SESENTA
— A h, qué preciosidad. ¿Seguro que es hija suya? —bromeó Rob, el hermano de Danny, con Nikki.
—Eh, que te he oído —dijo Danny al entrar en el salón con la corbata hecha un nudo demasiado apretado.
—Ven, deja que te la arregle —dijo Nikki. Deshizo el nudo y volvió a anudársela como era debido.
—Gracias, cariño. ¿Qué tal estoy? —preguntó Danny mientras se ponía la chaqueta del traje.
—Como si estuvieras incómodo y odiaras llevarlo —respondió Nikki con una risita.
—Estupendo, justo el efecto que buscaba —replicó Danny con una sonrisa.
—Y ¿de qué va ese trabajo? —preguntó Rob.
—La verdad es que no estoy muy seguro. Paul, ¿te acuerdas de Paul Greenwood, el de Greenwood Security?
—Sí.
—Pues le pregunté si tenía algo para mí, pero, con la situación económica y los recortes, no puede permitirse contratarme. El caso es que ha estado pendiente por si salía algo y tiene unos colegas que buscan a alguien para un puesto de coordinador de seguridad, o algo así. Sea lo que sea eso.
—Suena a poca cosa.
—Ya, bueno, como mi cuenta bancaria, así que voy a ver de qué se trata —dijo Danny. Se inclinó para besar en la frente a su hija recién nacida, Emily, a la que tenía en brazos Tina, la mujer de Rob.
—¿Vas a quedar luego con Scott? —preguntó Nikki, dándole un beso cuando él se dirigía a la puerta.
—No lo sé. Lleva unos días muy reservado y misterioso. Seguro que se trae algo entre manos. Bueno, deseadme suerte. Tengo que irme.
Danny bajó a la estación de metro y cogió un tren hasta Green Park, donde cambió a la línea Jubilee para recorrer una parada hasta Westminster.
Desde allí fue andando, pasó junto al edificio del Ministerio del Interior y llegó a la dirección que le había dado Paul: un viejo edificio de cinco plantas, de lo más discreto, con una puerta pesada y sin ventanas en la planta baja.
Pulsó el timbre del portero automático y reparó en la nueva cámara de seguridad que lo observaba desde encima de la puerta.
—¿Sí? —respondió una voz impaciente.
—Daniel Pearson. Me están esperando.
La cerradura eléctrica zumbó y se abrió sin que nadie respondiera. Danny empujó la puerta y entró. Lo recibió un guardia junto a un detector de metales y un escáner de equipajes nuevos, todavía cubiertos de plástico mientras un técnico trabajaba en su instalación.
—Deténgase ahí, por favor, señor. Levante los brazos —dijo el guardia. Pasó un detector de metales de mano por el cuerpo de Danny hasta quedar satisfecho.
—Cuarta planta, señor. Lo están esperando.
Otro guardia asomó la cabeza desde una sala de seguridad al otro lado de una pesada verja metálica y abrió la cerradura con un zumbido.
Danny pasó y miró hacia la escalera y el ascensor.
Siempre prefería las escaleras a la estrechez claustrofóbica de un ascensor.
Llegó a la cuarta planta tras cruzarse con varios operarios que estaban renovando los equipos de las oficinas.
Empujó las dos pesadas puertas de roble y entró en la zona de oficinas.
Para su sorpresa, Paul Greenwood, David Tremain y el viceprimer ministro, Hugh Pilkington, levantaron la vista de los planos y documentos desplegados sobre varios escritorios para mirarlo.
—Daniel, me alegro de verte. Pasa, pasa —dijo David, estrechándole la mano con cordialidad.
Danny se acercó a los demás sin decir palabra. Su desconfianza hacia los funcionarios del Gobierno y las organizaciones clandestinas lo puso en guardia.
—Señor Pearson, el país tiene una deuda de gratitud con usted. Es un honor conocerlo —dijo el viceprimer ministro, tendiéndole la mano.
Danny se la estrechó y asintió levemente en señal de agradecimiento antes de volverse hacia su amigo Paul Greenwood.
—¿Qué está pasando, Paul? —preguntó sin rodeos.
—Si me permites responder a eso, Paul… —dijo David, indicándole a Danny que tomara asiento.
Danny hizo lo que David le pedía. La mirada se le fue a los planos para la reforma del Departamento D extendidos sobre el escritorio.
—Sí, este es el edificio del Departamento D, y estás aquí porque nos gustaría ofrecerte un puesto.
—Si creéis que voy a ser vuestro agente de campo, vuestro activo o vuestro títere, os habéis equivocado de hombre —dijo Danny, levantándose para marcharse.
—No, no, Danny, por favor. Escúchalo hasta el final —dijo Paul. Lo detuvo y consiguió que volviera a sentarse.
—Gracias, Paul. Bien, Daniel, como ha dicho el señor Pilkington, el país tiene una deuda contigo, una deuda que nos gustaría saldar.
Como ves, estamos reconstruyendo el Departamento D.
Esperábamos que Simon regresara para dirigirlo, pero, por desgracia, no va a ser posible.
Yo supervisaré el departamento y el señor Greenwood se encargará de su gestión diaria.
Nos gustaría ofrecerte el puesto de director de Operaciones.
Te ocuparás de planificar, organizar y ejecutar las misiones, y de coordinar a los agentes de campo.
Tendrás un buen sueldo, un plan de pensiones y estabilidad laboral: justo lo que puede necesitar un hombre que acaba de formar una familia —dijo David con una sonrisa.
La oferta pilló desprevenido a Danny. Se quedó sin palabras mientras le daba vueltas a la idea.
—No tienes que responder ahora. Piénsalo, háblalo con tu encantadora mujer —añadió David para romper el incómodo silencio.
—Acepto —dijo Danny.
—Excelente. Ven, te enseñaré cuál será tu despacho.
Paul le guiñó un ojo a Danny y le sonrió mientras este seguía a David hasta un despacho situado en una esquina.
Al entrar tras él en la estancia, recién pintada y enmoquetada, Danny se sorprendió al ver un escritorio antiguo del siglo XVIII, con la superficie revestida de cuero y delicadas incrustaciones y tallas alrededor de los cajones.
—Era de Simon. Creo que habría querido que te quedaras con él —dijo David.
Danny deslizó los dedos por la superficie del escritorio antes de volverse hacia la ventana.
—¿Cuándo empiezo?
—Tenemos que deshacer todos los cambios de Crimble y contratar personal nuevo. Deberíamos estar operativos dentro de unas cuatro o cinco semanas —dijo David. Miró hacia la puerta del despacho al oír llegar a alguien—. Ah, aquí viene nuestro asesor técnico externo.
Danny salió tras él del despacho y vio a alguien oculto tras la espalda del viceprimer ministro, que le estaba estrechando la mano. Cuando este se apartó, aparecieron el pelo rubio oscuro y despeinado de Scott y su amplia sonrisa.
—Pues ya está, dimito —bromeó Danny mientras se acercaba a su mejor amigo.
—¿Dimitir? No puedes dimitir, querido amigo. La diversión no ha hecho más que empezar.