CINCUENTA Y SIETE
—¿ Q ué hacemos ahora, señor? —preguntó Simpson al general. Ambos contemplaban en la gran pantalla de la sala de operaciones las imágenes de una cámara de seguridad situada frente al edificio de la NCA.
—Nada. Vete a casa, hijo. Se acabó —respondió el general en voz baja antes de volverse hacia los demás.
—Todos, dejad lo que estéis haciendo y marchaos a casa —ordenó, alzando la voz por encima del murmullo. La sala quedó en silencio; todos lo miraron sin moverse.
—He dicho que os vayáis a casa. Vamos. Fuera —bramó. Sus palabras los pusieron en movimiento y salieron de la sala arrastrando los pies.
El general esperó a que se hubieran ido todos.
Dio una vuelta por la sala y entró en su despacho.
Se quedó un buen rato mirando por la ventana el perfil de Londres: empezaban a encenderse las luces de los edificios mientras caía la noche.
Se apartó de la ventana, se sentó a su escritorio y abrió con calma el cajón superior.
Sacó una Glock 17 y un cargador y los dejó sobre la mesa.
Activó el altavoz del teléfono de sobremesa y pulsó la tecla de marcación rápida de Martin Crimble.
—General, espera un momento —se oyó decir a Crimble entre el ruido de bolsas y llaves mientras hacía malabarismos con el teléfono para entrar en su casa de dos millones de libras en Richmond—. Sí, general, dime.
—Todo ha terminado, Crimble. Hemos perdido. El contable está con el director general de la NCA. Es cuestión de tiempo que vengan a por todos nosotros —dijo el general. Su voz sonaba serena, apenas teñida de tristeza por sus sueños truncados de una jubilación opulenta al sol.
—¡¿Qué?! No, me dijiste que lo tenías todo bajo control. No, no, esto no puede estar pasando. General, general, ¿qué vamos a hacer?
Se hizo un silencio que rompieron un chasquido metálico y el traqueteo de la corredera: el general había encajado el cargador y montado la Glock para introducir un cartucho en la recámara. Luego se apoyó tranquilamente el cañón en la sien.
—Que Dios me perdone por lo que he hecho —dijo, y apretó el gatillo.
Crimble dio un respingo al oír el disparo. Sin acordarse de encender la luz del recibidor, soltó las bolsas y entró tambaleándose en la cocina, conmocionado y con la cabeza dando vueltas.
—Eh… llamar a Xavier. Sí, llamar a Xavier.
Él sabrá qué hacer —murmuró Crimble para sí mientras buscaba el interruptor de la cocina.
El corazón le dio un vuelco al ver a David Tremain sentado a la mesa, sereno y vestido de traje, con las piernas cruzadas y una pistola con silenciador apoyada sobre el regazo, entre las manos enguantadas de cuero.
—Martin, me alegro de volver a verte. Me han dicho que andabas buscándome. Sé buen chico y siéntate.
Martin miró a David como un conejo deslumbrado por los faros de un coche. Desvió la vista hacia el recibidor y sopesó por un instante la posibilidad de salir corriendo.
—Siéntate. Quiero que hagas algo por mí —dijo David, alzando ligeramente la voz mientras levantaba la pistola lo justo para apuntar a la cabeza de Crimble.