CINCUENTA Y DOS
C on una idea apenas aproximada de dónde estaban Scott y Noah, Danny desanduvo el camino más deprisa de lo que le habría gustado.
Sacrificó la cautela en aras de la rapidez, sabiendo que Jinksy estaba en algún lugar delante de él.
Pasó junto a la iglesia, en mitad del cementerio, y tomó la primera hilera de tumbas, volviendo la cabeza hacia el otro extremo en busca de Scott, Noah y Jinksy.
Al llegar a la octava tumba, Danny alcanzó a ver la espalda de Jinksy antes de que desapareciera. Procurando hacer el menor ruido posible al caminar, aceleró el paso y fue tras él.
—Quédate quieto, amigo mío. Se te ha abierto un poco la herida. Déjame ver si puedo cortar la hemorragia —dijo Scott, arrodillándose junto a Noah, que estaba recostado contra una lápida.
—Lo siento. Nunca debí ceder y trabajar para Xavier —gruñó Noah entre punzadas de dolor.
—No seas tan duro contigo mismo. Si no hubieras sido tú, Xavier habría encontrado a otro que le hiciera el trabajo sucio. Yo… —Scott se interrumpió al oír el leve crujido de la gravilla bajo unos pies en algún lugar cercano.
Ambos contuvieron la respiración y trataron de hacerse lo más pequeños posible detrás de la losa de mármol.
A Scott se le cayó el alma a los pies cuando Jinksy apareció por encima de una tumba a su izquierda.
Con una mirada fría e inexpresiva, levantó la pistola y apuntó hacia ellos.
Scott cerró los ojos con fuerza, convencido de que el final llegaría en cualquier momento.
En lugar de eso, oyó varias pisadas sobre la gravilla mezcladas con los chasquidos de disparos con silenciador, seguidos al instante por un gruñido y el ruido de un cuerpo desplomándose.
Abrió un ojo y vio a tres hombres vestidos con vaqueros, camisetas y chaquetas ligeras a su alrededor.
Antes de que pudiera preguntarles quiénes eran, el ruido de alguien que se acercaba a toda prisa los hizo apuntar en esa dirección.
En el último momento, aflojaron los dedos sobre los gatillos cuando Danny apareció con la pistola de Glass levantada ante sí.
—¿Dónde está el otro, señor Pearson? —preguntó el cabo, bajando el arma.
—Muerto. Está al otro lado del cementerio —dijo Danny, dedicando a los hombres un gesto de agradecimiento.
—Bien. Solo son ustedes tres. ¿Dónde está Simon?
—No ha salido con vida —respondió Danny con gravedad.
—Siento oírlo. ¿Puedo sugerir que ahuequemos el ala? —continuó el cabo, intentando aligerar el ambiente.
—Sí, joder, por supuesto. Guíanos —respondió Danny.
Los otros dos soldados ayudaron a Noah a ponerse en pie y lo condujeron hasta las puertas del cementerio, donde esperaban los Land Rover. En cuanto subieron a los vehículos, estos arrancaron y pasaron junto a la estación de tren, frente a la cual había varios coches de policía.
—No tardarán en encontrar los cadáveres en el cementerio —murmuró Danny, observando a los policías a través de las lunas tintadas del coche.
—No importará. Dentro de quince minutos estaremos en el aire, camino de casa.
—Gracias por venir a buscarnos, cabo —dijo Danny, relajándose a medida que le bajaba la adrenalina.
—No hay de qué. Llámame Max. En el regimiento cuidamos de los nuestros —dijo el cabo, guiñándole un ojo a Danny.
Diez minutos después llegaron a la base aérea. El cabo mostró su identificación y la documentación al guardia de la entrada, que echó un rápido vistazo a Danny, Scott y Noah por la ventanilla del coche. Danny se inclinó hacia delante para impedir que el guardia viera el hombro de Noah.
—En la documentación figuran cuatro hombres, ¿no?
—Uno no ha podido venir —respondió el cabo.
—De acuerdo. Buen vuelo —dijo el guardia, apartándose para indicar que levantaran la barrera.
Entraron con el segundo coche pegado a ellos y se dirigieron al otro extremo del aeródromo, donde los esperaba el Hércules, cuyas hélices ya empezaban a girar.
El conductor redujo la velocidad antes de subir por la rampa hasta la inmensa bodega de carga.
En cuanto entró el segundo vehículo, los hombres bajaron y comenzaron a sujetar los coches con gruesas correas ancladas a los puntos de fijación del suelo.
Las tensaron con carracas alrededor de las ruedas para asegurarlos durante el vuelo.
Luego se sentaron a lo largo de un costado del avión y se pusieron los auriculares con cable para protegerse del ruido de la bodega y poder comunicarse.
El cabo avisó al piloto de que estaban listos y tomó asiento mientras se cerraba la compuerta de carga y aumentaba el ruido de los motores.
Danny se inclinó hacia delante para mirar, más allá de Scott, al sanitario que retiraba el vendaje de campaña improvisado de Noah para sustituirlo por uno adecuado.
—¿Se pondrá bien?
—No va a jugar al tenis en una buena temporada, pero sobrevivirá. —El sanitario le sonrió, dio una palmadita a Noah en el hombro sano y levantó el pulgar.
Segundos después, el ruido y las vibraciones aumentaron cuando el avión rodó hasta la pista.
Danny sintió un vuelco en el estómago al acelerar el piloto.
El avión avanzó rugiendo por la pista y despegó.
Las vibraciones se fueron apagando hasta dejar solo el zumbido de los motores mientras ganaban altura.