La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) TREINTA Y OCHO
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TREINTA Y OCHO

—¿ D ónde está? ¿Cuál es? —preguntó Danny, volviendo la cabeza una y otra vez: comprobaba si los seguía alguien y buscaba posibles amenazas entre los bloques de apartamentos de su izquierda.

—Es… es… es ese —tartamudeó Noah, señalando un bloque de apartamentos de lujo.

Aparcaron enfrente. Scott y Simon salieron primero; Danny bajó después, sin quitarle los ojos de encima a Noah.

—Deja el maletín —dijo Danny. Se lo arrancó de las manos y lo lanzó al interior del coche mientras salía.

Lo hicieron cruzar la calle y entraron en el pequeño vestíbulo del edificio.

—¿Qué planta?

—La última.

Simon pulsó el botón del ascensor en vez de obligar a Noah a subir cuatro tramos de escaleras.

Entró el primero con Scott; luego Danny empujó a Noah dentro y se metió tras él, apretujándose a regañadientes en aquel espacio diminuto.

Cuando el ascensor anunció con un timbre que habían llegado a la última planta, Danny se inclinó lo justo para mirar fuera, con la pistola pegada al pecho, listo para usarla si hacía falta.

Como no había nadie a la vista, salió, arrastró consigo a Noah, le dio la vuelta y lo empujó hacia la puerta del apartamento.

Noah rebuscó las llaves en el bolsillo y abrió.

Entraron todos y cerraron la puerta a su espalda.

El apartamento era amplio, moderno y estaba amueblado con lujo.

En el salón, un gran ventanal de suelo a techo ofrecía vistas por encima de los edificios más bajos hasta los jardines y los edificios palaciegos del Zappeion y el histórico Estadio Panatenaico, a cerca de kilómetro y medio de distancia.

—¿Dónde tienes el despacho? —preguntó Simon, mientras Danny dejaba de contemplar Atenas para vigilar la calle desde la ventana y después miraba el móvil, que sonaba con el nombre de Nikki en la pantalla.

—Aquí dentro. No hay nada de valor. ¿Qué queréis? —dijo Noah, deseoso de ayudarlos para que se marcharan de su apartamento.

—Toda la contabilidad que has llevado para el plan de Xavier Jones de provocar un desplome bursátil. Los sobornos, los pagos, las sociedades pantalla, las adquisiciones… Lo quiero todo —dijo Simon, mientras revolvía los archivadores.

Noah retrocedió un paso. Cambiaba el peso de un pie al otro mientras miraba hacia la puerta, planteándose salir corriendo. La idea se esfumó cuando Danny apareció en el umbral y levantó la pistola para apuntarle a la cabeza.

—Gracias, cariño. Te llamo dentro de un rato —dijo, y colgó. Su expresión se volvió amenazadora—. Saca la contabilidad. No tenemos todo el día.

—No está aquí —respondió Noah con un tartamudeo.

—¿Por qué cojones no lo has dicho cuando te lo he preguntado?

David Tremain acaba de darme una dirección de correo segura para contactar con Stewart Blackwell, de la Agencia Nacional contra el Crimen.

Tiene un equipo esperando a que le enviemos la información sobre Xavier Jones, así que ¿dónde cojones está la contabilidad?

—Por favor, no me hagáis daño. No me habíais dicho qué cuentas queríais.

—Pues ya te lo he dicho. Última oportunidad: ¿dónde están? —gritó Danny, acercando la pistola un par de centímetros más a la frente de Noah.

—No están en ningún sitio. No puedo dároslas, están…

—Deja de tomarme el pelo. ¿Dónde están? —gritó Danny, interrumpiéndolo. Su dedo se tensó sobre el gatillo mientras Simon y Scott dejaban de buscar y se quedaban al otro lado del despacho, esperando a que Noah hablara.

—No, por favor. Las tengo, pero no en papel. Están en mi cabeza, todas: compras, sociedades pantalla, transferencias de dinero y pagos. No me hagáis daño —soltó Noah de golpe, temblando de miedo y con las lágrimas corriéndole por las mejillas.

—¿Cómo que en tu cabeza? ¿Cómo puedes llevar toda la contabilidad en la cabeza? —intervino Simon, bajando despacio el brazo con el que Danny sostenía la pistola para poder hablar con Noah.

—Tengo memoria fotográfica y recuerdo las cosas con una precisión casi perfecta.

Hago las operaciones de cada cuenta, cuadro las cifras y después memorizo las últimas operaciones y los saldos antes de destruir los papeles.

El señor Jones insiste en que no quede rastro documental, y solo él y yo tenemos los datos de acceso a cada cuenta.

—Joder, tendremos que llevárnoslo. ¿Dónde está tu pasaporte? Vienes con nosotros a Londres —ordenó Danny antes de volver al salón para llamar a Nikki e informarla del cambio de planes.

—No puedo. Xavier me matará si lo traiciono.

—Y yo te mataré si no lo haces. Tú eliges —gritó Danny a través de la puerta abierta del despacho.

—Escucha, Noah: cuando esto salga a la luz, vas a tener problemas muy serios. Vas a pasar mucho tiempo en la cárcel, ¿de acuerdo? Pero, si vienes con nosotros y me ayudas a parar esto y a meter a Xavier entre rejas, te prometo que te protegeré y haré todo lo posible para que no acabes en la cárcel.

—Sí, iré con vosotros. Yo nunca quise nada de esto.

Le debía dinero a Xavier y me obligó a trabajar para él para saldar la deuda.

Si no lo hacía, iba a quitarles la casa y el negocio a mis padres para cobrársela.

Así que empecé a trabajar para él e hice lo que me mandaban —dijo Noah, mirando a Simon con lágrimas en los ojos—.

Mi pasaporte está en el cajón de arriba del escritorio —añadió, señalándolo.

—¿Cómo te endeudaste? —preguntó Simon.

—Antes me ganaba la vida jugando. Por lo de la memoria, ya sabes.

Memorizar y contar cartas me resultaba fácil, y gané mucho dinero.

Pero no fui lo bastante prudente. No es ilegal, pero los casinos te prohíben jugar si te descubren.

En fin, participé en una partida de apuestas altas en uno de los casinos de Xavier.

Había memorizado todas las cartas que habían salido y sabía que nadie podía superar mi mano, así que aposté todo lo que tenía.

Pero un ricachón no dejaba de subir la apuesta y, para igualarla, no vi otra salida que aceptar una línea de crédito del director del casino de Xavier.

Creía que no podía perder, así que seguí adelante.

Cuando por fin mostramos las cartas, me di cuenta de que me habían tendido una trampa.

Varias de las cartas que tenía él habían salido al principio de la partida.

Cuando intenté protestar, los de seguridad me llevaron a rastras al despacho de Xavier. Y el resto ya te lo imaginas.

—Ayúdanos y me aseguraré de que te libres de Xavier para siempre —dijo Simon, sacando el pasaporte de Noah del escritorio.

—No va a servir de nada enviar los archivos a la dirección de correo segura de Stewart Blackwell.

El puñetero contable es una especie de prodigio de la memoria.

Tiene toda la información guardada en la cabeza.

Llama a David y dile que necesitamos ayuda para llevar al contable al Reino Unido sin que los de Xavier y Crimble reciban un aviso cuando pase por aduanas —dijo Danny.

Miró por la ventana del salón y, entornando los ojos contra el sol poniente, vio una furgoneta Ducato plateada con publicidad de una empresa de instalación de aire acondicionado.

La furgoneta avanzó despacio por la calle y aparcó detrás del coche de ellos.

Se abrieron las dos puertas de la cabina y la puerta lateral.

Glass, Reaper y Jinksy salieron por delante, mientras que el corpulento Bulldozer saltaba por detrás.

La suspensión de la furgoneta se elevó unos centímetros cuando sus pies tocaron el suelo.

—Tengo que irme. —Danny colgó. Los bultos inconfundibles de las armas bajo las chaquetas de aquellos hombres pusieron su mente a barajar opciones y escenarios a toda velocidad.

Mientras seguía observándolos, Glass alzó la cabeza y lo miró directamente antes de conducir a los otros tres hacia la entrada del edificio.

—Coged vuestras cosas. Tenemos que salir de aquí. ¡YA! —gritó Danny. Cerró la puerta del apartamento con llave y arrastró un pesado aparador por el suelo de baldosas, con un chirrido, hasta encajarlo detrás. Volvió la cabeza hacia las puertas que daban a la terraza, al fondo del salón.