TREINTA
—¿ C uánto crees que deberíamos esperar antes de ir a buscarlo? —preguntó Scott, mientras el tiempo parecía no pasar dentro del camarote.
—Por experiencia, si Daniel dice que lo esperemos aquí, seguramente sea lo mejor —respondió Simon.
—Mmm, supongo que sí —repuso Scott, mirando el móvil por costumbre, aunque sabía que en alta mar no había cobertura—. Y ¿cómo llegaste a dirigir el Departamento D?
—Empecé en el ejército antes de que me seleccionaran para el Cuerpo de Inteligencia. Fui ascendiendo y Howard me ofreció un puesto en el Departamento D. El resto es historia.
—Ah, ya. ¿Quieres saber algo de mí? —preguntó Scott, intentando sacar algún tema de conversación para pasar el rato.
Simon se limitó a mirar a Scott y arquear una ceja.
—Ah, sí, claro. Inteligencia, por supuesto —respondió Scott. Un silencio incómodo se apoderó del camarote, roto al instante por tres golpes en la puerta.
—Genial, ha vuelto.
—Espera —dijo Simon. Se levantó de la litera y se interpuso en el camino de Scott, que se dirigía a la puerta—. No ha dado los otros dos golpes —añadió, llevándose un dedo a los labios antes de coger la pistola de la litera y apuntar al centro de la puerta.
Volvieron a llamar.
—Mantenimiento. Disculpe, señor, tenemos un problema con los camarotes de esta cubierta. ¿Podría acercarse a la puerta, por favor?
Simon apretó la pistola con más fuerza y empezó a ejercer presión sobre el gatillo.
—Espera, ¿y si es de mantenimiento? No puedes matar a un inocente —susurró Scott.
Simon permaneció completamente inmóvil, con la mira fija en el centro de la puerta, a la altura del torso de quien estuviera al otro lado. La tensión en el reducido camarote crecía por momentos.
—¿Qué quiere? —gritó Simon al fin sin dejar de apuntar a la puerta.
—Lo siento, señor, hay un problema con el sistema de ventilación. Solo necesito que salga del camarote mientras lo arreglo. No tardaré mucho.
—¿Ves? No pasa nada —dijo Scott.
Simon no se movió. Se tomó su tiempo para pensar qué responder.
—De acuerdo, deme un minuto —respondió al fin.
Siguió inmóvil, convencido de que, si se trataba de los hombres del hotel, la espera acabaría obligándolos a entrar.
—Gracias, señor —llegó una respuesta cortés.
Simon se relajó por fin, bajó la pistola y se la metió por detrás de la cintura del pantalón, fuera de la vista.
Se acercó despacio a la puerta y alargó la mano hacia el cierre.
En cuanto sus dedos tocaron el metal, se oyeron un chasquido, un golpe seco y un gemido, seguidos de un golpe contra la puerta.
Simon dio un salto atrás y sacó la pistola para apuntar al centro de la puerta.
Empezó a apretar el gatillo, pero se detuvo justo antes de disparar al oír tres golpes, una pausa y luego otros dos.
Bajó el arma y abrió. Danny estaba de pie junto a Pavlos, inconsciente en el suelo.
En la cara de Pavlos destacaba una marca roja e inflamada con la forma de la pistola de Theo, con la que Danny lo había golpeado de plano.
—Una ayudita, chicos, cuando queráis —dijo Danny. Recogió del suelo la pistola de Pavlos y se la dio a Scott; después agarró a Pavlos por debajo de los brazos y lo arrastró al camarote.
—Scott, cierra la puerta antes de que nos vea alguien.
—Sí, claro —respondió Scott, apresurándose a pasar junto a ellos para cerrar la puerta.
—Tienes sangre en la camisa. ¿Estás herido?
—¿Qué? Ah, no, me he topado con su compañero —dijo Danny, mirando primero a Simon y luego la parte delantera de su camisa.
—¿Sigue ahí fuera?
—No, se ha ido a nadar. Este era el último.
—Bueno, ¿qué vamos a hacer con él? —preguntó Scott, sobresaltándose cuando Pavlos soltó un gemido sordo.
Danny descargó el puño contra la sien de Pavlos con un golpe seco que volvió a dejarlo sin conocimiento.
—Perdona, Scott, pero mientras estaba ahí fuera salvándonos el culo no he tenido mucho tiempo para darle vueltas a ese pequeño dilema —dijo Danny, sacudiendo la mano para aliviar el escozor de los nudillos.
—Perdón por preguntar —refunfuñó Scott.
—No, no, perdona tú, Scott. Menudo día llevo, tío —dijo Danny. Se sentó en la litera y dejó escapar un largo suspiro.
—Mmm, disculpas aceptadas, pero la pregunta sigue en pie: ¿qué vamos a hacer con él?
—No lo… —empezó a responder Danny, pero se interrumpió al notar en el bolsillo las llaves del Volvo que le había quitado antes a Aias.
Metió la mano y las sacó. Mientras las miraba, empezó a darle vueltas a una idea.
—Atadlo. Tengo una idea.