La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) TREINTA Y CINCO
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TREINTA Y CINCO

— S í, ya te lo he dicho: aparte de estar como una ballena y tener que hacer pis cada veinte minutos, estoy bien. Solo quiero que vuelvas sano y salvo —dijo Nikki, sentada en la cama de Kirsty, en casa de Fergus.

—Esperemos que mañana salga todo bien. Entonces podremos volver a casa, entregárselo a la Agencia Nacional contra el Crimen y seguir con nuestras vidas.

—Ten cuidado. Y no me digas «Siempre tengo cuidado». Ten cuidado, por favor —dijo Nikki entre bostezos.

—Lo tendré. Duerme un poco. Te llamaré mañana —dijo Danny.

—Lo intentaré, si tu hija deja de bailarme claqué sobre la vejiga. Te quiero.

—Yo también te quiero. Te llamaré mañana.

Después de colgar, Nikki salió con sigilo hacia el baño.

Cuando terminó, bajó las escaleras de puntillas, procurando no hacer ruido, y fue a la cocina a beber un poco de agua.

Encendió la luz de debajo de los armarios, que bañó la estancia con un tenue resplandor, mientras cogía un vaso y abría el grifo.

—La encantadora Nichola Pearson, supongo —dijo una voz de acento inglés y pronunciación refinada.

Nikki soltó un grito de sorpresa y dejó caer el vaso de agua, que se hizo añicos con un fuerte estrépito contra el suelo de baldosas.

Un segundo después se oyó un golpe seco en la habitación de arriba, seguido de fuertes pisadas que bajaban a toda prisa por las escaleras y de los gritos de «¡Nikki!

» de Fergus. Este irrumpió en la cocina y esquivó por poco los cristales del suelo mientras apuntaba con su Glock 17 a la figura en penumbra de un hombre que permanecía sentado tranquilamente, con las piernas cruzadas, en la silla del rincón.

—Señor McKinsey, qué amable por su parte acompañarnos —dijo David mientras encendía la lámpara que tenía al lado.

—¿Quién coño eres? —gruñó Fergus con furia, sin apartar el arma de la cabeza de David.

—Disculpe la intromisión. No pretendía asustarla, Nichola. En realidad, no nos conocemos. Soy un viejo conocido de Daniel —dijo David con voz suave y serena, sin hacer caso de Fergus ni de la Glock que le apuntaba a la cabeza.

—Me llamo Nikki. ¿Y conocido de qué tipo? —exigió saber ella.

—Del tipo del que no se habla. Me llamo David Tremain, pero en otra vida me conocían como Howard.

—¿Howard? ¿El Howard del Departamento D? —preguntó Nikki, que conocía el nombre por las historias de Danny y Scott. Fergus también lo conocía: bajó el arma, la dejó sobre la encimera de la cocina y fue a buscar el recogedor para limpiar los cristales rotos.

—El mismo. Bien, ha llegado a mis oídos que nuestro país está amenazado por miembros de nuestro propio Gobierno y por una organización dirigida por un caballero llamado Xavier Jones.

Tengo entendido que su marido y su hermano, junto con Simon, el actual director del Departamento D, están en algún lugar de Chipre intentando detener al señor Jones.

Es una empresa que apoyo y en la que me gustaría mucho ayudar.

—Llegas un poco tarde. Salieron de Chipre rumbo a Grecia. Están en Atenas —respondió Nikki, tomando asiento ante la barra de la cocina para descansar los pies y aliviar el peso de la barriga.

—Señor McKinsey, ¿qué le parece si nos tomamos una buena taza de té? El mío, con leche y un terrón de azúcar. Sea tan amable. Después le contaré todo lo que sé y quizá usted pueda explicarme qué hacen en Atenas.

—¿Quieres también una galletita? —preguntó Fergus con sarcasmo.

—Sería espléndido —respondió David. Una leve sonrisa asomó a su rostro al ver cuánto irritaba aquello a Fergus.

David esperó pacientemente a que Fergus preparase el té y dejase la taza de golpe sobre la barra, seguida de un paquete de galletas Hobnobs.

Les transmitió lo que le habían contado Edward Jenkins y su contacto ruso, Vladislav.

Cuando terminó, Nikki le habló del plan para sacar a la luz la red de Xavier: dar con el contable que gestionaba el movimiento de su dinero entre las empresas pantalla y los bolsillos de las personas y los políticos que tenía comprados.

También le contó que pensaban regresar al Reino Unido para presentar las pruebas a Stewart Blackwell, de la Agencia Nacional contra el Crimen.

David escuchó sin interrumpirla y, cuando Nikki terminó, tardó un minuto en responder.

—Conozco a Stewart Blackwell. Es un buen hombre y tiene, sin duda, poder para combatir la corrupción dentro del Gobierno y la manipulación económica de Xavier Jones.

Permítanme que sea yo quien contacte con él y consiga una dirección de correo electrónico segura para ellos.

Scott puede emplear sus habilidades para copiar la documentación necesaria y enviársela directamente a Stewart Blackwell.

Cuanto antes pueda actuar con esa información y poner fin a todo esto, antes estaremos todos a salvo.

—Por mí, perfecto —dijo Nikki, acariciándose la barriga.

—Bien. En ese caso, cuídense, señora Pearson, señor McKinsey. Ha sido un placer conocerlos a ambos. Y ahora les deseo buenas noches —dijo David, levantándose.

—¿No quieres mi número para enviarme la dirección de correo electrónico segura de Stewart Blackwell? —preguntó Nikki cuando David se dirigía a la puerta.

—No hace falta, ya lo tengo. Me pondré en contacto con usted —dijo David por encima del hombro mientras salía por la puerta principal.