La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) TREINTA Y DOS
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TREINTA Y DOS

T ras un viaje en tren hasta la capital y un breve trayecto en metro, David Tremain atravesó Hyde Park a paso ligero por el sendero que bordeaba el lago.

Al llegar a un banco cercano al extremo norte, se sentó junto a un hombre de su misma edad, vestido con un traje gris y con la cara oculta tras un ejemplar del Financial Times.

David cruzó las piernas, se recostó y se quitó una pelusa del pantalón mientras contemplaba, al otro lado del lago, el jardín conmemorativo de la princesa Diana.

—El parque sigue igual —dijo David por fin.

—Salvo por el jardín conmemorativo —respondió el hombre. Bajó el periódico y lo dobló.

—Sí, fue una lástima. Diana me caía bien.

—No me culpes. Nosotros no tuvimos nada que ver.

—No, esa fue una de las pocas cosas de las que no tuvisteis la culpa. ¿Cómo te ha ido, Vladislav? —preguntó David con una sonrisa afectuosa.

—Me aburro, amigo mío. Me tienen todo el día moviendo papeles. Echo de menos los viejos tiempos del KGB. El espionaje iba de personas y de lo que sabían. Ahora todo son análisis de datos y esa infernal inteligencia artificial. ¿Y tú?

—A veces lo echo de menos. Otras, no tanto.

—Entonces, ¿qué hacemos sentados en un banco en medio de Hyde Park? —preguntó Vladislav, con un destello de emoción en los ojos.

—Bueno, imagino que, si me presentara en la embajada rusa para charlar, levantaría alguna que otra ceja. Así que aquí estamos —dijo David, con su habitual voz serena y afable.

—¿Y de qué iría esa charla?

—¿Está Rusia conspirando para hacerse con el control económico del Reino Unido?

Vladislav miró a David con cautela y se tomó un momento para sopesar la respuesta.

—Con los problemas económicos que tenemos en casa y la guerra de Ucrania, Rusia no podría permitirse hacerse con el control económico de nadie, aunque quisiera. Ni siquiera consigo que arreglen el aire acondicionado de mi despacho.

—¿Sabes quién está detrás?

—Llevamos vigilando situaciones como esta desde la crisis financiera rusa de 1998, cuando Rusia pasó de una economía planificada a una de mercado.

El Kremlin estaba desesperado por atraer inversiones, y lo consiguió a un precio muy alto: cedió enormes cantidades de activos estatales en oro, petróleo, carbón y demás.

Los inversores inflaron los precios, el rublo se desplomó y la inflación alcanzó el ochenta por ciento.

—¿Qué tiene que ver eso con lo que ocurre ahora? —preguntó David, incapaz de ver la relación.

—Furioso y humillado porque se hubieran aprovechado así de la madre patria, Boris Yeltsin nos ordenó encontrar a los inversores responsables.

Durante la investigación descubrimos que el mismo grupo de personas estaba detrás de la crisis financiera asiática de 1997 y de la gran depresión argentina de 1999, desencadenada por el hundimiento de su sistema bancario.

El cerebro de aquellas crisis económicas era un magnate del petróleo llamado Tobias Jones.

Murió cuando su avión privado sufrió una avería y se estrelló en enero de 2000 —dijo Vladislav con una mirada que no dejó a David ninguna duda de que el Kremlin lo había mandado matar.

—Si está muerto, ¿qué tiene que ver con lo que está pasando ahora?

—El Kremlin nunca olvida. Cuando Wall Street se desplomó en 2007, seguido de la crisis financiera de Islandia en 2008 y del hundimiento de Grecia en 2010, nos pidieron que investigáramos, y eso hicimos.

A primera vista, todos parecen sucesos sin nada sospechoso, provocados por una serie de fuerzas económicas que coincidieron en el momento preciso para desencadenar un crac financiero devastador.

La organización detrás de esos sucesos era mucho más sofisticada que la que provocó la crisis financiera rusa de 1998.

No conozco a todos los implicados, pero hay un nombre que aparece una y otra vez en medio del caos: Xavier Jones. Y últimamente lo oigo bastante.

—No me digas: ¿pariente de Tobias Jones?

—Su hijo.

—Ah, siguiendo los pasos de papá. ¿Qué interés tiene Rusia ahora en Jones?

—Uno puramente financiero. El padre ha muerto, y Yeltsin también. El hijo no le ha hecho nada a Rusia, y a Putin solo le interesa predecir dónde atacará Jones la próxima vez para comprar acciones con dinero de las reservas de oro rusas cuando se desplome el mercado y venderlas cuando se recupere.

—Qué capitalista por su parte —dijo David con una sonrisa irónica.

—Es la nueva Rusia, amigo mío. Cada cual va a lo suyo.

—Gracias, Vladislav. Te debo una.

—No, amigo mío. Esto es por los viejos tiempos —dijo Vladislav con una sonrisa cansada.

—Por los viejos tiempos —repitió David, devolviéndole la sonrisa y tendiéndole la mano.

Vladislav se la estrechó con afecto antes de desplegar el periódico y alzarlo para leer mientras David se levantaba y se alejaba. Treinta segundos después, Vladislav dobló el periódico, se lo colocó bajo el brazo y se marchó en dirección contraria.

En un rincón del aparcamiento del Serpentine, junto a la fuente conmemorativa de la princesa de Gales, un hombre observaba desde la ventanilla de un coche, con unos potentes prismáticos, el banco situado al otro lado del lago mientras David y Vladislav se alejaban.

Su compañero, sentado a su lado, escuchaba de nuevo la conversación captada por un micrófono parabólico de largo alcance.

Se quitó los auriculares, cerró el portátil y dejó el equipo en el asiento de atrás.

—¿Lo has grabado todo? —preguntó su compañero, que seguía con los prismáticos.

—Hay mucho ruido de fondo en el parque, pero se distingue lo que dicen. Los técnicos deberían poder limpiarlo.

—Volvamos a la base con esto. El general quería un informe cuanto antes. Dile a Harris que tome el relevo.

—De acuerdo. KRT2 a KRT1, responde, Harris.

—Adelante, KRT2.

—Volvemos a la base. El sospechoso queda a vuestro cargo.

—Recibido, KRT2. El sospechoso está en movimiento. Mantenemos contacto visual.

Arrancaron el motor, subieron las ventanillas de cristales tintados y sacaron del aparcamiento el Range Rover Sport oficial.

David se detuvo como si quisiera contemplar el lago y observó de reojo cómo el coche salía del aparcamiento y se alejaba. Siguió caminando por el parque, sacó del bolsillo un móvil de prepago y marcó un número.

—Edward, soy David. ¿Puedes escabullirte? Necesito hablar contigo. Esto tiene más ramificaciones de las que pensábamos.

—¿Dónde estás?

—En Hyde Park.

—Puedo estar allí en veinte minutos.

David tardó un momento en responder. Buscó con la mirada en el reflejo del escaparate de la cafetería situada al final del lago y distinguió sin dificultad a los dos hombres que lo seguían a unos diez metros, caminando separados para parecer simples paseantes.

—Aquí no. Nos vemos en St James’s Park, junto al Blue Bridge.

—De acuerdo —respondió Edward. Los dos colgaron en cuanto terminó de hablar.