CUARENTA Y UNO
— G lass, ¿está hecho? —preguntó Xavier, apartándose de Crimble para contestar al teléfono.
—No. No sé cómo lo han conseguido, pero Simon ha llegado antes que nosotros al contable —respondió Glass.
—¿Cómo? No. ¿Es que nadie puede matar a ese maldito hombre? ¿Dónde están ahora? —preguntó Xavier. Intentaba mantener la compostura y bajar la voz en el vestíbulo del hotel mientras un par de huéspedes lo miraban alarmados.
—No lo sé. Nos han dado esquinazo.
—Pues id tras ellos. Los quiero fuera de en medio, ¿me oyes?
A todos, incluido el contable. Fuera de en medio.
¿Entendido? —replicó Xavier, alzando de nuevo la voz y atrayendo la atención del director, que estaba en recepción.
Xavier apartó el teléfono y lo fulminó con la mirada—.
Una palabra, una sola, y te quedarás sin trabajo y en la calle antes de que puedas decir la segunda.
El director apartó enseguida la mirada y se puso a trabajar en el ordenador de las reservas.
Xavier volvió a llevarse el teléfono al oído y esperó la respuesta de Glass.
—Lo haremos en cuanto…
Unos fuertes golpes en la puerta lo interrumpieron.
—Policía. Abran la puerta, por favor. ¿Hay alguien ahí dentro? —dijo un agente en griego, en voz alta.
Los cuatro hombres dejaron lo que estaban haciendo y clavaron la vista en la puerta: Glass desde la cocina, Jinksy desde el sillón reclinable, y Bulldozer y Reaper desde el sofá, donde estaban sentados en calzoncillos y cubiertos de toallas húmedas para aliviarse la piel abrasada.
Bulldozer tenía quemaduras por todo el costado izquierdo, el cuello y un lado de la cara; Reaper, en una pierna y por la espalda.
Los golpes y la orden se repitieron. Después hubo un silencio que duró uno o dos minutos. Al no obtener respuesta tampoco esta vez, oyeron unos pasos que se alejaban y, luego, los golpes y la orden de los policías ante otro apartamento, más abajo en el pasillo.
—Glass, Glass, ¿qué demonios está pasando? —gritó Xavier mientras salía del hotel y subía a la parte trasera de la limusina que lo esperaba. Hablaba tan alto que los demás lo oyeron salir del teléfono de Glass en la silenciosa habitación.
—Hay mucha actividad policial aquí. En cuanto se vayan, saldremos tras ellos —dijo Glass. Pasó por encima del cadáver del dueño del apartamento para acercarse a un lado de la ventana. Puso los dedos en la varilla de la persiana y la giró lo justo para ver tres coches de policía abajo, en la calle.
—¿La policía? ¿Os han descubierto? Sea lo que sea, espera —dijo Xavier. Apartó el teléfono de la cara al ver que le entraba una llamada del general Hadden.
—Te llamo luego —dijo con brusquedad, y colgó para atender la llamada del general.
—¿Sí? —espetó.
—Tenemos un problema con Tremain.
—¿Tenemos un problema? ¿Por qué tenemos un problema? Creía que te pagaba para que te ocuparas de mis problemas — dijo Xavier, exasperado, con la cara enrojecida y las venas de la sien palpitándole.
—Bueno, esto ya se ha convertido en un problema «nuestro».
Tremain ha acabado con el equipo que envié para matarlo y ha desaparecido.
Han encontrado el dispositivo de seguimiento de su coche en la entrada de su casa —dijo el general Hadden, imperturbable ante el arrebato de Xavier, con su habitual voz serena y disciplinada.
Xavier se apartó el teléfono del oído y gritó con todas sus fuerzas, los músculos tensos y los brazos temblorosos de rabia. Cuando terminó, respiró hondo varias veces, recobró la compostura y volvió a llevarse el teléfono al oído.
—Entonces te sugiero que dejes de contarme lo que no has hecho, lo encuentres, lo mates y después me llames para contarme lo que sí has hecho.
Recuerda que, si esto me salpica a mí, nos salpica a todos.
Hazlo —dijo Xavier, y colgó antes de que el general pudiera responder.
Se quedó mirando el teléfono, absorto en sus pensamientos, antes de volverse hacia Crimble, que estaba sentado lo más lejos posible de él y trataba de pasar inadvertido.
—Y en cuanto a ti… —dijo con un gruñido.