VEINTIOCHO
— H emos recorrido todo el barco. Tienen que estar en algún camarote —dijo Aias.
—El viaje es largo. En algún momento tendrán que salir a comer o beber.
Aias, siéntate delante y vigila a cualquiera que entre en el bar.
Theo, tú encárgate del restaurante. Yo voy a echar un vistazo por las cubiertas exteriores y luego intentaré sacarle a la mujer de recepción alguna información sobre los camarotes —dijo Pavlos.
Los tres se separaron y tomaron direcciones distintas.
Aias atravesó la zona de recepción, pasó junto a la escalera curva y siguió por el pasillo que conducía a la proa.
Al sortear a varios pasajeros para entrar en él, vio de refilón a Danny meterse en los aseos al fondo del pasillo.
Aias vaciló un instante, indeciso entre avisar a Pavlos y Theo o encargarse él mismo.
Todavía le resonaba en los oídos la promesa de Christos de pagar una buena prima por matar a cualquiera de los ingleses.
Sacó la pistola de la parte trasera del pantalón y la mantuvo oculta bajo la chaqueta mientras se acercaba al aseo de hombres.
Frente a los urinarios, Danny oyó abrirse la puerta a su espalda.
Por el hueco le llegaron los sonidos de la gente que se movía por el pasillo.
La puerta se cerró y el aseo volvió a quedar en silencio, salvo por el zumbido tenue de un extractor, el goteo de las tuberías de los urinarios y los pasos del hombre que acababa de entrar.
A Danny se le erizó el vello de la nuca y un escalofrío le recorrió la espalda.
Notaba al hombre detrás de él, junto a los lavabos, pero no oía correr el agua ni lo sentía acercarse a los urinarios o a los retretes.
Su respiración no era normal: bocanadas cortas y rápidas, propias de alguien cargado de adrenalina.
Danny no reaccionó. Se subió la cremallera del pantalón y pulsó el botón de descarga que tenía delante.
Al girarse, bajó el brazo y recogió del fondo del urinario los bloques azules de limpieza, junto con un puñado de agua de la descarga.
Aceleró el giro y lanzó el brazo hacia delante, arrojando los bloques y el agua a la cara de Aias.
La rapidez del ataque y la sorpresa lo pillaron desprevenido.
Retrocedió contra los lavabos y alzó instintivamente las manos, con la pistola, para protegerse la cara.
Danny aprovechó para abalanzarse sobre él y aferrar el cañón del arma.
Lo empujó hacia arriba y le dobló la muñeca hacia atrás hasta arrancarle el arma de los dedos.
Impulsado por la adrenalina, el miedo y el pánico, Aias lanzó la cabeza contra Danny.
No le dio en la nariz, pero le asestó un golpe dolorosísimo en el pómulo que lo hizo trastabillar hacia los urinarios.
La pistola salió despedida de su mano y se deslizó bajo los retretes hasta perderse de vista.
Los dos recuperaron el equilibrio y quedaron frente a frente, a cada lado del aseo.
Aias parpadeó para quitarse el agua de los ojos y paseó la mirada de las puertas de los retretes a Danny y viceversa, tratando de averiguar bajo cuál de ellos había acabado la pistola.
Danny permaneció inmóvil, con los ojos clavados en Aias y la espalda pegada a la pared.
Sabía muy bien que, al tener las puertas de los retretes de frente, Aias disponía de una fracción de segundo de ventaja para alcanzar la pistola antes de que él pudiera impedírselo.
El enfrentamiento se rompió al cabo de unos segundos que parecieron minutos.
Aias se lanzó hacia el retrete más cercano.
Danny liberó la tensión acumulada en los músculos y se impulsó contra la pared para salir disparado tras él.
Sus dedos rozaron la chaqueta de Aias, pero no llegaron a aferrarla antes de que este irrumpiera en el retrete y desapareciera dentro.
Cuando Danny consiguió frenar y darse la vuelta, Aias ya se había arrodillado y estaba estirando el brazo hacia la pistola, que yacía en el suelo, junto a la parte trasera de la taza.
Aias la cogió, giró hacia un lado y miró a Danny por encima de la taza mientras levantaba el arma del suelo.
Danny saltó hacia delante y se agarró a la parte superior de los tabiques del retrete para alzarse del suelo.
Encogió las rodillas al balancearse hacia delante y descargó los pies sobre Aias.
Las zapatillas, el peso de su cuerpo y el impulso dieron en el blanco: un pie en el pecho de Aias y el otro en un lado de la cara.
La fuerza conjunta de más de cien kilos lo lanzó hacia abajo.
El borde de porcelana de la taza le detuvo el cuello, pero el cuerpo y la cabeza siguieron descendiendo con un crujido espantoso al partírsele el cuello.
Danny extendió los brazos y golpeó con las palmas los tabiques del retrete para no caer sobre el cuerpo inerte de Aias, mientras la pistola volvía a repiquetear contra el suelo de baldosas.
Una vez en pie, se agachó a recogerla y se la metió en la parte trasera de los vaqueros.
Luego rodeó a Aias con los brazos, lo alzó y lo sentó en la taza.
Lo apoyó con cuidado contra el tabique y le registró los bolsillos.
Encontró una llave de Volvo y una cartera vieja con cincuenta euros, una tarjeta bancaria y el carné de conducir de Aias.
Mientras se los metía en el bolsillo del vaquero, cambió la presión del aire en el aseo.
Los ruidos del pasillo penetraron en la estancia: alguien acababa de entrar.
Danny alargó la mano hacia atrás y cerró con suavidad la puerta del retrete.
Se quedó completamente quieto, conteniendo la respiración.
Oyó bajar una cremallera, una tos, un pedo y el chorrito del hombre que se aliviaba al otro lado del tabique de melamina.
Después de lo que le pareció una eternidad, oyó subir la cremallera y el roce de la ropa.
El hombre se acercó al lavabo, se lavó y se secó las manos y se marchó.
Danny soltó el aire, abrió la puerta del retrete y la cerró tras de sí.
Examinó el aseo y descubrió junto a los lavabos un panel grande con tapas plateadas sobre los tornillos de cada esquina.
La superficie de melamina estaba rayada de tanto quitarlo, lo que indicaba que daba acceso a las tuberías.
Danny desenroscó una de las tapas y encontró debajo un tornillo ancho de cabeza plana.
Se registró los bolsillos y sacó varias monedas pequeñas.
Por suerte, una encajaba en la ranura. Desenroscó rápidamente los cuatro tornillos y retiró el panel.
Detrás había un hueco de buen tamaño, con las tuberías de desagüe y suministro a un lado y espacio libre al otro.
Danny lo examinó con atención antes de acercarse a la puerta del aseo.
La abrió, asomó la cabeza y echó un vistazo rápido al pasillo en ambas direcciones.
Un par de personas se alejaban hacia recepción y nadie venía desde la zona de asientos.
Volvió a entrar, agarró a Aias por debajo de los brazos, lo levantó y lo arrastró fuera del retrete hasta el hueco de la pared.
Con los músculos al límite y el sudor resbalándole por la cara, Danny empujó y alzó aquel peso muerto para meterlo dentro, sin dejar de mirar nerviosamente hacia la puerta.
Había colocado sin apretar los dos tornillos superiores del panel, pero un pie de Aias seguía colgando por debajo.
Estaba a punto de empujarlo hacia el interior y atornillar el panel cuando la puerta del aseo empezó a abrirse.
Danny se incorporó de un salto y abrió el grifo.
Se puso a lavarse las manos, tapando con el cuerpo el pie de Aias que sobresalía del panel.
El hombre que entró lo miró nervioso. Danny le sostuvo la mirada, empapado en sudor.
El hombre se metió a toda prisa en el retrete y echó el pestillo de golpe.
Danny se sacudió el agua de las manos y se agachó rápidamente para introducir el pie de Aias en el hueco con el menor ruido posible.
Tras echar un vistazo a la puerta del retrete, apretó los tornillos con la moneda.
Acababa de enroscar la última tapa de plástico cuando sonó la cisterna.
El pestillo chasqueó y el hombre salió y se encontró a Danny todavía lavándose las manos, todavía mirándolo fijamente y todavía empapado en sudor.
Se enjuagó las manos a toda prisa, las sacudió para secárselas y se marchó lo más rápido que pudo.
Danny se echó agua fría en la cara mientras se miraba en el espejo de la pared.
Ya estoy demasiado viejo para estas mierdas.