CUARENTA Y SEIS
—¿ D ónde está Simon? —preguntó Noah entre resuellos, intentando recuperar el aliento. El sonido de una explosión lo hizo volverse: a un kilómetro y medio de ellos, una enorme bola de fuego se elevaba hacia el cielo.
—Está muerto —respondió Danny sin rodeos.
—Dios mío, no. No puedo hacer esto. Tenéis que dejarme salir. Llamaré a Xavier. Puedo arreglarlo. Dejadme volver a como estaban las cosas —soltó Noah, presa del pánico.
Danny se volvió en el asiento y clavó en Noah una mirada glacial, con el rostro ensombrecido.
—Vas a hacerlo. No permitiré que Simon haya muerto en vano.
Estás metido en esto. El trabajo que hiciste para Xavier contribuyó a provocar todo esto, así que más te vale ayudar a ponerle fin.
¿Entendido? —dijo Danny en tono amenazador.
Mientras hablaba, agitaba la pistola en la mano.
Noah se calló y se encogió contra el asiento trasero antes de asentir con nerviosismo.
Danny volvió la vista al frente, atraído por un tren que pasaba a toda velocidad por las vías tendidas entre las dos calzadas de la autopista.
Sin dejar de darle vueltas a la muerte de Simon, miró por el retrovisor lateral.
Unos doscientos metros más atrás, un BMW sorteaba los coches a uno y otro lado y aceleraba, recortando la distancia que los separaba.
—Scott, dame tu pistola y pisa a fondo. Tenemos compañía —dijo Danny, procurando sonar lo más tranquilo posible.
—Dios mío, ¿y ahora qué? —respondió Scott. Pasaba la mirada de un retrovisor a otro, tratando de ver qué ocurría, mientras le entregaba la pistola a Danny y pisaba el acelerador.
—Un BMW negro se acerca a toda velocidad.
Está adelantando por el carril central —dijo Danny, dejando caer sobre su regazo las cinco últimas balas de su cargador.
Con la destreza que le daba su experiencia con las armas, extrajo el cargador de la pistola de Scott, metió las cinco balas en él en un tiempo récord y volvió a introducirlo en la suya hasta que encajó con un clic.
—¿Cómo vamos? —preguntó Scott, lanzándole una rápida mirada de reojo.
—Mal. Once en el cargador y una en la recámara. ¡Coche, coche, coche! —avisó Danny justo a tiempo para que Scott diera un volantazo y adelantara por el carril derecho al coche que tenía delante. El conductor, furioso, tocó el claxon al verlos pasar.
—Tú concéntrate en conducir, tío. Del BMW me ocupo yo —dijo Danny mientras bajaba la ventanilla y se giraba en el asiento para mirar hacia atrás.
Esperó, observando el BMW por la luneta trasera mientras adelantaba a otros dos coches y se situaba a menos de cincuenta metros, cada vez más cerca.
Danny se volvió de lado y sacó la cabeza y el torso por la ventanilla del acompañante, apoyando la cadera contra el interior de la puerta y un brazo contra el pilar central.
Afianzado así, levantó la pistola y apuntó al BMW.
Le costaba mantenerlo en el punto de mira mientras Scott conducía a bandazos, frenando y acelerando para abrirse paso entre el tráfico.
Al ver a un hombre asomado por la ventanilla de un coche apuntándoles con una pistola, los conductores que iban detrás de Danny se asustaron y frenaron bruscamente; sus vehículos comenzaron a serpentear de un carril a otro.
Glass reaccionó al instante: frenó, dio un volantazo, redujo una marcha y aceleró por el hueco entre los coches mientras Jinksy se asomaba por la ventanilla del acompañante y levantaba la pistola, imitando a Danny.
Los dos abrieron fuego. El primer disparo de Danny se desvió cuando Scott esquivó un coche que tenían delante.
El segundo alcanzó el retrovisor del lado de Glass y lo hizo saltar en pedazos de plástico y cristal, dejando solo un muñón destrozado.
Jinksy también logró disparar un par de veces.
Ambas balas agujerearon la luneta trasera, que aguantó un segundo antes de que el cristal cediera y sus fragmentos se desprendieran, rodaran por el maletero y, brillando como diamantes, rebotaran sobre el asfalto.
Los neumáticos de Glass crujieron al pasar por encima de ellos.
Acto seguido, embistió por detrás el Hyundai con un estruendo.
Danny contrajo los músculos con todas sus fuerzas para no caerse por la ventanilla.
Volvió a meterse rápidamente, se inclinó en el asiento y disparó entre los reposacabezas, a través del hueco de la luneta trasera.
Abrió dos agujeros en el parabrisas del BMW, pero Glass pisó el freno y dio un volantazo para evitar que le dieran de lleno.
Jinksy volvió a meterse en el coche mientras se desviaban hacia el carril izquierdo.
—¿Les has dado? —gritó Scott por encima del ruido que entraba por las ventanillas abiertas y el hueco de la luneta. Entonces vio los dos agujeros de bala en la pantalla de navegación y entretenimiento del coche.
—No —respondió Danny secamente. Y añadió—: ¿Este trasto no corre más?
Scott estaba a punto de responder cuando Glass dio un volantazo y estampó la esquina delantera del BMW contra la aleta trasera del Hyundai, intentando que Scott perdiera el control e hiciera un trompo.
—¡Eh! ¡Argh! Uf… —jadeó Scott, peleándose con el volante mientras el Hyundai daba violentos bandazos. Al fin consiguió recuperar el control.
—Estos gilipollas empiezan a tocarme las narices —gritó Danny.
Se volvió para salir de nuevo por la ventanilla, pero tuvo que agacharse y meterse otra vez cuando Jinksy abrió fuego.
Las balas perforaron la puerta del acompañante y destrozaron el retrovisor.
El revestimiento interior de la puerta se desprendió de sus anclajes cuando los proyectiles la atravesaron, pasaron a milímetros de la pierna de Danny y se incrustaron en el panel que tenía delante.
—Ya estoy harto de este cabrón —gruñó Danny. Sacó la pistola y medio cuerpo por la ventanilla, apuntó y disparó una vez tras otra. Una bala alcanzó el neumático al que apuntaba justo antes de que la pistola hiciera clic, vacía.
Glass luchó por controlar el coche tras el reventón.
Frenó con fuerza mientras el BMW serpenteaba y derrapaba de lado.
Tanto él como Jinksy se prepararon para el impacto cuando chocaron contra un coche y lo lanzaron contra la mediana; después rebotaron contra otro, que acabó haciendo un trompo, mientras el BMW salía despedido de la autopista, cruzaba el arcén y se deslizaba cuesta abajo por el talud de hierba.
Detrás de ellos, otros vehículos se empotraban contra los coches accidentados.
Un camión que se aproximaba intentó esquivar los vehículos detenidos, hizo la tijera y volcó sobre un costado, bloqueando la autopista con un amasijo de metal retorcido.
—¿Estáis todos bien? —preguntó Danny mientras volvía a meterse en el coche y giraba la cabeza para observar el caos que se extendía por la autopista a sus espaldas.
—Sí, yo estoy bien —dijo Scott.
—¿Noah?
—¿Noah? —repitió Danny. Al no recibir respuesta, se volvió para mirarlo.
Noah estaba sentado atrás, blanco como una sábana. Alzó una mano y se tocó el hombro derecho. Abrió mucho los ojos, presa del pánico, al ver la sangre de un rojo intenso en las yemas de sus dedos.
—Tranquilo, tío. Voy a pasar atrás para echarte un vistazo. Scott, sal de la autopista en cuanto puedas —dijo Danny. Se volvió hacia Scott y luego pasó entre los asientos delanteros para llegar a la parte de atrás.
—A ver, déjame ver.
—¿Voy a morir? —sollozó Noah, temblando de pies a cabeza.
Danny rasgó la camisa de Noah y vio el orificio de entrada en la parte alta de la espalda, junto al hombro.
La bala le había fracturado el omóplato y desgarrado músculos y tendones antes de salir por delante, justo debajo de la clavícula.
Aunque sangraba mucho, no lo suficiente para indicar que hubiera afectado a una arteria.
—No, no vas a morir. Tu cuerpo está entrando en estado de shock. Nada más —dijo Danny. Se quitó la chaqueta y luego la camiseta, e hizo una bola con ella—. Noah, mírame. Vamos, sigue conmigo, tío. Toma, pon la mano aquí y mantén la presión, ¿vale?
—¿Se pondrá bien? —preguntó Scott, mirándolos por el retrovisor interior.
—Si consigo parar la hemorragia. Aprieta el mechero del coche.
—¿Para qué? Si ni siquiera fumas —dijo Scott, desconcertado.
—No es para mí. Tú apriétalo —dijo Danny, desviando la mirada de Scott a Noah para que captara la indirecta.
—Ah, vale —respondió Scott. Treinta segundos después le pasó el mechero del coche, circular y al rojo vivo.
Danny lo cogió y apartó con cuidado la camiseta enrollada de la herida.
—Respira hondo, Noah —dijo Danny, y le hundió el mechero en el orificio de salida antes de que Noah pudiera darse cuenta de lo que iba a hacer.
Noah gritó de dolor. Un hilillo de humo y un olor a carne quemada salieron de la herida cauterizada. Danny retiró el mechero, satisfecho al comprobar que la hemorragia se había detenido.
—Scott, vuelve a meterlo —dijo Danny, devolviéndole el mechero—. Lo has hecho muy bien, Noah. Respira hondo, nada más —añadió. Cogió por segunda vez el mechero incandescente que le tendía Scott—. Ahora inclínate un poco hacia delante. Respira hondo.
—No, espera, ¡argh! —gritó Noah antes de desmayarse por el dolor de inclinarse y de sentir el mechero apretado contra el orificio de entrada, del que salió otra bocanada de humo.
Danny rasgó la camiseta ensangrentada para improvisar dos apósitos y varias tiras con las que sujetarlos sobre las heridas.
Cuando terminó, se volvió y arrancó la bandeja trasera de sus anclajes para asomarse al maletero.
Cogió una manta pequeña que descansaba sobre dos maletas y le anudó las esquinas para hacer un cabestrillo bien ajustado que mantuviera inmóvil el hombro de Noah.
—Hay una salida más adelante —dijo Scott.
—Cógela. Tenemos que deshacernos de este coche cuanto antes y encontrar otro para llegar a Larissa.
—¿Y el tren? —preguntó Scott mientras otro pasaba a su izquierda.
—Buena idea. Busca un sitio donde parar y mira si encuentras una estación —respondió Danny. Echó otro vistazo hacia atrás para asegurarse de que nadie los seguía.