CINCUENTA Y OCHO
— C aballeros, ¿están preparados sus operadores? —preguntó Xavier a la docena de hombres que participaban en la videollamada, cuyas imágenes aparecían en una gran pantalla de su despacho.
Los hombres confirmaron que sí, todos pendientes de la cuenta atrás de dos minutos para la apertura de la Bolsa de Londres.
Xavier estaba eufórico. La perspectiva del dinero y el poder que estaba a punto de conseguir, sumada al mensaje de Crimble en el que le confirmaba que por fin se habían ocupado del contable, de Pearson y de Miller, había llevado su megalomanía a cotas nunca vistas.
—Un minuto —anunció. Todos los hombres que aparecían en pantalla estaban listos para desatar una oleada de ventas.
—Treinta segundos.
—Veinte.
—Diez.
—Ahora —dijo Xavier cuando abrió el mercado y las cotizaciones en tiempo real empezaron a subir y bajar.
Observó cómo cada uno de los hombres de la cuadrícula daba instrucciones a su equipo de operadores, mientras él desviaba la mirada hacia las cotizaciones que aparecían en otra gran pantalla, junto a la videollamada.
Tardó unos instantes en darse cuenta de que algo iba mal.
Al otro lado de la conexión, los hombres hablaban atropelladamente y lo miraban desconcertados, mientras las cotizaciones seguían subiendo y bajando sin experimentar ningún movimiento brusco.
—¿Qué pasa? ¿Qué está ocurriendo? —gritó.
—Nos han suspendido la cuenta de operaciones.
—La mía también.
—Y la nuestra.
—No, no puede ser —dijo Xavier, tecleando a toda velocidad. Le apareció el mismo mensaje de cuenta suspendida—. ¿Alguien sigue teniendo acceso?
Desde la pantalla, todos negaron con la cabeza. En ese momento, su secretaria entró en el despacho con expresión apocada.
—Fuera de aquí —le bramó, furioso.
—Lo siento, señor, pero han insistido —dijo ella.
—¿Quiénes han insistido? ¿De qué está hablando? —bramó Xavier.
—Los señores de la NCA —respondió ella, nerviosa.
Xavier se volvió y vio entrar en el despacho a varios agentes de la NCA. A través del cristal se distinguía a una docena más que ordenaban a todos los empleados de la oficina principal que dejaran de trabajar.
Al volverse para cortar la videollamada, Xavier vio cómo unos agentes de Interpol entraban en uno de los despachos que aparecían en pantalla y los del FBI en otro. Agentes de otros cuerpos irrumpían en los demás, y las imágenes se fueron apagando una tras otra.
—Margaret, llame a mis abogados —dijo Xavier mientras los agentes lo esposaban y le leían sus derechos.