La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) TREINTA Y CUATRO
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TREINTA Y CUATRO

— G eneral, ¿qué era tan importante como para hacerme cruzar otra vez la ciudad en plena hora punta?

—refunfuñó Martin Crimble. El agente de seguridad que lo había acompañado hasta la zona restringida del general Hadden en el edificio del Ministerio de Defensa, en Whitehall, saludó al general antes de dejar a Crimble a su cargo.

—David Tremain. Eso era —espetó el general.

—¿David Tremain? ¿Y qué pinta en todo esto ese viejo idiota jubilado?

—Hace dos noches, el equipo que vigilaba a Peter Roberts lo siguió hasta el Britannia Gentlemen’s Club, cerca de Westminster, donde se reunió con ese viejo idiota jubilado tuyo, Tremain.

No sabemos de qué hablaron, pero, teniendo en cuenta que el siguiente paso de Tremain fue reunirse en secreto con Vladislav Kamen, ministro consejero de la embajada rusa, para hablar de la implicación de la corporación en media docena de colapsos económicos a lo largo de casi treinta años, creo que podemos dar por hecho que se reunió con Roberts para hablar de lo que sabe sobre la situación actual y la desaparición de su amigo periodista.

—¿Estás seguro? ¿Cómo sabemos lo que le dijo al ruso?

—Puse a dos equipos a vigilarlo. Grabamos toda la conversación con un micrófono de largo alcance.

—Pero ¿qué puede hacer? No es más que un viejo jubilado. ¿Tiene alguna prueba? ¿Y Xavier? ¿Él…?

—¿Él qué, Martin? ¿Si lo sabe? Sí, lo sabe —dijo Xavier a su espalda.

—¡Xavier, qué sorpresa! No te esperaba hasta el viernes —balbuceó Crimble.

—Pues las circunstancias me han obligado a cambiar de planes.

Para ser exactos, dos hombres que trabajan para Simon estaban en mi barco.

¿Te acuerdas de Simon? El hombre del que se suponía que ibas a encargarte.

¡Estaban en Chipre, en mi puto barco, Martin!

—gritó Xavier. La sala quedó en silencio un segundo, antes de que el personal del general volviera al trabajo.

—Eh, sí, debo admitir que Simon ha resultado más problemático de lo previsto. General, ¿podemos enviar un equipo a Chipre para que se encargue de ellos? —dijo Crimble, con la esperanza de que el general lo sacara de la línea de fuego.

—Simon y sus socios ya no son asunto tuyo. Me he ocupado personalmente. Dentro de dos horas dejarán de ser un problema. Quien sí es asunto tuyo, y mucho, es David Tremain. ¿Quién es y qué estás haciendo al respecto?

—No es nadie, solo un exdiputado que mete las narices donde no le llaman. Nos ocuparemos de él, ¿verdad, general? —dijo Crimble, lanzándole al general una mirada suplicante para que lo sacara del atolladero.

—Tremain es un problema. Antes de ser nombrado ministro de Defensa, dirigió el Departamento D con el nombre en clave de Howard. Ahora trabaja por su cuenta, pero es listo y tiene buenos contactos —le dijo el general a Xavier, sin hacer caso a Crimble.

—¿Ah, sí? Pues a mí no me parece ningún viejo idiota jubilado. ¿Dónde está, general?

—Estamos intentando localizarlo. Después de que ayer nos diera esquinazo en Hyde Park, le colocamos un localizador en el coche.

Salió temprano esta mañana. Lo seguimos hasta Stratford, donde entró en el aparcamiento del centro comercial Westfield.

Cuando llegamos, ya había aparcado y se había marchado dejando el teléfono dentro, así que no pudimos seguirle el rastro.

Tengo un equipo vigilando el coche a la espera de que vuelva, y he accedido al sistema de reconocimiento facial del edificio del SIS para localizarlo.

—Bien. Encuéntralo y elimínalo. No puedo permitir que nada ponga en peligro lo del viernes.

—Dalo por hecho —dijo el general, mientras Crimble permanecía a un lado sin saber qué hacer.

—Estupendo. Parece que lo tenéis todo controlado. Pues no os entretengo más —dijo Crimble, acercándose poco a poco a la salida.

—No tan deprisa, Martin. Aún tengo trabajo para ti. Vienes conmigo. Gracias, general. Mantenme informado.

—Así lo haré —dijo el general, haciendo una seña a uno de sus hombres para que se acercara—. Peterson, ¿puedes acompañar a estos caballeros a la salida?