La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) CINCUENTA
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CINCUENTA

— Y a queda poco. Estamos casi en la estación de Larissa —dijo Danny, intentando sonar animado, aunque su expresión y sus gestos decían otra cosa.

—¿Qué pasa? —preguntó Scott, que conocía bien aquella mirada.

—Si están rastreando tu móvil, probablemente también vigilen nuestras cuentas. Y eso significa que es muy posible que haya alguien esperándonos cuando bajemos del tren.

—Mmm, sí, se me había ocurrido. Pero ¿qué hacemos?

—¿Cómo vas? ¿Crees que podrás andar? —preguntó Danny, volviéndose hacia Noah.

—Creo que sí. El hombro todavía me duele una barbaridad, pero el descanso me ha sentado bien —respondió Noah con una media sonrisa.

—Así me gusta. Enciende el móvil, Scotty.

—¿Estás seguro de que es buena idea?

—A estas alturas, no creo que importe. Necesito ver dónde estamos en tus mapas GPS —dijo Danny, mirando por la ventanilla las afueras de Larissa.

—¿Por qué? —preguntó Scott mientras introducía la tarjeta SIM en el móvil antes de encenderlo.

—Porque vamos a hacer una parada imprevista —dijo Danny con una sonrisa.

—¡Qué emocionante, caramba! —respondió Scott, devolviéndole la sonrisa.

Abrió la aplicación de mapas y esperó un segundo a que apareciera en el centro el punto que marcaba su posición. El mapa avanzaba de forma constante por la pantalla mientras recorrían las vías.

—Pon la vista por satélite, Scott. Ahora desplázate hacia delante hasta que vea la estación.

Scott hizo lo que Danny le pedía. No tuvo que desplazar mucho la imagen: estaban a poco más de tres kilómetros.

—Amplíala un poco —pidió Danny, consciente de que sería más rápido pedírselo a Scott que averiguar cómo hacerlo él mismo—. Espera, para ahí. Bien, vamos a la parte de atrás del tren.

Ayudaron a Noah a levantarse y atravesaron con paso torpe tres vagones hasta la parte de atrás del tren.

Danny alternaba la mirada entre el móvil de Scott y el paisaje al otro lado de la ventanilla, comparando los puntos de referencia para calcular cuánto les faltaba para llegar a la estación.

Junto a las puertas de salida del último vagón, Danny alzó la mano y cerró los dedos sobre la tapa roja de la palanca de parada de emergencia.

Esperó a que pasaran bajo la pasarela peatonal, señal de que estaban a unos ochocientos metros de la estación.

—Agarraos —dijo. Tiró de la tapa hacia él, agarró la palanca y la bajó de un tirón.

Los vagones dieron una sacudida y empezaron a vibrar al activarse el sistema de frenado de emergencia.

El tren ya estaba reduciendo la velocidad para entrar en la estación, así que no tardó en detenerse por completo.

Danny arrancó el panel situado a la izquierda de la puerta y accionó el mando de apertura de emergencia.

Saltó al suelo con Scott y entre los dos ayudaron a Noah a bajar con cuidado.

Cruzaron las vías hacia una hilera de árboles que se alzaba ante una vieja alambrada; al otro lado se veían una carretera y varias casas.

Danny miró hacia la cabecera del tren y distinguió el andén de la estación a unos setenta metros.

Al llegar a la alambrada, tiró de ella con fuerza hasta que cedieron las fijaciones oxidadas que la sujetaban al poste.

La echó al suelo y pisó la malla metálica para que Noah pudiera pasar por encima y salir.

Glass y Jinksy frenaron en seco frente a la estación y salieron a toda prisa del Toyota Yaris.

Dejaron el coche con el motor apagado, aún crepitando mientras se enfriaba tras tres horas de conducción a toda velocidad, y con un olor a aceite quemado que se elevaba en el aire.

Entraron en la estación y se detuvieron a consultar el panel de llegadas: faltaba un minuto para que llegara el tren de Atenas.

Antes de que pudieran salir de nuevo para buscar un lugar desde el que tenderles una emboscada a Danny, Scott y Noah, el chirrido de metal contra metal y el golpe sordo de los vagones al chocar unos con otros resonaron a través de las puertas que daban al andén.

Glass echó a correr sin vacilar y saltó el torno de acceso, con Jinksy pegado a sus talones.

Se detuvieron en el andén y giraron la cabeza al unísono hacia el tren, parado a setenta metros de la estación.

Un empleado ferroviario griego le gritaba a algo que había al otro lado del tren y agitaba las manos mientras saltaba del tren.

—Se han bajado —gruñó Glass. En el acto echó a correr por el andén y, al llegar al final, saltó a las vías, seguido de cerca por Jinksy.

El empleado se volvió al oírlos acercarse. Dejó de gritar y retrocedió al ver a Glass y Jinksy correr con las pistolas en la mano hacia el lugar donde Danny, Scott y Noah acababan de desaparecer entre los árboles que bordeaban las vías.