La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) CUARENTA Y DOS
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CUARENTA Y DOS

—¿Alguna novedad, amigo mío? —preguntó Scott cuando Danny terminó de hablar por teléfono con Nikki.

—David está intentando encontrar una solución —respondió por encima del ruido del viento que entraba por las ventanillas abiertas, mientras fruncía el ceño al ver el aviso de batería baja que brillaba en la pantalla de su móvil en la oscuridad.

—Bueno, no podemos pasarnos toda la noche dando vueltas en este ataúd con ruedas.

—No, tienes razón. ¿Puedes buscar un hotel por aquí cerca? —preguntó Danny.

—No, lo siento, me he quedado sin batería.

—Joder, yo tampoco tengo mucha, y necesito mantener el móvil encendido para cuando David se ponga en contacto con nosotros.

—Toma, usa el mío —dijo Simon, pasándole el móvil a Scott por encima del hombro mientras conducía.

—A ver, hay unos cuantos más adelante, cerca del aeropuerto. Eh, aquí está. El Holiday Inn queda a siete kilómetros, entre las salidas 17 y 18, a mano derecha.

—Qué pena que no podamos seguir hasta el aeropuerto y coger un avión de vuelta a casa —refunfuñó Danny.

—No podemos arriesgarnos. Con Xavier manejando al primer ministro y a Crimble a su antojo, probablemente ya habrá conseguido que Interpol nos tenga fichados —dijo Simon desde el asiento delantero.

—Sí, ya lo sé, ya lo sé. Al hotel, entonces. Necesito comprar un cargador para el móvil, darme una ducha, tomar un café en condiciones y comer algo.

—Yo también. Según Google, hay un área de servicio junto al hotel. Allí deberíamos poder conseguir lo que necesitamos.

—¿Cómo lo llevas, Noah? —preguntó Danny al reparar en el hombrecillo, que iba callado en el asiento del copiloto, con aire ensimismado.

—Esos hombres intentaban matarnos. ¿Por qué intentaban matarnos? —Noah volvió la cabeza hacia Danny, con el miedo reflejado en los ojos.

—Pichier no es un apellido griego, Noah. Y tu acento… No consigo ubicarlo. ¿De dónde eres? —replicó Danny, para apartar sus pensamientos de Glass y sus hombres en la azotea.

—Soy austriaco, de Salzburgo.

—Es una ciudad preciosa. Aguanta, amigo. Cuando todo esto termine, podrás volver allí y seguir con tu vida —dijo Danny. Al darle unas palmaditas en el hombro, notó que Noah se relajaba un poco.

—Ahí está el desvío —dijo Simon mientras pasaban junto a la señal que anunciaba el área de servicio y el Holiday Inn a un kilómetro.

Danny sacó del bolsillo el dinero que le quedaba y se puso a contarlo.

—¿Tienes bastante? Si no, puedo pagar con mi tarjeta —dijo Scott al ver lo mucho que había menguado el fajo.

—No. Si los de Crimble están vigilando nuestras cuentas, nos localizarán enseguida. Creo que con esto bastará. Gracias, pero dejaremos la tarjeta como último recurso.

—Vale, solo quería ayudar. Es una pena que devolvieras el maletín de Noah al coche en el bloque de pisos. ¿Cuánto había dentro? Quinientos mil euros, ¿no? —dijo Scott, chasqueando la lengua.

—Vale, Scott, sí, visto lo visto, habría sido buena idea traer el maletín —refunfuñó Danny, con expresión de enfado.

—Yo solo lo digo —añadió Scott con una sonrisa, para picarlo un poco más.

Los dos permanecieron en silencio mientras Simon salía de la autopista y rodeaba el área de servicio para llegar al Holiday Inn.

—Gilipollas —soltó por fin Danny. Se le dibujó una sonrisa en los labios y ambos acabaron riéndose.

Al llegar al hotel, reservaron dos habitaciones comunicadas.

Cuando el joven recepcionista les pidió que rellenaran la ficha de registro, Danny le deslizó un billete de cien euros, que aceptó sin vacilar antes de entregarles las tarjetas de acceso a las habitaciones.

Mientras los demás subían, Danny fue al área de servicio y compró un par de cargadores de móvil antes de regresar al hotel y subir a la habitación.

Se dio una ducha mientras cargaba el teléfono y, al salir, se sintió más animado y despejado, aunque se había vuelto a poner la misma ropa mugrienta: las bolsas y la ropa de recambio seguían en el Volvo, frente al apartamento de Noah.

Por lo menos había tenido la previsión de hacer que todos llevaran siempre encima el móvil, el pasaporte y el dinero.

Comprobó que no tenía ningún mensaje y, con una mueca de dolor, se bajó la camiseta para tapar un moratón cada vez más oscuro, fruto del golpe que se había dado al caer sobre el conducto metálico.

Se pasó los dedos por la mata de pelo revuelta antes de volverse hacia Scott, que estaba sentado en la cama revisando los correos y mensajes de su móvil recién cargado.

—¿Una cerveza y algo de comer, tío?

—Creía que no me lo ibas a proponer nunca —respondió Scott con una sonrisa.

Danny fue hasta un rincón de la habitación y asomó la cabeza por la puerta abierta que comunicaba las dos habitaciones.

—Hora de comer, chicos —dijo, al ver que Noah parecía algo más tranquilo que antes.

Bajaron al bar del hotel. Al pasar por recepción, el empleado les sonrió y levantó el pulgar.

Pidieron bebidas y algo de comer de la carta del bar y, mientras comían, hablaron de las opciones que tenían para salir de Grecia y volver al Reino Unido.

Cuando sonó el móvil de Danny y vieron que el número estaba oculto, se quedaron paralizados.

Danny lo cogió y aceptó la llamada con cautela antes de llevárselo a la oreja sin decir nada.

—Daniel, qué considerado por tu parte seguir vivo. ¿Se encuentran bien Simon, el señor Miller y el contable? —La voz de David Tremain sonaba serena, dueña de la situación.

Danny apartó el teléfono de la oreja, activó el altavoz y lo dejó sobre la mesa.

—Sí, estamos bien. Están aquí conmigo. ¿Qué tienes para nosotros?

—Te paso con un colega. —Hubo una breve pausa antes de que se oyera otra voz por el teléfono.

—Soy el teniente coronel Douglas Bragg.

Danny reconoció al instante al hombre que había estado al mando de su regimiento del SAS cuando él servía en sus filas.

—Me alegra oír una voz amiga, coronel —dijo Danny.

—Es un placer poder ayudarte, hijo. El regimiento cuida de los suyos.

—Gracias, coronel. ¿Cuál es el plan?

—Hay una base aérea de la OTAN a las afueras de Larissa.

Tengo una unidad del Escuadrón A del 22.

º Regimiento del SAS lista para embarcar mañana a las 08:00 en un C-130J Hércules.

Aterrizarán en la base aérea de Larissa a las 15:00, hora local.

Según la versión oficial, nuestra misión consiste en recoger a cuatro expertos medioambientales, vosotros, y trasladarlos para que colaboren en las labores de ayuda humanitaria en la región del valle del Rift, en Kenia, afectada por las inundaciones.

Estamos preparando la documentación mientras hablamos.

Id a la ciudad de Larissa y esperad allí.

Se pondrán en contacto con vosotros en cuanto aterricen.

Decidles dónde estáis y vendrán a buscaros para llevaros al Hércules.

Una vez estéis en suelo británico, os trasladaremos ante Stewart Blackwell, de la Agencia Nacional contra el Crimen.

El señor Tremain ya le ha puesto al corriente y os está esperando.

¿Alguna pregunta? —El teniente coronel Bragg guardó silencio.

—Ninguna, gracias, coronel. Estaremos en Larissa esperándolos —respondió Danny tras mirar a Scott, Simon y Noah para ver si tenían algo que añadir.

—Bien. Buena suerte —dijo escuetamente el teniente coronel antes de colgar.

—Bueno, eso ha sonado bastante prometedor. Creo que voy a tomarme otra botella de Mythos. ¿Os traigo una a alguno, Daniel, Simon, Noah? —preguntó Scott mientras se levantaba.

—Venga, tío, una nada más. Luego quiero dormir un poco y levantarme temprano para el viaje a Larissa. No podemos confiarnos. Esto no habrá terminado hasta que llevemos a Noah ante Blackwell, en la Agencia Nacional contra el Crimen, y aún hay un número indeterminado de hombres de Xavier buscándonos.

—Yo paso, gracias, Scott. Dejaré la copa para celebrarlo cuando hayamos detenido a Xavier. Creo que voy a volver a la habitación —dijo Simon.

—Eh, sí, voy contigo —dijo Noah, a quien un escalofrío le recorrió la espalda al pensar en Glass y sus hombres.

—Vale, no tardaremos —dijo Danny mientras los veía marcharse.

—Entonces quedamos tú y yo, amigo mío —dijo Scott con una sonrisa.

—Sí, Scotty, tú y yo, como siempre —respondió Danny con una sonrisa cansada.