CUARENTA Y SIETE
— G lass, dame una buena noticia —dijo Xavier, llevándose el teléfono al oído de un movimiento brusco.
—Simon y el contable están muertos.
—¿Estás seguro?
—De Simon, sí. Lo vi morir. Del contable, estoy seguro al ochenta por ciento.
Mi hombre le acertó de lleno cuando huían.
En cuanto consigamos otro vehículo, iremos tras Pearson y Miller, los mataremos y confirmaremos que el contable está muerto —dijo Glass mientras él y Jinksy cruzaban un campo, alejándose de la autopista en dirección a un pequeño grupo de casas que se veía a lo lejos.
—Excelente. Mantenme informado.
Al bajar el teléfono, Xavier levantó la vista hacia los doce rostros conectados a la videollamada.
—Caballeros, parece que la amenaza para nuestra organización ha sido neutralizada.
—Hizo una pausa para saborear la aprobación de los dirigentes de su vasta organización antes de continuar—.
Sergei, parece que uno de los tuyos, Vladislav Kamen, el ministro consejero de la embajada rusa, ha estado hablando de nosotros con David Tremain.
Quizá te convenga hablar con tus contactos del Kremlin para que lo quiten de en medio.
El oligarca ruso Sergei Grinkov asintió.
—Bien. Ahora que todo está en su sitio, solo queda decir una cosa: preparen a sus agentes de bolsa.
La venta masiva comenzará en cuanto abra el mercado el viernes.
Recuerden que la rapidez es fundamental.
Debemos vender todas las acciones en menos de una hora para obtener el mejor precio posible y minar la confianza en la bolsa.
Después esperaremos a ver cómo cunde el pánico entre los inversores y venden como ratas que abandonan un barco que se hunde.
Justo antes de que el precio toque fondo y el mercado se desplome, daré la orden y compraremos.
Seguiremos comprando hasta que no solo hayamos vendido nuestras acciones al precio más alto, sino que hayamos recuperado esas acciones y muchas más por una fracción de su valor.
Para el mediodía del viernes tendremos una participación mayoritaria y el control del mismísimo corazón del Reino Unido.
Podremos despojar a este país de todos sus activos, venderlos y desmantelarlo.
Una vez hecho esto, podremos ir a por el premio definitivo.
Sí, caballeros, Estados Unidos nos llama, y está ahí para que nos hagamos con él.
Tras una ovación entusiasta, los principales miembros de la organización de Xavier abandonaron la reunión y las pantallas fueron apagándose una a una.
Xavier se quedó mirando las pantallas en negro sin moverse de su asiento, con el ceño fruncido, sumido en sus pensamientos.
Aún había algo que le inquietaba. ¿Dónde demonios estaba David Tremain y qué se traía entre manos?
Metió la mano en el bolsillo y sacó el teléfono.
—Hadden —bramó el general al responder a la llamada.
—¿Has encontrado ya a Tremain? —preguntó Xavier sin rodeos.
—No. Seguimos el rastro de su coche mediante el sistema de reconocimiento automático de matrículas. La última vez que lo captaron fue anoche, a las 21:00, cuando pasaba por Hereford por la A4103. Tengo hombres buscándolo por la zona.
—Maldita sea, general, se nos acaba el tiempo. Encuéntralo y ocúpate de él.
En cuanto Xavier colgó, el general volvió a mirar la imagen por satélite de la zona de Hereford en la gran pantalla que tenía delante.
Una serie de puntos rojos destacaba en el mapa: señalaban todas las cámaras de tráfico ante las que Tremain tendría que pasar para salir de la zona.
Había un lugar del mapa que llamaba especialmente su atención y le preocupaba más que ningún otro.
Un lugar sobre el que no tenía control ni autorización para acceder: la base de Stirling Lines, en Credenhill, sede del 22. º Regimiento del SAS.
—Simpson, ponte en contacto con el Ministerio de Defensa y averigua si se ha autorizado alguna operación nueva para el 22.º Regimiento del SAS en las últimas veinticuatro horas.
—Sí, señor —respondió Simpson. Se marchó a hacer las averiguaciones y dejó al general mirando el mapa por satélite con un mal presentimiento en la boca del estómago.