TREINTA Y UNO
G lass estaba sentado en la sala de llegadas del Aeropuerto Internacional de Atenas, en el mismo asiento, en la misma posición en la que llevaba sentado las dos últimas horas.
Alzaba la vista de vez en cuando para comprobar las horas de llegada actuales y previstas en la gran pantalla de información sobre su cabeza.
Veinte minutos después, el vuelo procedente del aeropuerto londinense de Heathrow aterrizó, ocho minutos antes de la hora prevista.
Glass siguió sentado, contando mentalmente los minutos necesarios para que acercaran las escalerillas al avión, los pasajeros desembarcaran y pasaran el control de pasaportes antes de recoger sus maletas del carrusel.
Treinta y cinco minutos después, alzó la vista al ver salir por la puerta a los primeros pasajeros hacia la sala de llegadas.
Se levantó y avanzó hasta el pasillo entre las zonas de asientos, con el gesto neutro mientras tres hombres salían por la puerta.
Dos de ellos, altos y de musculatura atlética, caminaban a ambos lados de una mole de hombre; los tres compartían las mismas expresiones intensas y los mismos ademanes, ojos afilados y alerta de depredador y movimientos controlados, listos para reaccionar si la situación lo requería.
Fueron directos hacia Glass y se detuvieron formando una línea frente a él.
Sus expresiones cambiaron al unísono cuando se les dibujó una sonrisa.
—Me alegro de verte, patrón —dijo el más alto de los tres; los dos hombres se abrazaron brevemente, se dieron unas palmadas en la espalda y luego se separaron.
—Yo también, Jinksy. Bulldozer, Reaper —dijo Glass, estrechando la mano de los otros dos hombres con un apretón férreo mientras les daba una palmada en el hombro.
Bulldozer y Reaper asintieron, y los años transcurridos desde que los cuatro habían dejado el Special Boat Service de la Royal Navy se desvanecieron al instante y volvieron a ser la misma unidad de siempre.
Glass se dio la vuelta y los cuatro empezaron a salir de la terminal.
Glass consultó el móvil mientras se dirigían al aparcamiento.
—Kit llegará en treinta minutos —dijo por encima del hombro; los otros tres le oyeron y sabían que no hacía falta responder.
Llegaron a una furgoneta plateada Fiat Ducato con el nombre de una empresa, un número de teléfono y dibujos de aparatos de aire acondicionado rotulados en el lateral.
Glass la abrió con el mando y abrió la puerta delantera del acompañante para Jinksy y Reaper; echó un vistazo alrededor antes de deslizar la puerta lateral para que pudieran tirar dentro sus bolsas.
—Tú vas a tener que ir atrás —dijo Glass a Bulldozer, después de que Jinksy y Reaper se subieran de un salto delante y ocuparan los dos asientos del acompañante.
—¿Por qué me toca a mí siempre? —protestó Bulldozer, y la suspensión de la furgoneta se hundió cuando subió y se sentó en una caja de herramientas detrás del asiento del conductor.
—Te lo digo siempre: pierde algo de peso, colega, y entonces podrás sentarte delante —dijo Reaper, sonriendo por encima del respaldo del asiento del pasajero.
—Menuda jeta, si todo esto es músculo, cabrón flacucho —replicó Bulldozer, alzando el brazo para marcar un bíceps descomunal.
—Cortad el rollo, vosotros dos —ordenó Glass, saliendo del aparcamiento.
Mientras se volvía hacia delante, Reaper vio al dueño de la furgoneta tendido junto a la puerta trasera, con el cuello doblado en un ángulo antinatural, los ojos bien abiertos y una expresión de terror congelada en la cara.
Alzó una ceja hacia Bulldozer, que se limitó a encogerse de hombros.
Los dos se volvieron hacia delante sin molestarse en comentarlo.
—Entonces, ¿cuál es el trabajo, patrón? —dijo Jinksy una vez que hubieron salido del aeropuerto.
—Una eliminación, tres objetivos: uno principal, dos secundarios, y una persona a la que hay que proteger a toda costa. Hora, quince cero cero de mañana. Lugar, plaza Monastiraki, delante de la iglesia de la Virgen María.
—Es un sitio muy público, patrón, va a haber un montón de civiles dando vueltas —dijo Reaper.
—Por eso tú y Jinksy estaréis en las azoteas con fusiles de francotirador SVD Dragunov.
Tiros limpios: elimináis a los objetivos y dejáis los fusiles y los casquillos vacíos in situ para que las autoridades los encuentren.
Le vamos a echar este muerto a los rusos.
En cuanto disparéis, Bulldozer y yo entraremos con la furgoneta en la plaza, remataremos a cualquier objetivo que siga con vida y nos llevaremos a la persona que protegemos.
En total no deberíamos tardar más de noventa segundos de principio a fin.
Para cuando averigüen qué ha pasado, nosotros ya estaremos muy lejos.