TREINTA Y SEIS
— R eaper, ¿estás en posición? —preguntó Glass, de pie frente a la antigua mezquita, a unos cuarenta metros de la iglesia de la Virgen María. Los vecinos y turistas que cruzaban la plaza de Monastiraki le tapaban a ratos la vista del lugar de encuentro.
—Afirmativo, estoy en posición —respondió Reaper por radio.
Tendido y oculto en el hueco entre dos tejados, sobre la estación de metro situada frente a la iglesia, hizo caso omiso de la incomodidad.
Respiraba hondo y de forma controlada mientras comprobaba la distancia hasta el objetivo a través de la mira de su potente rifle de francotirador ruso.
—¿Jinksy?
—Afirmativo, tengo a la vista el lugar del objetivo —respondió Jinksy por el auricular desde la azotea del otro lado de la calle, mientras observaba por la mira entre dos edificios al norte de la iglesia.
—¿Bulldozer?
Silencio en la radio.
—¿Me recibes, Bulldozer?
Silencio en la radio.
Glass frunció el ceño. Miró el reloj: las 14:53.
Vamos.
—¿Bulldozer?
Se oyó una ráfaga de estática y luego la voz de Bulldozer llegó por la radio.
—Lo siento, jefe. Un puto agente de tráfico me ha hecho moverme. He tenido que dar la vuelta a la manzana hasta que se ha largado. Ya estoy en posición.
—Recibido. Reaper, Jinksy, avisad en cuanto tengáis contacto visual. Abatid a los objetivos en cuanto tengáis un tiro limpio. Bulldozer, entra cuando te dé la señal.
—Recibido.
—¿Ves algo? —preguntó Danny por el auricular Bluetooth barato que había comprado el día anterior para conectarlo al móvil.
Estaba sentado en una cafetería a veinticinco metros de la plaza. La estrecha calle lateral le ofrecía una vista limitada del lugar de encuentro, entre los clientes que tomaban café aquella tarde.
—Negativo, no veo a ningún enemigo. Vas a tener que moverte. Quedan pocos minutos para que llegue el contable —respondió Simon desde el interior de una tienda de recuerdos al otro lado de la plaza.
—Scott, ¿seguro que ha recibido el mensaje?
—Completamente, amigo mío. Tengo la confirmación de lectura —dijo Scott por el auricular.
—Bien, preparaos todos. Estad atentos a cualquiera que tenga pinta de contable y lleve un paquete o una bolsa —dijo Danny, levantándose para dirigirse a la plaza.
—Movimiento en la esquina noreste, junto a la furgoneta blanca. Chaqueta negra, gorra de béisbol azul, gafas de sol —dijo Jinksy, ajustando el enfoque de la mira para identificar al sospechoso con certeza.
—¿Cuál? —preguntó Glass, que no podía verlo desde su posición.
—Pearson. Estoy intentando confirmar su identidad. Se dirige a la iglesia. ¿Lo ves, Reaper?
—Afirmativo, lo veo por detrás. Coincide con la descripción.
—¿Alguien tiene a la vista a la persona que protegemos o a Simon? —preguntó Glass.
—Negativo —dijo Jinksy.
—Tengo al mensajero a la vista. Acaba de salir de la estación y se dirige al punto de intercambio —informó Reaper.
—Reaper, localiza a Simon. Tiene que estar cerca. Jinksy, confirma que es Pearson.
—Posible identificación de Simon. Viene hacia ti desde la entrada sur, camiseta azul y gorra de béisbol blanca. Tiene su complexión. Lo pierdo. Me tapan la vista. Te toca —dijo Reaper.
Danny atravesó la plaza hacia el punto de encuentro.
Tras las gafas de sol, pasaba la mirada de una persona a otra sin detenerse en nadie más de una fracción de segundo, dejando que su instinto decidiera si había algo inusual o fuera de lugar que mereciera una segunda mirada. Nada le llamó la atención.
—Estoy en posición. Estad atentos. Esperad, a mis diez en punto. Es bajo, lleva traje oscuro, gafitas redondas y un maletín de cuero. Viene hacia mí —dijo Danny, observándolo acercarse.
—Lo veo —dijo Simon, siguiendo los movimientos del hombre desde su posición.
—¿Listo, Scott?
—Sí, listo. Estoy listo.
—Tranquilo, Scotty, respira —dijo Danny en voz baja mientras observaba cómo el hombre del maletín de cuero se detenía a unos metros de él, consultaba el reloj y miraba a su alrededor. Era evidente que esperaba a alguien. Danny se acercó con naturalidad y se puso a su lado.
Glass se volvió y se alejó de la mezquita para subir por la calle.
Vio venir hacia él al sospechoso. Tenía la complexión adecuada, y la falta de bronceado en los brazos y el cuello sugería que podía ser inglés.
Llevaba la cabeza inclinada hacia delante, de modo que la visera de la gorra impedía verle bien la cara.
—Jinksy, ¿tienes un tiro limpio sobre Pearson?
—Afirmativo, pero aún no se ha girado para poder identificarlo con certeza. Tú decides.
—Dispara a mi señal —dijo Glass, aferrando la pistola bajo la chaqueta mientras se acercaba a Simon.
—Dispara en tres, dos…
—Identificación negativa. Repito, identificación negativa. No es Pearson —dijo Jinksy apresuradamente.
Cuando apenas faltaban un par de metros, el hombre de la gorra blanca echó la cabeza hacia atrás y dejó ver que no era Simon. Glass aflojó la mano con la que empuñaba la pistola, pasó junto a él y, tras darse la vuelta, regresó a la plaza.
—Reaper, ¿alguna novedad sobre los objetivos o la persona que protegemos?
—Negativo, los objetivos no están a la vista y el contable no se ha presentado. El mensajero sigue ahí plantado, rascándose el culo y mirando el reloj.
Glass llegó a la parte alta de la plaza y se quedó completamente inmóvil. Recorrió toda la zona con la mirada en un barrido circular hasta volver al punto de partida.
—Nos la han jugado. Id al punto de reunión. Bulldozer, te toca.
—Recibido —respondieron Reaper y Jinksy.
—Voy para allá, jefe —dijo Bulldozer.
—¿Tienes un paquete para mí? —preguntó Danny, de pie junto al hombre del maletín.
—¿No eres el mensajero de siempre? —replicó este en un inglés sorprendentemente bueno. Danny sintió alivio al oír su respuesta: había dado con el hombre adecuado.
—Nuevo lugar de encuentro, nuevo mensajero —respondió Danny, echando una mirada despreocupada a la gente al otro lado de la fuente, en el centro de la plaza Kotzia, el nuevo lugar de encuentro.
Scott se lo había comunicado al contable el día anterior mediante un mensaje de texto en el que había suplantado el número de móvil de Xavier.
—Esto no me convence —dijo el contable, intentando alejarse.
Danny se le acercó, lo agarró del hombro y le apretó la pistola que llevaba en el bolsillo de la chaqueta contra la espalda.
—Vas a quedarte callado y a hacer exactamente lo que te diga, ¿entendido?
El contable, conmocionado, asintió despacio mientras temblaba de pies a cabeza.
—¿Llevas móvil?
—Sí.
—Sácalo y tíralo a la papelera que tienes a la izquierda —dijo Danny, mientras sus ojos recorrían la plaza, pendientes de los transeúntes—. Scott, trae el coche —añadió por el auricular mientras conducía al contable hacia la calle del lado oeste de la plaza.
—Voy para allá —respondió Scott. Simon salió entonces de su rincón y se dirigió hacia ellos, escrutando a la gente de la plaza en busca de algún hombre de Xavier.
Cuando Scott se detuvo junto a ellos, Simon abrió la puerta trasera para que Danny metiera al contable en el coche y subiera a su lado. Luego cerró la puerta, echó una rápida ojeada alrededor y ocupó el asiento del copiloto.
—Vamos, Scott, conduce. Y tú, ¿cómo te llamas? —preguntó Danny con tono amenazador mientras sacaba la pistola del bolsillo y se la clavaba al contable en el costado.
—Noah, Noah Pichier. Por favor, no me hagáis daño. Quedaos con el dinero, es vuestro. Quinientos mil euros. Cogedlos y dejadme marchar —suplicó.
—No hemos venido por el dinero. ¿Dónde guardas todos los archivos de las cuentas, los documentos? ¿Dónde están? —gruñó Danny, acercando la cara a pocos centímetros de la del hombre aterrorizado.
—En el despacho de mi casa —soltó Noah.
—La dirección. ¿Cuál es la dirección?
—Ploutarchou 32, Kolonaki.
—¿Lo tienes? —preguntó Danny, volviéndose hacia Simon.
—Espera… Sí, lo tengo —respondió Simon, introduciendo la dirección en la aplicación de mapas del móvil para indicarle el camino a Scott.
—Bien. Gracias, Noah. Quédate quietecito y enseguida podrás irte —dijo Danny con una sonrisa.