La casa del hilo rojo Capítulo 2
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Capítulo 2

Pasaron los primeros meses, durante los cuales Mariana se llevaba a la niña en un capazo a todas partes, a trabajar con la azada o a darles de comer a las gallinas.

Al dejarla en el suelo repetía las palabras que le había enseñado su madre: « ¡Jusa el encontráu!

», una antigua fórmula para ahuyentar la urticaria que provocaban culebras, lagartijas y otros bichos que dejaban su reguero venenoso al arrastrarse por el suelo.

Era habitual ir a lavar al río, dejar las prendas a un lado, en la tierra…

, y acabar con la piel roja como si se hubiera una rebozado en las ortigas.

Así, conjurando al encontráu y haciendo la señal de la cruz, Mariana mantenía a su bebé con la piel blanca y sin ronchas.

A la madre aún le dolían las quemaduras que había sufrido en el parto. Ya sabía que Justa lo había hecho sin querer, pero el posparto fue más difícil, le costaba caminar y la piel le escocía por las rojeces. De tener relaciones, por supuesto, ni hablar.

Cuando la niña cumplió medio año, Mariana por fin se sintió del todo recuperada y con fuerzas. Era el momento de comprobar si la maldición era cierta.

Le dijo a Pruden que debían ir a su pueblo de origen, a presentarla a su familia, pero él reaccionó como si le mentaran al diablo.

—Ya sabes que no me hablo con ellos. No iremos, ¿me oyes? Ni aunque me amenazaran con matarme a palos volvería. Prefiero morirme a verles la cara.

Tan violenta fue su respuesta y tan amenazante su mirada que Mariana temió que Pruden se hubiera dejado allí algo pendiente y oscuro.

Alguna deuda o cabo suelto, incluso algún delito que le impidiera volver.

Ella procedía de una familia golpeada por el tifus, una enfermedad que se había llevado a sus padres, entre fiebres, escalofríos y vómitos, y cuando Pruden le ofreció matrimonio, al poco de conocerla, no lo pensó demasiado.

Estaba sola, desamparada, sin familia y sin apenas recursos, y se le había presentado una oportunidad de salir adelante.

Por entonces no le había importado no saber apenas nada de su vida pasada y no conocer a su familia…

, lo había pasado por alto por conveniencia.

Pero ahora, con una niña a su cargo, empezaba a cuestionarse si había hecho bien en callar y no hacer preguntas.

¿Quién era en realidad aquel hombre? ¿Por qué huía del pasado?

¿Y por qué había decidido romper con todo?

Decidió posponer ese viaje, al menos de momento, pues no quería tener más problemas con su marido.

Ya bastantes tenía con ponerle excusas en la cama, aunque sabía que no podría mantenerlas mucho más.

«Toma infusiones de hierba ajera», «Yo fui a rezarle al santo y enseguida cayó», «Ve a las termas romanas, que si pudieron curar a Varinia Serena, seguro que a ti también», «Deja, deja, que lo mejor es ir directamente a los ojos del Guadiana, en Ciudad Real, y remontar el río hasta sus fuentes».

Las vecinas la abrumaban con sus consejos, al ver que pasaba el tiempo y no llegaba un segundo bebé.

En el fondo todo el mundo deseaba comprobar si la maldición de la familia de Prudencio era cierta.

Había apuestas sobre si se repetiría el sexo de la criatura.

Mariana no solo ignoraba estos consejos, sino que, además, seguía poniéndole excusas a Prudencio en los días que le parecían de más riesgo.

Aún no estaba preparada. Intentaba protegerse de ello con todos los medios a su alcance, con ruegos y con acciones.

Para muchas mujeres del pueblo parecía una condena, un indicio de que Mariana se había resecado por dentro como la carne curada, pero ella lo celebraba cada mañana y se dedicaba en cuerpo y alma a Elena, que crecía cada vez más fuerte.

Al ser hija única, estaban muy unidas: la una era el apoyo y la compañía de la otra.

Como dos amigas que siempre se eligen mutuamente y para las que, en algunos momentos, solo existe ese «nosotras», tan seguro y amado.

A su alrededor, desaparecía el mundo. El vínculo de «mamá y bebé» era irrompible y, cada vez que la pequeña veía a una vaca con su ternero o a una gallina correteando con su pollo, los señalaba y le decía a su madre: «Mira, somos tú y yo».

Mariana sonreía y eso le daba fuerzas para continuar su jornada con mayor denuedo.

Siempre mantenía a Elena a su vera y procuraba que la niña se esforzara y ayudara en las tareas, para que se le hicieran fuertes las manos…

Por las noches le ponía un poquito de aceite de oliva y se las masajeaba como cuando era bebé.

Mariana se la llevaba a todas partes y, en el camino de vuelta a casa, recogían flores que trenzaban juntas, cuando caía el sol y ya no había nada más que hacer.

Y entonces la madre le contaba historias de mujeres fuertes, de las serranas, y la niña escuchaba con los ojos muy abiertos.

Decía que ella también sería serrana algún día, tan libre y tan fuerte como la magia del monte.

Sin embargo, las tornas cambiaron cinco años después, tanto para Mariana como para la región, ya que se malogró la cosecha coincidiendo con su segundo embarazo, que ya no pudo evitar más.

Entonces se enteró de que unos vecinos iban a sacar la carreta para acercar al cura a Torrecilla del Guadiana y no se lo pensó dos veces.

Temiendo no tener suficiente comida para alimentar a Elena y al bebé que estaba por venir, aprovechó para pedir que la llevaran y le puso de excusa a su marido que iría a visitar a unos parientes.

Tales parientes no existían, por supuesto, pues Mariana estaba sola en el mundo.

En realidad, en un arranque de desesperación, se fue a ver a la familia de Prudencio, ya que no tenía a quién más recurrir.

Sin familia propia, ¿qué menos que apoyarse en la de su marido para velar por el bienestar de su hija y de la criatura que crecía dentro de ella?

Aunque él no quisiera saber nada, tenía que intentar un acercamiento.

Así que dejó preparados unos platos sencillos con los que Prudencio pudiera apañarse durante unos días y habló con las vecinas para que estuvieran pendientes.

Luego, reunió las fuerzas suficientes como para separarse de su niña, subió a la carreta junto al cura y se pusieron todos en camino.

Temía la reacción de Prudencio, pero más temía ver a Elena pasando necesidad.

Durante el viaje se acordó de esta a cada minuto.

No estaba acostumbrada a separarse de ella y sabía que la niña la extrañaría mucho.

Era la primera vez en seis años que se ausentaba y tenía que apretar los puños y repetirse que ya estaba preparada, que no era demasiado pronto para dejarla unos días. ¿Tendría que haberla llevado con ella?

A pesar de la preocupación de Mariana, Elena compartió momentos bastante gratos con su padre. Con la mala cosecha de aquel año, Prudencio echó aún más horas en el taller de zapatos y, durante los días en que su madre estuvo fuera, Elena dio sus primeras puntadas como guarnicionera.

Todo sucedió como en un juego, con la niña pasándose por el taller, en la parte trasera de la casa, de puro aburrimiento.

Esos días en que no tenía con quién hablar, deambulaba de un lado a otro de la casa.

Estaba ya hasta el moño de ver a las gallinas picotear en círculos y a la cabra arrancar y mascar la hierba.

En la casa había demasiado silencio, solo interrumpido por el martilleo que llegaba del taller, así que para allá fue.

Estaba acostumbrada, desde que nació, al olor intenso de las pieles curtidas y al sonido del lijado y del martillo en el banco de trabajo, así que, simplemente, se sentó en una banqueta junto al padre y empezó a recoger los recortes de las pieles que él iba de sechando en el suelo, apenas unos triángulos y unas tiras sueltas.

«San Crispín nunca estudió ni tampoco fue a la escuela.

Toda la vida pasó sentado en una banqueta».

Cogió el carrete de hilo reforzado y una aguja que ya estaba enhebrada y se puso a forzar el acero afilado a través de los cueros, con sus dedos de niña, todavía tiernos.

El padre, sin decirle nada, le ofreció un punzón para que se ayudase.

Así, Elena pasó la semana sentada junto a él, observándole, practicando con los restos y cosiéndolos, dándoles forma con cartoncillos para completar una muñeca.

—Es para mi hermana, cuando venga.

—Tú también sabes que será una niña, ¿verdad?

—Usted ya lo da por hecho.

—Nos viene de familia. Es un sino que nos ha caído.

—Y si al final no es niña…, pues me la quedo yo.

Al cabo de la semana en que Mariana estuvo de viaje, Elena logró acabar la muñeca. Su padre la ayudó a rematarla y estaría en el cesto del bebé desde el primer día.

El camino resultó agotador para Mariana.

El traqueteo le molió la espalda todavía más que las malas noches de embarazo.

Iba agarrada a una bota llena de agua como si fuera su única posesión en el mundo y cubierta con una manta de lana.

Bajo aquel sol inclemente y de sequía era preferible taparse y sudar que permanecer al raso, pues el sol te podía requemar la piel.