VEINTINUEVE
— O ye, amigo mío, tienes una pinta horrible. Llevabas siglos en el baño. Estaba a punto de mandar a alguien a buscarte. ¿Te ha sentado mal la comida de aquí? —dijo Scott al ver acercarse a Danny con su espesa mata de pelo ondulado toda revuelta y la camisa manchada de humedad y suciedad.
—La comida no, tío. La gente de aquí. Los hombres de la terminal del ferri están a bordo. Me he ocupado de uno, pero no sé dónde están los otros dos —respondió Danny. Se sentó y se inclinó hacia Scott y Simon para hablarles en voz baja.
—¿Y el cadáver? Lo último que nos conviene es que intervengan las autoridades —dijo Simon, mientras miraba más allá de la barra, hacia la zona de asientos, en busca de alguna señal de Pavlos y Theo.
—No te preocupes, me he ocupado del cadáver. Pasarán unos días antes de que empiece a oler.
—Uf, ¿qué hacemos? —preguntó Scott, arrugando la cara.
—Simon y tú volved al camarote y esperadme allí. Voy a encontrarlos antes de que ellos nos encuentren —dijo Danny. Su rostro adoptó una expresión de determinación, dura como el granito, que Scott ya le había visto muchas veces.
—Voy contigo —dijo Simon.
—No, tú quédate con Scott. No podré ocuparme de ellos si además tengo que estar pendiente de ti. Toma, coge esto. Si averiguan en qué camarote estamos, irán a por vosotros —dijo Danny. Sacó discretamente la pistola de los vaqueros y se la pasó a Simon por debajo de la mesa.
Simon la cogió y asintió.
—¿Y tú qué vas a usar? —preguntó Scott al ver fugazmente el arma.
—Lo último que necesitamos es un tiroteo en un ferri lleno de gente. Improvisaré —dijo Danny con una sonrisa sin mucho entusiasmo.
Los tres se levantaron y salieron pasando junto a la barra.
Danny se rezagó detrás de Scott y Simon y alargó la mano por encima de la barra para coger un cuchillo afilado de un plato lleno de limones cortados.
Al bajar el brazo, le dio la vuelta al cuchillo en la palma de la mano y deslizó la hoja hacia arriba hasta encajarla entre la correa del reloj y la muñeca.
—Ten cuidado —dijo Scott mientras él y Simon empezaban a subir por la escalera de proa hacia las cubiertas superiores.
—Como siempre, tío. Cuando vuelva, daré tres golpes, haré una pausa y luego daré otros dos. ¿Vale? Tres y después dos. Si oís cualquier otra cosa, disparad primero y preocupaos después. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Simon. Asintió a Danny antes de seguir a Scott escaleras arriba.
Danny se dio la vuelta y recorrió el pasillo hasta la zona de recepción.
Se detuvo al final, junto a la escalera curva, y se asomó un instante a la concurrida zona abierta del centro del barco.
Retiró la cabeza de golpe al ver a Theo a menos de tres metros, de espaldas a él frente al mostrador de recepción.
Volvió a adelantarse con cautela y se detuvo en cuanto pudo verlo con el ojo izquierdo.
Theo miró hacia el pasillo que llevaba a la proa y luego hacia el que conducía a la popa, indeciso, como si estuviera intentando elegir por dónde ir.
A Danny se le ocurrió que quizá buscaba a Aias, que había desaparecido.
Theo se decidió y tomó el pasillo del fondo, en dirección a la popa.
Danny salió y lo siguió, volviendo la cabeza cada pocos segundos para comprobar que Pavlos no aparecía por ninguna parte.
Avanzaron por un costado del barco, con la tienda libre de impuestos y otros comercios a un lado y el restaurante de autoservicio al fondo.
A mitad de camino, Danny vio que los hombros de Theo giraban al empezar a darse la vuelta.
Entró de inmediato en la tienda libre de impuestos y se colocó de espaldas a Theo, fingiendo mirar un expositor de gafas de sol.
En el reflejo de unas lentes espejadas vio que Theo echaba un vistazo atrás, pasillo abajo.
Cuando este volvió a girarse y cruzó las puertas que daban a la cubierta exterior, Danny salió de la tienda y lo siguió.
Se detuvo junto a las puertas y miró a través del cristal hacia la proa, pero no había ni rastro de él.
Giró la cabeza y alcanzó a ver a Theo dirigiéndose hacia la popa.
Danny salió tras él. Las nubes habían adelantado el anochecer y hacían que el mar pareciese negro como la tinta.
A medida que escaseaban los pasajeros que paseaban por cubierta, Danny aceleró para acortar la distancia que lo separaba de Theo.
Sacó el cuchillo de debajo de la correa del reloj mientras calculaba cuánto faltaba para llegar a las dos grandes salidas de ventilación que se alzaban ante él.
Se acercó a Theo por detrás cuando pasaban junto a la primera, le puso una mano en el hombro y alzó el cuchillo para clavárselo entre la tercera y la cuarta costilla, ejerciendo la presión justa para atravesar la piel.
—Haz un movimiento brusco y te lo hundo en el corazón. ¿Entiendes inglés? —gruñó Danny en voz baja mientras llevaba a Theo detrás de la salida de ventilación, fuera de la vista.
—Sí —respondió Theo por instinto, levantando los brazos.
—Baja los brazos y pon las manos en la barandilla —dijo Danny al llegar al borde de la cubierta, junto a la barandilla de seguridad—. ¿Cuántos sois a bordo? —añadió, presionando un poco más con el cuchillo para dejar claro quién tenía el control.
—¡Ah! Somos tres, nadie más.
—¿Dónde están?
—Aias, no lo sé, por alguna parte de la proa. Pavlos sabe cuál es vuestro camarote y va hacia allí —respondió Theo.
—Joder —murmuró Danny, volviendo la cabeza de golpe al oír unas voces que se acercaban desde el otro lado de la salida de ventilación.
Al notar que el cuchillo dejaba de presionarle las costillas, Theo lanzó el brazo hacia atrás y se dio la vuelta.
Apartó el cuchillo de un golpe y propinó una patada a Danny que lo hizo retroceder un par de pasos.
En el segundo que Danny tardó en plantar bien el pie en la cubierta y recuperar el equilibrio, Theo metió la mano en la chaqueta para sacar la pistola.
No había tiempo para pensar: tomaron el mando el instinto y los reflejos.
Danny se abalanzó sobre él, le agarró la muñeca y se la inmovilizó contra el torso, junto con la pistola, mientras lo empujaba contra la barandilla.
Antes de que Theo pudiera apartarlo, Danny le clavó el afilado cuchillo entre las costillas seis veces seguidas.
Luego pasó la mano al otro lado y volvió a apuñalarlo de revés.
La hoja le abrió agujeros en ambos pulmones y en las arterias próximas al corazón.
Theo solo pudo mirarlo con los ojos desorbitados por la conmoción mientras se le colapsaban los pulmones y se desangraba por dentro.
Con las voces cada vez más cerca, Danny lanzó el cuchillo por la borda, dio la vuelta a Theo y lo inclinó sobre la barandilla para evitar que se desplomara en la cubierta y hacer que pareciera que estaba vomitando al mar.
Danny miró atrás con aire despreocupado y vio aparecer entre las salidas de ventilación a un matrimonio con dos niños.
—Mareo —dijo. Le dio unas palmadas en la espalda a Theo como si estuviera consolando a un amigo, mientras con la otra mano seguía sujetándole la muñeca para evitar que la pistola escondida bajo la chaqueta cayera con estrépito a la cubierta.
La pareja le devolvió la sonrisa. El marido apremió a los niños para que siguieran andando por cubierta, pues no quería que parecieran maleducados por quedarse mirando demasiado tiempo.
En cuanto desaparecieron de la vista, Danny cogió la pistola y se la metió por la cintura de los vaqueros, tapándola con la camisa.
Volvió a mirar a lo largo de la cubierta para asegurarse de que no venía nadie y después se inclinó sobre la barandilla para observar el costado del barco.
—Vamos, apartaos. Eso es, largaos dentro, joder —murmuró. La espera hasta que unas personas situadas más adelante se apartaron de la barandilla se le hizo interminable.
En cuanto lo hicieron, Danny echó un rápido vistazo a las cubiertas superiores y a la popa.
No era lo ideal, pero tendría que arriesgarse.
No podía permitir que descubrieran el cadáver a bordo y que las autoridades inmovilizaran el barco al llegar a Grecia.
Se agachó y levantó las piernas de Theo hasta que la gravedad lo hizo caer por encima de la barandilla, hacia la estela espumosa que quedaba abajo.
Esperó unos segundos, mirando a uno y otro extremo del barco, casi convencido de que oiría un grito, una voz de alarma o una sirena.
Pero no oyó nada, salvo el retumbar de los motores del barco.
En la cubierta solo quedaba una pequeña mancha de sangre.
Como si alguien hubiera accionado un interruptor, Danny echó a correr hacia las puertas.
Las palabras de Theo, «Pavlos sabe cuál es vuestro camarote y va hacia allí», le resonaban en la cabeza.