La casa del hilo rojo
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Capítulo 1
La Mérida del último cuarto del siglo XIX no parecía el mejor momento ni lugar para nacer, aunque tampoco el peor.
Acababan de pasar de largo las epidemias de cólera y viruela que se habían llevado a tantos niños, por lo que Mariana agradeció que el embarazo se hubiera hecho de rogar.
Las guerras carlistas se dieron por zanjadas, con su correspondiente bajada de impuestos, y eso permitió respirar a la gente.
Las inversiones se dispararon. El ferrocarril trajo el dinero de los alemanes, que compraban la mayor parte del corcho de las tres fábricas que se abrieron en la zona.
Pronto pudieron competir incluso con los ingleses de la Sierra de San Pedro y los barcos salían de Lisboa tan cargados de tapones que no se podrían hundir ni a cañonazos porque, según decían, seguirían flotando hasta llegar a Alemania.
A la llamada de la prosperidad acudieron obreros de toda Extremadura e incluso del resto de España.
Mientras todo esto pasaba en la región, al otro lado del Atlántico se hacían las primeras llamadas telefónicas, en Francia triunfaban los impresionistas y en Inglaterra la reina Victoria se declaraba emperatriz de la India.
Así estaban las cosas cuando nació Elena. Pero lo que en otro hogar habría sido motivo de alegría, en el de Prudencio y Mariana se tornó decepción, pues el padre ya sabía que todos los bebés que llegaran serían niñas.
Siempre había sido así en la familia de Prudencio: dos niños en el caso de su hermano mayor; cuatro niñas en el del menor; tres niñas nacidas de sus dos primas, que además eran mellizas…
Por eso, la llegada de Elena acabó de golpe con todas sus esperanzas de tener un heredero.
Aquel día no solo le cayó encima la desgracia de una hija, sino toda la maldición familiar: la certeza de que nunca tendría un varón que compartiera el peso de trabajar en el campo y remendar zapatos.
Tras el parto, el padre se limitó a entrar en la alcoba, prestar su carrete de hilo zapatero para atar el cordón y ceder un dedal de anís para desinfectarlo.
Se lo dejó todo a la partera y remató la faena con un bufido, al ver la cara de la niña, antes de enrollar los bártulos de patronaje y marcharse a recorrer las fábricas de corcho, en busca de clientes que anduvieran descalzos.
Cualquier cosa menos quedarse en una casa que olía a hierro y desencanto.
—¡Se llama Elena!
Mariana se lo gritó con las escasas fuerzas que le quedaban. El portazo ahogó el nombre de la niña y la mujer volvió a hundirse entre las almohadas, cercadas de sudor. Su cuerpo seguía insensible, como si lo hubiera abandonado tras las horas largas del parto.
—¿Tú también crees que todas serán niñas? —le preguntó a la partera.
Justa acababa de llegar con un balde muy pesado, donde aún humeaba el agua recién hervida. La vertió en otro cubo, por ver si se templaba.
—A esa familia la ha mirado el Lagarto de las Peñas. Algo así no puede ser normal.
«Lagarto, lagarto», pensó Mariana cruzando los dedos por debajo de la sábana.
Decían que el de las Peñas era una criatura que repartía el mal de ojo con crueldad, pero también con justicia…
Algo habrían hecho los familiares de su marido para ser castigados con semejante repetición del sexo de sus hijos.
Conocía la supuesta maldición solo a través de su marido, puesto que Pruden venía de Torrecilla del Guadiana, entre Mérida y Badajoz, y solo tenía contacto con su hermano mayor, Julián, con el que se escribía.
Por eso, Mariana no tenía forma de saber si lo que le contaba su marido sobre los hermanos repetidos era cierto o más bien una exageración.
¿Dónde acababa la casualidad y empezaba el mal de ojo?
Justa descargó el balde una segunda vez y se dio aire con las manos, tras recibir la nube de vapor en la cara. Metió el codo, de prueba, y se retiró abrasada.
—¡Hay que ver cómo quema aún, la condenada! ¿Quieres que vaya a por más agua? ¿Tienes sed? Porque yo tengo la lengua como papel secante.
Mariana suspiró, porque Justa era de las que hacían una pregunta y, en cuanto movías los labios para contestar, te daba la respuesta. Sentía que las fuerzas se le iban, consumida entre aquellas almohadas.
—Tengo sed, pero también tengo frío.
Justa le ofreció el dedal de anís.
—Pues entonces toma, que no vamos a tirar esto, y además te calmará los nervios. ¿Es que no tenéis más?
Mariana negó con la cabeza.
—Prudencio dice que el licor es el mal.
—Mejor eso que lo contrario. Ya lo creo.
Pues mira, lo de repetirse los críos de una misma familia puede ser algo que lleven en la sangre y que se lo pasen los unos a los otros.
Como los dientes para fuera o las orejas de soplillo.
En cualquier caso, tienes fácil la prueba.
Te quedas embarazada, pares otro y listo.
Mariana se empinó el dedal de licor. Le pesaba el mundo entero solo de pensar en otro crío, después de los nueve meses de preñez, trabajando en el campo con la tripa sobre las caderas, acarreándola de un lado a otro y sin poder ni agacharse.
Tenía que ponerse de rodillas para recoger los huevos de gallina o fregar los suelos de la casa, y, en las últimas semanas, casi no podía ni ponerse los zapatos.
Todo eso sin contar las más de doce horas de parto que acababa de soportar.
Como primeriza, estaba exhausta. Desconocía cómo otras mujeres, que habían pasado por seis, ocho, diez partos, habían sido capaces de un esfuerzo tan brutal.
Se arrebujó en la mañanita blanca que le había tejido su madre, uno de los pocos recuerdos que guardaba de ella. Para consolarse de su ausencia, acarició la cabeza del alfiler que la cerraba y que imitaba a una perla.
—Pues sí. Ya saldremos de dudas en el siguiente.
—O mira, también puedes ir al pueblo de tu marido y presentar a la niña a su familia. Y así sabrás si los críos se repiten más que el ajo o si solo son manías.
Aquella era una buena idea. Torrecilla no estaba tan lejos y podían aprovechar la feria de otoño para juntarse con alguna carreta.
Así vendería esos zapatos que, al no estar hechos a medida, acumulaban polvo en un lateral de la despensa, apilados entre los sacos de harina y los de alubias. ¿Sería verdad lo de la maldición?
La pequeña Elena lanzó un gemido y sacó a su madre de sus pensamientos.
—Parece que ya se ha despertado —dijo Justa—. Ponla al pecho a ver qué pasa.
Así lo hizo Mariana y Elena lo abarcó por entero con sus manitas arrugadas. Al posar los labios, su madre tuvo su primer arrebato de orgullo.
—Ella también podría aprender…
—¿El qué?
—Digo que porque sea niña no tiene por qué ser una inútil. Ya sé que para el campo no es lo mismo, pero podría ayudar en el taller.
—Para ser guarnicionera hay que tener manos de esparto.
—No más que para fregar los suelos y los platos.
Mariana masajeó con los dedos las manitas de la recién nacida, como si así pudiera fortalecerlas.
Con unas manos fuertes y callosas no podía faltarle el sustento a una.
Se trataba de coser: zapatos, sí, pero coser al fin y al cabo.
Las niñas tenían dos manos, igual que los niños.
Como respuesta, la mano de Elena se cerró en un puñito alrededor del índice de su madre, mientras ma maba plácida con los ojos cerrados, ajena al destino que ya le estaban apañando.
Ese puñito fue su primer mal paso, la primera puntada de mala suerte que dio, con apenas minutos de vida, y que le causaría su primera cicatriz.
Todo sucedió porque Justa llegó al límite de lo que su espalda torcida podía soportar.
Sus dolores habían aumentado en los últimos años, pero ese parto larguísimo la había extenuado, ya no podía agacharse sin sentir pinchazos en los riñones.
Había cambiado el agua hirviendo hasta dos veces de balde.
Además, estaba sobre aviso de otra mujer que salía de cuentas aquella misma noche.
Le podía el cansancio solo de pensarlo. Empujó con el pie el balde vacío, hasta ponerlo junto al colchón.
—Arrímate al borde de la cama y terminamos con esto.
Al inclinarse sobre Mariana se le salió de la camisa una medalla de oro, que relumbró a la luz del candil.
Tenía forma de almendra y en ella se representaba a un santo con una espada en alto y un martillo.
La joya se balanceó atrás y adelante, lanzando destellos como una hoja dorada mecida por la brisa.
Quizá fue eso lo que despistó a la madre y provocó la desgracia.
—Qué bonita esa medalla. Debe de valer un buen dinero —dijo Mariana.
—¿Esto? No es nada. Una baratija. —Justa se la guardó deprisa en el escote—. Venga, arrímate, que te lavaré.
El agua aún abrasaba cuando cayó sobre las partes íntimas de Mariana, sensibles y expuestas sobre la sábana.
El respingo que pegó la parturienta fue tal que se encogió y tiró de Elena, con tan mala suerte que la niña se arañó de lleno.
El alfiler de perla de la mañanita le cruzó la cara.
La prenda quedó manchada de la sangre del bebé, que lloraba a mares.
No se quedó tuerta de milagro. La cicatriz marcaría su frente, cerca del ojo derecho. No, no parecía pues la peor época para nacer, aunque Elena hubiera dado su primer traspié a los pocos minutos de vida.