La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) CINCUENTA Y NUEVE
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CINCUENTA Y NUEVE

D espués de una noche de desvelos en la que no había conseguido localizar a Danny, Nikki logró dormirse hacia las cuatro de la madrugada. Bajó y se reunió con Fergus y Gaynor en la cocina.

—Buenos días —dijo entre bostezos. Miró a su alrededor y añadió—: ¿Dónde están los niños?

—Ya están en el colegio. Se te han pegado las sábanas. Son las nueve y media —dijo Gaynor, levantando la taza de café y agitándola para preguntarle a Nikki si quería uno.

—Té, por favor. Ahora mismo el estómago no me aguanta el café. Buenos días, Ferg —dijo Nikki al ver que Fergus no apartaba la vista de las noticias de la mañana en el televisor de la cocina.

—Ferg, Nikki te está hablando. Eh, Fergus —dijo Gaynor en voz alta.

—¿Qué? Mirad esto. Creo que han… Quedaos aquí —dijo Fergus cuando el timbre de la puerta lo interrumpió a mitad de frase. Se levantó de un salto, cogió la Glock de la mesa de la cocina y se dirigió a la puerta principal con el arma oculta a la espalda.

Intrigada por lo que Fergus iba a decir, Nikki levantó la vista hacia la periodista del informativo.

«Xavier Jones, el multimillonario fundador de Goldrock Corporation, ha sido detenido junto con más de treinta socios empresariales en una operación encubierta organizada por la Agencia Nacional contra el Crimen, en la que han participado otras diez agencias extranjeras.

Un portavoz de la agencia ha declarado que el señor Jones está acusado de manipulación bursátil, uso de información privilegiada, cohecho y corrupción en relación con un número indeterminado de cargos políticos».

—No te creas todo lo que sale en la tele.

La voz a su espalda hizo que Nikki se volviera de golpe. Danny estaba junto a Scott, con una sonrisa cansada en el rostro. Los dos parecían agotados y desaliñados. Una semana de emociones contenidas, sumada a las hormonas del embarazo, estalló de pronto y Nikki rompió a llorar desconsoladamente.

—Eh, eh, mírame. Estoy bien. He vuelto. Ya ha pasado todo. Podemos irnos a casa —dijo Danny mientras la abrazaba.

Ella se aferró a él con la cara hundida en su pecho hasta que dejó de llorar y levantó la cabeza.

—Apestas —dijo después de secarse los ojos y darle un beso.

—Ya, bueno, han sido un par de días duros. ¿Quieres irte a casa?

—Sí, por favor.

—Yo también estoy bien, gracias por preguntar, hermanita —refunfuñó Scott a sus espaldas.

—Perdona, Scott. Me alegro muchísimo de que tú también estés bien —dijo Nikki con un deje de sarcasmo.

—Gracias. Ahora, si deseáis regresar a casa, vuestro carruaje os espera —dijo Scott, sin captar en absoluto el sarcasmo.

—Gracias por cuidar de ella. Te debo una —le dijo Danny a Gaynor mientras la abrazaba. Después se acercó a Fergus y le dio un abrazo y una palmada en la espalda.

—No, no me debes nada, hombre. Ha sido un placer. Me alegro de tenerte… Bueno, de teneros a los dos de vuelta —dijo Fergus, mirando primero a Danny y luego a Scott.

Mientras Nikki subía a recoger sus cosas, una banda de última hora que cruzaba la pantalla del televisor de la cocina llamó la atención de Danny.

«Tras una reunión del Consejo de Ministros celebrada a primera hora de la mañana, el viceprimer ministro, Hugh Pilkington, ha emitido un comunicado.

El primer ministro, Jeremy Appleton, ha presentado su dimisión y abandonará el cargo con efecto inmediato.

Otros seis ministros han sido suspendidos de sus funciones mientras se llevan a cabo las investigaciones policiales relacionadas con la detención del multimillonario Xavier Jones.

Además, en una noticia que ha conmocionado al país, la policía ha encontrado esta mañana muerto en su domicilio al ministro de Seguridad, Martin Crimble.

Se cree que Crimble se quitó la vida antes de que la policía pudiera detenerlo para interrogarlo sobre su implicación en las actividades de Xavier Jones».

—Les va a costar recuperarse de esta —dijo Fergus, de pie junto a Danny.

Danny se limitó a encogerse de hombros, con expresión indiferente.

—¿Listos? —dijo Nikki, apartándolos del televisor.

Salieron de casa de Fergus. Scott llevó a Danny y a Nikki a casa; por el camino pararon a comprar leche fresca.

Después de dejarlos en la puerta, se marchó a su ático.

Danny recorrió el sendero y abrió la puerta principal, pero se detuvo al ver el paragüero volcado y el bate de béisbol que guardaba dentro tirado en el suelo del recibidor.

—Espera aquí un momento —dijo. Le entregó la leche a Nikki, recogió el bate y entró.

Se quedó completamente inmóvil, escuchando los sonidos de la casa.

No oyó nada fuera de lo normal ni tuvo la sensación de que hubiera nadie escondido dentro.

Dio un paso adelante y miró hacia el salón.

Habían movido cosas y el contenido del aparador estaba desparramado por el suelo, pero aquello no era obra de ladrones.

El televisor, el reloj de Nikki y otros objetos pequeños de valor seguían repartidos por la estancia.

—Dios mío —oyó decir a Nikki a su espalda.

—Creía que te había dicho que esperaras fuera —dijo Danny, volviéndose hacia ella.

—Pues no me ha dado la gana —replicó Nikki.

—Vale, vale. Supongo que han sido los hombres de Jones o de Crimble, que buscaban alguna pista sobre nuestro paradero. No parece que se hayan llevado nada.

Danny se interrumpió de golpe y alzó la mirada hacia la escalera antes de subirla a la carrera, saltando los escalones de tres en tres.

Cuando Nikki llegó arriba, frenada por su avanzado embarazo, Danny estaba sentado a los pies de la cama, mirando el panel que habían arrancado de la base del armario y el compartimento vacío que quedaba debajo.

—Parece que voy a necesitar trabajo antes de lo que pensaba —dijo.

—No te preocupes. Saldremos adelante. Aún me quedan ahorros de la venta de mi casa —dijo Nikki. Se acercó, lo rodeó con los brazos y le acunó la cabeza sobre la barriga.

Un par de segundos después, Danny se apartó y le besó la barriga, decidido a dejar de compadecerse de sí mismo.

Estaba vivo, a punto de ser padre y casado con la mujer a la que amaba.

Con eso le bastaba. Se agachó para volver a colocar el panel en la base del armario y luego se puso a ordenar la habitación.

—Pon agua a calentar para el té, cariño. Yo recojo todo esto en un momento.

Nikki le sonrió y bajó a la cocina. Al coger la taza de Simon, que aún estaba sobre la mesa desde que se habían marchado precipitadamente una semana atrás, apartó de su mente cualquier pensamiento sobre él.