supo de dónde había salido, si de la puerta trasera de la cocina o de detrás de algún mueble.

Estaba allí, delante de ella, solas ambas en la planta baja.

Sus ojos vidriosos relucían en la penumbra, en la que apenas se dibujaba su silueta.

Avanzó despacio, desgreñada y empapada en sudores, descalza y vestida con una bata ligera que retemblaba a cada paso. Se movía en un silencio tétrico.

—¿Es que has venido a llevarte a mis hijos?

La anciana levantó la mano huesuda hacia ella, como intentando tocarla. Su semblante era cadavérico, con unas ojeras negras bajo los ojos hundidos, con el brillo de la locura intacto y puro. Le señaló el vientre con su dedo retorcido.

—Ah, ya veo que te has llevado uno.