CINCUENTA Y UNO
Al alejarse de las vías del tren, Danny, Scott y Noah giraron por una calle secundaria, con casas a un lado y un cementerio griego tradicional al otro.
En el centro se alzaba una iglesia, rodeada de hileras e hileras de tumbas de mármol blanco, mausoleos y panteones familiares de todas las formas y tamaños.
Noah gruñó e hizo una mueca de dolor: cada sacudida al avanzar le movía el hombro herido y le provocaba punzadas atroces por todo el cuerpo.
Frustrado por lo despacio que avanzaban, Danny no dejaba de mirar atrás. Se le cayó el alma a los pies cuando vio aparecer a Glass y Jinksy al fondo de la calle.
—Mierda, rápido, por aquí —dijo Danny mientras los apremiaba a entrar en el cementerio y le sonaba el teléfono.
—No puedo seguir. Tengo que parar —jadeó Noah.
—Joder, vale. Eh, Scott, llévatelo por esa hilera y buscad dónde esconderos. Yo intentaré alejarlos —dijo Danny, señalando un pasillo entre las hileras de tumbas de mármol blanco.
—Vale, sí, ten cuidado —dijo Scott. Se pasó por el cuello el brazo sano de Noah para sostenerlo y se lo llevó.
—Sí —respondió Danny con brusquedad al teléfono mientras corría hacia la iglesia, en el centro del cementerio.
—Soy el cabo Tennison, señor Pearson. Dígame dónde está y iremos a recogerlo.
—No sé cómo se llama. Estamos en un cementerio a unos trescientos metros al sur de la estación de tren de Larissa. Nos persiguen dos individuos armados.
Hubo una pausa mientras el cabo hablaba con los demás miembros de su unidad. Al llegar a la iglesia, Danny miró atrás y cruzó la mirada con Glass y Jinksy, que entraban en el cementerio bajo un arco de hierro forjado que coronaba las puertas abiertas.
—Entendido. Estaremos ahí en diez minutos —dijo el cabo al volver al teléfono.
—Que sean ocho —gruñó Danny. Se guardó el teléfono en el bolsillo y echó a correr, alejándose de la iglesia.
Corrió entre las hileras de tumbas, giró y volvió a girar para avanzar en zigzag entre ellas. Después se pegó a un gran panteón familiar para recobrar el aliento.
Glass y Jinksy llegaron a la iglesia y aminoraron hasta ponerse a caminar, escudriñando cada hilera de tumbas en busca de Danny.
Sin decir palabra, Glass señaló a Jinksy, luego se señaló los ojos y, con dos dedos, le indicó que buscara a Scott y Noah.
Jinksy asintió y emprendió el camino de vuelta.
Glass lo observó alejarse y se internó entre las tumbas, con la pistola levantada, apuntando a uno y otro lado al rodear las estructuras de mármol en busca de Danny.
Con la respiración controlada y las pulsaciones ya más lentas, Danny cerró los ojos y aguzó el oído.
Oyó el trino de los pájaros, el chirrido de los grillos entre la hierba y, en algún lugar a su izquierda, unos pasos lentos, medidos y deliberadamente ligeros.
Abrió los ojos y miró hacia allí, pero no vio a nadie.
Rodeó sin hacer ruido la parte trasera de un panteón familiar y avanzó por la hilera, deteniéndose tras las grandes lápidas para asomarse junto a las cruces de mármol que las coronaban.
Alcanzó a ver fugazmente a Glass moviéndose entre las tumbas, a unos veinte metros.
Con el rostro tan duro como el mármol que lo rodeaba, Danny no apartó los ojos de él.
Se agachó y desenganchó un tramo de la cadena que colgaba de los postes alrededor de una sepultura.
La enrolló en la mano y se dirigió hacia Glass.
El cazador se convertía en presa. Glass apareció de golpe al doblar una tumba, con la mirada y la mira de la pistola moviéndose al unísono.
Se quedó completamente inmóvil y ladeó la cabeza al oír el tenue crujido de grava contra grava.
Cambió de dirección y aceleró el paso, doblando cada esquina con rapidez, hasta que se detuvo en seco al percibir el sonido al otro lado del gran panteón familiar tras el que se encontraba.
Glass se lanzó a rodearlo en un estallido de movimiento, con el dedo ejerciendo ya presión sobre el gatillo, dispuesto a disparar a su objetivo.
Para su sorpresa, allí no había nadie. Antes de que pudiera moverse, Danny se incorporó sobre el panteón y lanzó la cadena hacia abajo con un giro.
Los eslabones ásperos y oxidados se enroscaron en la mano con la que Glass sujetaba la pistola.
Danny dio un tirón hacia arriba, desgarrándole la carne y arrancándole el arma de la mano.
En cuanto la pistola cayó sobre el sendero de grava, Danny soltó la cadena y saltó sobre Glass.
En pleno salto le asestó un puñetazo de lleno en la cara antes de caer encima de él.
Impulsados por el peso y el ímpetu de Danny, ambos cayeron hacia atrás sobre una tumba más pequeña.
El golpe les arrancó el aire de los pulmones y rodaron cada uno por un lado.
Como dos muñecos de resorte que saltaran a la vez, se incorporaron de un brinco y se quedaron mirándose.
Glass sorbió por la nariz la sangre que le goteaba y la escupió al suelo.
Apartó los ojos de Danny una fracción de segundo para localizar su pistola, que estaba más cerca de él que de Danny.
Los segundos parecieron minutos. Los dos sabían lo que iba a pasar y esperaban a que el otro diera el primer paso.
Glass se lanzó hacia la pistola con un movimiento explosivo.
Danny reaccionó una centésima de segundo después, pero no fue a por el arma.
Embistió con el hombro la gran cruz de mármol que coronaba una lápida.
La pesada cruz se inclinó y osciló un instante, a punto de caer, mientras Glass cerraba los dedos sobre la empuñadura de la pistola.
Cuando se volvió de golpe para disparar, abrió los ojos de par en par.
La pesada cruz de mármol le cayó sobre la cabeza y se la aplastó contra el sendero de grava como si fuera una sandía.
La sangre y los sesos salpicaron el suelo y formaron una aureola alrededor del mármol blanco caído.
Danny recogió la pistola, accionó la corredera y fue en busca de Scott y Noah.