CUARENTA Y NUEVE
— S e ha perdido la señal —dijo Jinksy mientras veía desaparecer el puntito azul del mapa de su móvil.
—Mierda, ¿dónde estaba la última ubicación? —preguntó Glass, que seguía pisando a fondo el acelerador del Toyota Yaris que habían robado tras entrar en una casa cercana a la autopista y llevarse las llaves.
—Por ahí delante. La señal se desvió de la carretera y luego desapareció.
—¡Joder! —gritó Glass, golpeando el volante, furioso. Pisó el freno y se echó a un lado de la carretera cuando empezó a sonarle el móvil; el coche que iba detrás le lanzó un bocinazo de tres segundos al adelantarlo.
—Dime —ladró al contestar.
—Hace media hora, Scott Miller ha comprado con su tarjeta de crédito tres billetes para el tren de las 10:55 de Atenas a Larissa —dijo Simpson desde la sala de operaciones del general Hadden.
—¿Cuándo llega? ¿A qué hora?
—Tiene prevista la llegada a las 14:30.
Glass colgó y tecleó rápidamente «Estación de tren de Larissa» en la pantalla del navegador de la consola central del coche.
—Tres horas y cuarenta y dos minutos. Llegaremos veinte minutos después que ellos —dijo Jinksy, mirando el reloj.
—Han comprado tres billetes. El contable no está muerto. Lo haremos en tres horas y cuarto —gruñó Glass. Metió la marcha de un golpe, se abrió paso entre el tráfico, dio media vuelta y salió disparado.
De vuelta en la sala de operaciones, Simpson dejó el teléfono, algo molesto por la brusquedad con que Glass le había exigido respuestas. El teléfono de su mesa empezó a sonar y tuvo que dejar a un lado el enfado para volver al trabajo.
—Dios, las autoridades griegas van a echársenos encima por esto —murmuró el general Hadden.
La gran pantalla que tenía delante mostraba imágenes en directo de los restos humeantes de la estación de servicio.
Los camiones de bomberos vertían miles de litros de espuma bajo la marquesina de los surtidores, retorcida por el intenso calor del camión cisterna en llamas.
La emisión alternaba declaraciones de testigos del tiroteo con imágenes de las cámaras de la estación de servicio en las que se veía a Simon conducir entre los surtidores para atropellar a Bulldozer antes de estrellarse contra el camión cisterna mientras este descargaba combustible en los depósitos de la estación.
—General —dijo una voz a su espalda.
—¿Qué pasa, Simpson?
—Tengo el programa de misiones del 22.º.
Un equipo salió de la base de la RAF de Brize Norton esta mañana a las 08:00 en un Hércules rumbo a la base aérea compartida de la OTAN en Larissa, Grecia.
Según el programa, van a recoger a cuatro expertos medioambientales antes de volar a la región inundada del valle del Rift, en Kenia, para colaborar en las labores humanitarias. ¿Qué quiere que haga, señor?
—Mmm, el maldito Tremain se ha ganado al teniente coronel Bragg —dijo el general, pensando en voz alta—.
Esperamos. Si Glass se ocupa del contable, Pearson y Miller, no tendremos que hacer nada.
Si el 22.º del SAS llega antes a ellos, podremos seguir la trayectoria del Hércules, y te apuesto lo que quieras a que no irá a Kenia.
Volverán aquí, a Brize Norton, y estaremos preparados para recibirlos.
Ponme al teléfono con el mariscal jefe del Aire Peter Smyth.
—Sí, señor —respondió Simpson, y se apresuró a buscar el número directo del jefe de la Real Fuerza Aérea.