CUARENTA Y TRES
— S e van —dijo Bulldozer, mirando por las rendijas de la persiana cómo se alejaban los coches de policía. Tenía un lado de la cara enrojecido y cubierto de costras donde le habían reventado las ampollas.
—Vamos —dijo Glass. Los cuatro hombres salieron del apartamento y bajaron las escaleras con cautela.
Glass miró a ambos lados de la calle a través de las puertas acristaladas de entrada al edificio.
No había rastro de la policía y, salvo por una pareja que se alejaba calle abajo, no había nadie.
Salieron y se dirigieron a la furgoneta robada que habían estado utilizando.
Glass se detuvo y retrocedió unos pasos tras echar un vistazo por la ventanilla del Volvo aparcado delante de ellos.
Le llamó la atención la luz de una farola que iluminaba unas bolsas y un maletín en el asiento trasero.
Miró alrededor para comprobar que nadie lo estuviera observando y probó la manilla.
Como sospechaba, estaba cerrado. Sacó la pistola, le dio la vuelta para agarrarla por el cañón y golpeó con ella una esquina de la ventanilla como si fuera un martillo.
El cristal cedió y se hizo añicos. Glass dio unos golpecitos a los fragmentos que quedaban para hacerlos caer dentro del coche y metió el brazo para sacar las bolsas y pasárselas a los demás.
—¿Qué pasa? —preguntó Jinksy, volviendo la cabeza a uno y otro lado por si regresaba la policía.
—Una corazonada. Toma, coge una. Las revisaremos cuando salgamos de aquí —dijo Glass, mientras se apresuraba hacia la furgoneta con el maletín y una bolsa grande y cara para portátil en las manos.
Reaper sacó la furgoneta de la zona. Hacía una mueca cada vez que cambiaba de marcha: con cada movimiento, los vaqueros le rozaban la pierna escaldada.
Glass abrió primero el maletín, y Jinksy soltó un silbido al ver el medio millón de euros cuidadosamente apilado dentro.
—Es el dinero del contable para el mensajero.
—¿Es nuestra prima, jefe? —preguntó Bulldozer entre risas, mirando por encima del hombro desde atrás.
—Es de Xavier y, si no terminamos pronto este trabajo, ninguno de nosotros cobrará nada, y mucho menos una prima —gruñó Glass. Cerró el maletín y se lo pasó a Bulldozer—. Déjalo atrás. Veamos qué más tenemos.
Bulldozer y Jinksy abrieron las bolsas de Danny y Simon, sacaron la ropa y algunos artículos de aseo y los fueron tirando a la parte trasera de la furgoneta hasta vaciarlas.
—Nada —dijo Bulldozer.
—No, aquí no hay nada —añadió Jinksy, arrojando la bolsa vacía hacia atrás.
Glass abrió la bolsa del portátil de Scott y sacó el ordenador.
La pantalla se iluminó con una pantalla de acceso cifrado de Miller Technologies que pedía la contraseña.
Volvió a cerrarlo y se lo pasó a Bulldozer antes de rebuscar en el resto de la bolsa.
Se le iluminaron los ojos al encontrar una caja de iPhone nueva, aunque vacía, con un recibo de compra del aeropuerto dentro.
—Bingo —dijo al instante, llevándose el teléfono a la oreja mientras miraba el IMEI y el número de serie en la parte posterior de la caja.
—Glass —respondió Xavier con brusquedad.
—Voy a enviarle una foto de la caja del iPhone que compró Scott Miller cuando salieron hacia Chipre. Dígale a Crimble que rastree el número IMEI y me consiga su ubicación a través de las antenas de telefonía móvil de la red griega.
—Espera, Crimble está aquí conmigo —dijo Xavier.
Al otro lado de la línea se hizo el silencio mientras le transmitía lo que Glass acababa de decir—.
Crimble dice que puede tardar hasta mañana por la mañana en conseguir que los griegos le den acceso a la red, sobre todo a estas horas de la noche. Te avisaré en cuanto sepa algo.
Glass colgó y se volvió hacia los demás.
—Esto va para largo. Busquemos un sitio donde dormir unas horas.