La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) TREINTA Y TRES
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TREINTA Y TRES

— T oma, bebe esto —dijo Danny. Incorporó a Pavlos y lo apoyó contra la pared del camarote antes de sacarle de la boca la mordaza improvisada.

Pavlos lo fulminó con la mirada mientras abría la boca para beber de la botella de agua que Danny le acercaba a los labios.

—Así, muy bien. No queremos que te deshidrates, ¿verdad? —dijo Danny con una sonrisa, mientras Pavlos forcejeaba contra las tiras de sábana con que le habían atado las manos y los pies.

—Si vas a matarme, hazlo de una vez. Acabemos con esto —escupió Pavlos.

—No tengas tanta prisa por morirte, Pavlos, viejo amigo.

Atracamos dentro de una hora. Solo tienes que sacarnos del ferri en el coche y podrás irte.

¿Entiendes lo que te digo? —dijo Danny. Le rodeó el cuello con una mano para mantenerlo contra la pared mientras hablaba, con la cara amenazadoramente cerca de la suya.

Con la mano de Danny apretándole la garganta, Pavlos apenas podía hablar, pero logró asentir levemente.

—Bien. Ahora quédate ahí sentado y tranquilo hasta que llegue el momento de irnos —dijo Danny. Le agarró las mejillas para abrirle la boca y volvió a meterle la mordaza.

Dejó a Pavlos sentado contra la pared y se dirigió al otro extremo del camarote, donde Scott y Simon estaban sentados en las literas.

—¿Crees que es buena idea? ¿Y si ese fulano decide salir corriendo y avisar a las autoridades? —preguntó Scott, inquieto por la mirada con que Pavlos lo fulminaba desde el otro lado del camarote.

—¿Y qué les va a contar? «Esos hombres tan malos me dieron una paliza cuando mis amigos delincuentes y yo intentamos matarlos». No, se portará bien.

—¿No podemos dejarlo atado aquí y marcharnos? —preguntó Scott.

—Me temo que Danny tiene razón, Scott. Si queremos interceptar al contable y volver a Gran Bretaña, necesitaremos armas.

Y no podemos sacarlas del ferri como pasajeros a pie.

Los detectores de metales y los escáneres de equipaje las encontrarían al pasar el control de seguridad —dijo Simon, respondiendo por Danny.

—¿Y por qué no salimos en el coche sin él?

—El coche lleva matrícula chipriota y no hablamos griego. Imagínate tener que explicar por qué tres ingleses van en un coche de Chipre que no es suyo y en el que llevan escondidas tres pistolas —respondió Danny.

—Mmm, vale, pero no me gusta.

—A mí tampoco, Scotty, pero es nuestra mejor opción —dijo Danny, dedicándole una sonrisa poco tranquilizadora.

—Es hora de dejar el camarote —dijo Simon tras mirar el reloj.

—Esperaremos hasta que vengan a llamar. Si nos quedamos hasta que abran la cubierta de vehículos para que los pasajeros vuelvan a sus coches, podremos bajarlo directamente entre la multitud —dijo Danny.

Sacó la pistola y se acercó a Pavlos—. Voy a desatarte.

Si intentas joderme, se acabó el trato. Te pego un tiro aquí mismo. ¿Entendido?

Pavlos asintió despacio. La mirada de Danny no le dejaba ninguna duda de que hablaba en serio.

Danny dejó la pistola a mano, levantó a Pavlos del suelo y lo sentó en la litera.

Le quitó la mordaza y le desató los tobillos; después volvió a coger la pistola y se la apoyó en la sien amoratada mientras le desataba las muñecas con la otra mano.

Luego retrocedió. Diez minutos más tarde llamaron a la puerta y oyeron a un empleado del ferri que recorría el pasillo gritando que desalojaran el camarote.

—Vamos. Coge mi bolsa, Simon. Yo me encargo de él —dijo Danny. Se echó una chaqueta sobre el brazo y la pistola antes de sacar a Pavlos del camarote, con el arma oculta apretándole la parte baja de la espalda.

Después de que Scott entregara la llave en recepción, los cuatro bajaron y esperaron entre los pasajeros que hacían cola para volver a sus vehículos hasta que los empleados del ferri retiraron la cadena y los dejaron entrar en la cubierta de vehículos, donde los esperaban sus coches.

—¿Dónde está el coche? —preguntó Danny en voz baja, detrás de Pavlos.

—Al otro lado, junto a la rampa.

—Vale, andando. Despacio.

Avanzaron hacia la parte trasera del barco. Scott y Simon procuraban caminar a ambos lados de Danny y Pavlos para evitar que algún curioso reparase en Danny mientras hacía avanzar a su rehén. Al llegar al Volvo, Danny abrió la puerta del conductor y empujó a Pavlos al interior.

—Quédate sentado y no te muevas. Vigiladlo mientras meto las cosas en el maletero —dijo Danny. Le pasó a Simon la chaqueta con la pistola oculta debajo, cogió las bolsas y abrió el maletero.

Tras echar un vistazo alrededor, Danny levantó la tapa enmoquetada del compartimento de la rueda de repuesto, sacó las dos pistolas de su bolsa y las escondió debajo de la rueda.

Volvió a colocar la tapa, puso las bolsas encima, cerró el maletero y se sentó en el asiento del copiloto.

Desde el asiento trasero, junto a Scott, Simon apretó el cañón de la pistola oculta bajo la chaqueta contra el respaldo del asiento de Pavlos, con la fuerza justa para que este lo notara como un recordatorio constante de que debía portarse bien.

La siguiente media hora transcurrió con una lentitud exasperante.

El prolongado silencio hizo que aumentara la tensión dentro del coche.

Estuvieron a punto de suspirar de alivio cuando descendió la rampa hidráulica y la luz del sol vespertino se coló por la abertura cada vez mayor.

—Recuerda que, si nos paran, estarás tan metido en el lío como nosotros. ¿Entendido?

—Sí, lo sé. Os sacaré del puerto —respondió Pavlos entre dientes.

En cuanto bajó la rampa, Danny le dio las llaves a Pavlos.

Este arrancó el coche y bajó marcha atrás por la rampa; luego, siguiendo las indicaciones del personal del puerto, giró y condujo hacia la fila de barreras y casetas del control de pasaportes por el que había que pasar antes de salir.

Pavlos se detuvo junto a la ventanilla abierta de una caseta, donde un agente de inmigración les pidió los pasaportes.

Se los pasaron a Pavlos, que se los entregó al agente.

Este los examinó uno por uno, tomándose su tiempo para comparar cada fotografía con cada uno de los hombres que iban en el coche.

—¿Por qué tarda tanto? —preguntó Scott, nervioso.

—Tranquilo, Scott —respondió Danny por lo bajo.

El agente siguió pasando los pasaportes y volvió la cabeza para decirle algo a un compañero que estaba detrás de él.

—Dios mío. Ya está, estamos perdidos —dijo Scott, presa del pánico.

—Contrólate, Scott —respondió Danny entre dientes.

El segundo hombre cogió los pasaportes, los examinó uno por uno y miró a los cuatro ocupantes del coche. Por fin se los devolvió al primer agente, que los selló y se los entregó a Pavlos por la ventanilla.

—Bienvenidos a Grecia —dijo antes de pulsar el botón para levantar la barrera y dejar pasar a Pavlos.

Una vez fuera del puerto, Danny fue guiando a Pavlos por varias calles secundarias hasta que encontró un lugar tranquilo junto a un callejón entre un edificio destartalado y un almacén abandonado.

—Para aquí.

Danny alargó el brazo por detrás del asiento de Pavlos, le cogió la pistola a Simon y salió del coche. Miró a ambos lados de la calle y rodeó el vehículo hasta llegar a la puerta del conductor.

—Fuera —gruñó mientras abría la puerta.

Pavlos obedeció, cada vez más nervioso mientras Danny lo conducía por el callejón.

—No irá a matarlo, ¿verdad? —preguntó Scott.

—No lo sé —respondió Simon sin asomo de emoción.

Cuando ya estaban bien lejos de cualquier mirada, Danny detuvo a Pavlos, lo empujó contra la pared y le dio la vuelta para ponerlo frente a él, apuntándole a la frente con la pistola.

—Por favor, no me mates. Desapareceré y no volverás a verme —dijo Pavlos. Ante la perspectiva de que lo asesinaran, toda su dureza y bravuconería se habían esfumado.

Danny metió la mano libre en el bolsillo, sacó un pequeño fajo de billetes y se lo guardó a Pavlos en el bolsillo de la camisa.

—Tú has cumplido tu parte y yo cumplo mi palabra. Coge esto, compra un billete y sube a ese ferri de vuelta a Chipre. ¿Me entiendes? —dijo Danny, retrocediendo un paso.

—Sí, entiendo. De vuelta al ferri, sí —dijo Pavlos. El alivio le hizo temblar el cuerpo.

Danny retrocedió unos pasos sin perder de vista a Pavlos; luego se dio la vuelta y se alejó. Al llegar al coche, se sentó al volante y arrancó sin decir una palabra.

—Oye, amigo mío, no habrás… ya sabes, matado a ese hombre, ¿verdad? —preguntó Scott, temiendo lo peor.

—No soy un asesino a sangre fría, Scott. Lo he dejado marchar.

—Ah, sí, claro. Perdona. ¿No le dirá a Xavier dónde estamos?

—Nos siguieron hasta el ferri, Scott. Xavier ya sabe dónde estamos. Más nos vale que tu plan para mañana salga bien, tío.

—Sí, desde luego. ¿Buscamos un hotel? Me vendría bien asearme y tomar una copa.

—Lo siento, Scott. Simon y yo tenemos que echarle un vistazo al lugar de encuentro de mañana antes de que anochezca.

—Vale, pero después elijo yo el hotel.

—Trato hecho, tío.