TREINTA Y NUEVE
—¿ Q ué… qué pasa? —preguntó Fergus, preocupado por la expresión de Nikki.
—No hay archivos. El contable lo tiene todo en la cabeza. Tendrán que traerlo de vuelta al Reino Unido. Pero ha sido la forma en que ha dicho: «Tengo que irme». Algo estaba pasando.
—Ya conoces a Danny. Sabrá arreglárselas —dijo Gaynor, rodeando a Nikki con un brazo mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.
Nikki se sobrepuso, se secó las lágrimas y cogió de nuevo el teléfono para llamar al número que David le había dado.
—Señora Pearson, si me llama, supongo que hay algún problema —dijo David. Su voz sonaba más apremiante de lo habitual y el eco de los ruidos de fondo cambiaba como si estuviera pasando de un espacio a otro.
—El contable lo tiene todo memorizado. No hay archivos que enviar. Danny dice que necesita ayuda para traerlo de vuelta al Reino Unido.
—Déjemelo a mí. Volveré a llamarla lo antes posible —dijo David a toda prisa. Colgó y se guardó el teléfono en el bolsillo al instante.
David cruzó la cocina a paso rápido, sacó un cuchillo de filetear largo y fino del taco y, con la otra mano, barrió de la encimera un gran tarro de cristal lleno de macarrones.
El tarro se hizo añicos contra el suelo de losas y los macarrones secos quedaron esparcidos a su espalda.
Al llegar al recibidor, David abrió la puerta del hueco de la escalera, alzó el brazo y bajó el interruptor general.
El cielo encapotado impedía que los rayos del sol poniente entrasen por las ventanas y dejaba el interior de la vieja casa de campo casi a oscuras.
David se quedó inmóvil en un rincón del salón, mirando fijamente un punto hasta que las pupilas se le dilataron al máximo, los conos de sus retinas descansaron y los bastones activaron una sustancia química llamada rodopsina para proporcionarle la mejor visión nocturna natural posible.
Un movimiento al otro lado de la ventana de vidrios emplomados hizo que desviara la mirada y girara el cuchillo en la mano.
Con la hoja, afilada como una navaja, apuntando hacia arriba a lo largo de la muñeca, se apretó los pulgares contra los oídos y se agachó detrás del respaldo de un sillón, hundiendo la cara en la tapicería.
La culata de un fusil rompió el cristal.
Un segundo después, una granada aturdidora entró por el agujero, rebotó en la alfombra y estalló.
Con los ojos cerrados y la cara hundida en la tapicería, David se protegió del destello cegador; los pulgares, firmemente apretados contra los oídos, evitaron la sordera temporal y la desorientación que la granada estaba diseñada para causar, aunque la onda expansiva le golpeó con fuerza el cuerpo.
David permaneció donde estaba, respirando de manera regular para contrarrestar la conmoción de la explosión.
Se apartó despacio del respaldo y se sacó los pulgares de los oídos, girando el cuchillo en la mano mientras sus atacantes destrozaban la ventana del salón y entraban.
A su izquierda oyó el crujido de unas botas al pisar los cristales del suelo.
En algún lugar del interior de la casa de campo, resonó en la oscuridad el estruendo de la puerta principal o la trasera cediendo a los golpes de un ariete.
Dos figuras con equipo táctico completo hablaban en voz baja por los micrófonos de sus radios.
Las linternas acopladas a sus fusiles proyectaban estrechos haces de luz mientras recorrían el salón con ellos.
Al no ver a nadie, dieron media vuelta y se dirigieron hacia la puerta para salir de la habitación, de espaldas al escondite de David.
Este salió de detrás del sillón con una velocidad y un sigilo inesperados para un hombre de su edad.
Se plantó a espaldas del más cercano, le agarró la chaqueta táctica por detrás con una mano y pasó el otro brazo por encima de su hombro para clavarle el cuchillo de filetear en la carne blanda bajo la barbilla.
David siguió empujando hasta que la mano con la que empuñaba el cuchillo chocó contra la mandíbula del hombre.
Lo sostuvo mientras su cuerpo se estremecía y dio un giro rápido a la fina hoja.
La punta le atravesó el tejido cerebral y el hombre sufrió una sacudida que le hizo apretar el gatillo.
Tres disparos sonaron en rápida sucesión y alcanzaron en la espalda al hombre que iba delante, a la altura del chaleco táctico.
Cayó al suelo retorciéndose de dolor. David soltó al muerto y lo dejó desplomarse como un fardo.
Se limpió la mano ensangrentada en el cadáver, recogió el fusil y cruzó una puerta en una esquina del salón que comunicaba con el comedor.
Rodeó la mesa y se pegó a la pared, a un lado de la puerta abierta de la cocina, para esperar.
Mientras controlaba la respiración, David hizo caso omiso de los gemidos del hombre del salón y aguzó el oído para escuchar lo que sucedía en la casa.
Treinta segundos después, oyó unas botas que crujían sobre los macarrones esparcidos por el suelo de losas de la cocina.
David giró sobre sí mismo y apareció en el umbral.
Disparó dos veces seguidas contra el muslo del intruso y una más contra su frente antes de volver a ocultarse en el comedor.
Esquivó por poco una lluvia de balas disparadas por un segundo hombre situado junto a la puerta que daba al jardín.
David se movió tan deprisa como pudo: volvió al salón, saltó por encima de los dos hombres caídos y salió al recibidor.
Sin tiempo para actuar con sigilo, corrió por el pasillo y abrió fuego al irrumpir en la cocina.
Las balas acribillaron al segundo hombre y lo lanzaron contra los armarios de la cocina mientras este mantenía la atención puesta en el comedor, donde creía que estaría David.
Al resbalar hasta quedar tendido en el suelo de la cocina, tosió sangre y murió.
David dejó el fusil sobre la isla de la cocina, le quitó la radio y se llevó el auricular a la oreja.
—Informad de la situación. ¿Qué está pasando? Responded, responded.
Soltó la radio, se acercó al fregadero y se lavó tranquilamente la sangre de las manos antes de secárselas con un paño.
David se agachó, cogió la pistola del muerto y fue hasta el perchero del recibidor.
Dejó el arma sobre la consola mientras se ponía la chaqueta, volvió a cogerla y abrió la puerta principal para bajar por el camino de entrada a paso decidido.
Al llegar a la carretera, vio las luces encendidas en el interior del vehículo de mando, aparcado a veinte metros.
David se encaminó directamente hacia él y levantó la pistola mientras el hombre hablaba con desesperación por la radio, intentando obtener respuesta del equipo.
El hombre alzó la vista al percibir movimiento fuera.
Se le abrieron los ojos de par en par y levantó las manos en un gesto instintivo de protección al ver que David le apuntaba con el arma.
Con el brazo firme y el hombre en el punto de mira, David abrió fuego y perforó el parabrisas con pequeños agujeros limpios, hasta que la pistola hizo clic al quedarse sin balas.
Se dio la vuelta, arrojó el arma vacía al seto y regresó por el camino de entrada hasta su coche.
Metió la mano bajo el paso de rueda trasero y despegó el localizador GPS magnético que había descubierto días atrás.
Lo dejó caer en el camino, subió al coche, arrancó el motor y se marchó.
—Llama al teniente coronel Douglas Bragg —ordenó David al sistema de manos libres del coche.
—Teniente coronel Bragg —respondieron al otro lado tras tres tonos.
—Coronel, soy David Tremain. Necesito su ayuda con un asunto de la máxima importancia para la seguridad nacional. Sin autorización y completamente al margen de los cauces oficiales.
—Le escucho.
—Por teléfono, no. Voy hacia allí ahora mismo. Llegaré dentro de unas tres horas.
—Avisaré en el puesto de guardia de que va a venir —respondió Bragg.
—Gracias. Y, coronel, no hable con nadie. La amenaza procede de nuestro propio Gobierno.
—Entendido. Nos veremos cuando llegue.
David colgó y encendió el navegador. Recorrió los destinos guardados hasta encontrar Stirling Lines, en Credenhill, Hereford, sede del 22.º Regimiento del SAS.