La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) CUARENTA Y OCHO
80%

CUARENTA Y OCHO

— T ranquilo, tío —dijo Danny al ver que Noah volvía en sí, mientras se ponía una camiseta que había sacado de una de las maletas.

—¡Argh! —gritó Noah. Un dolor agudo le atravesó el hombro en cuanto intentó incorporarse.

—Eh, espera. Te he dicho que te lo tomes con calma.

—Vamos, amigo mío. Deja que te ayude —añadió Scott, sujetando a Noah mientras este salía del coche con gran esfuerzo y se ponía de pie. Noah se apoyó en el vehículo para no perder el equilibrio, respirando con dificultad.

—¿Dónde estamos? —preguntó Noah cuando logró serenarse un poco. El color volvía despacio a sus mejillas mientras contemplaba el campo y el edificio agrícola abandonado que tenían al lado.

—A unos treinta kilómetros de la estación de servicio.

Estamos a salvo, ¿vale? Scott está buscando un tren a Larissa.

Será menos arriesgado que hacer todo el trayecto en un coche robado.

Pero primero tenemos que adecentarte. No querrás llamar la atención, ¿verdad?

Ven, siéntate en el borde del maletero —dijo Danny mientras sacaba una camisa y una chaqueta ligera de la maleta abierta en el suelo.

—Ya lo tengo. Si vamos en coche hasta aquí, podemos coger la línea principal. Va directa a Larissa. El trayecto dura tres horas y veinticinco minutos —dijo Scott, mostrándole a Danny la ubicación de una estación de tren en la aplicación de mapas del móvil.

—¿Cuándo sale el próximo tren? —preguntó Danny mientras miraba el reloj.

—Eh… Espera, a ver… Dentro de cuarenta minutos —respondió Scott, pasando de una aplicación a otra para consultar el horario.

—Bien. Perfecto. Deberíamos llegar justo antes de que aterrice el avión —dijo Danny. Miró el reloj y luego sacó del bolsillo un par de billetes y un puñado de monedas.

—¿Pago los billetes con mi tarjeta? —preguntó Scott al ver el poco dinero que tenían.

—No creo que tengamos otra opción, Scotty. Tendremos que arriesgarnos. No podemos perder ese vuelo —dijo Danny. Se guardó el dinero en el bolsillo y ayudó a Noah a meter el brazo sano en la chaqueta; después la colocó sin apretarla sobre el brazo herido, que llevaba en un cabestrillo improvisado.

Subió la cremallera apenas un par de centímetros y dio un paso atrás para examinar a Noah.

—Así vale. Vamos, te ayudo a volver al coche.

Condujeron con cuidado hasta la estación de tren, evitando las carreteras principales para no llamar la atención con el coche robado, que tenía una ventanilla destrozada y agujeros de bala en la puerta.

Scott paró justo delante de la estación para que Noah no tuviera que andar mucho y dejó las puertas sin cerrar y las llaves puestas en el contacto.

Danny gastó el poco dinero que le quedaba en un pequeño quiosco: compró botellas de agua, analgésicos y algo dulce para Noah.

—Toma, Noah. Solo es ibuprofeno, pero mejor esto que nada.

Come algo y bebe bastante. Te sentirás mejor y te ayudará a recuperarte de la pérdida de sangre —dijo Danny.

Le dio a Noah parte de lo que había comprado y a Scott una bebida y algo de comer.

Después devoró lo suyo para reponer fuerzas tras la tensión de aquella mañana, que le había disparado la adrenalina.

Cuando llegó el tren, Scott y Danny ayudaron a Noah a subir.

Los tres encontraron unos asientos alrededor de una mesa y se acomodaron para el viaje.

Después del miedo, la tensión y el balazo, Noah acabó sucumbiendo al cansancio y se durmió a los pocos minutos de salir el tren de la estación.

Danny y Scott se quedaron mirando por la ventana; ninguno de los dos tenía ganas de hablar de lo que le había pasado a Simon unas horas antes.

—¿Cómo sabían que estábamos allí? —preguntó por fin Danny, rompiendo el silencio.

—No lo sé. Mala suerte, supongo. Llegaron justo cuando paramos a repostar. —Scott se encogió de hombros.

—No, no fue eso. Los vi entrar y aparcar al otro lado de los surtidores. Se bajaron y echaron un vistazo al lugar. Nos estaban buscando. —Danny frunció el ceño.

—Mmm, no sé. ¿El hotel?

—No, pagamos en efectivo y no dimos nuestros datos.

—¿El coche?

—No, esa mierda de coche no tiene GPS.

—¿Tu móvil o el de Simon? —añadió Scott, agitando el suyo delante de Danny.

—No, son teléfonos de usar y tirar, nuevos. Solo Nikki y David Tremain conocen los números, y no tienen GPS, solo se conectan a las antenas de telefonía.

Nada más decirlo, tanto él como Scott bajaron la mirada al iPhone de este.

—Pero este es nuevo y tiene una SIM nueva. Lo compré en el aeropuerto. Nadie sabe el número. La caja y el recibo siguen en mi bolsa —dijo Scott a la defensiva.

—¿Tu bolsa, la que dejamos en el Volvo delante del piso de Noah?

—Eh… Bueno, sí —dijo Scott, comprendiendo de pronto lo que aquello implicaba.

—¿Y el número? ¿El recibo de la SIM?

—Eh… No, compré por separado una SIM de prepago y tiré el envoltorio.

—Pero, si encontraron el coche, podrían haber encontrado la caja, que lleva el número de serie y el IMEI de ese móvil. Podrían rastrearlo por las antenas de telefonía —dijo Danny. Los dos seguían mirando el teléfono de Scott.

—¿Crees que debería sacar la SIM y apagarlo?

—Sí, creo que deberías, tío —dijo Danny.

—Vale, de acuerdo. Deja que compruebe que la opción Red de Buscar está desactivada, para asegurarme del todo —dijo Scott. Recorrió a toda prisa los ajustes antes de apagar el móvil y sacar la tarjeta SIM.

—¿Por qué no lo tiro por la ventana y ya está?

—No hace falta, Daniel. Ahora está apagado. Es imposible rastrearlo, ¿y si lo necesitamos cuando lleguemos? —dijo Scott, guardándose el móvil en el bolsillo con gesto defensivo.

—Vale, sí, tienes razón. Quédate con él —suspiró Danny—. Ojalá fueran ya las tres. Estoy deseando volver a casa con Nikki y olvidar que todo esto ha pasado.

—Sí. Lástima que Simon no pueda hacer lo mismo —dijo Scott. Los dos volvieron a sumirse en sus pensamientos.