La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) VEINTISIETE
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E l ferri zarpó con puntualidad absoluta.

A través del gran ojo de buey, Danny vio cómo Limasol se empequeñecía poco a poco en la distancia, y notó que la tensión de sus músculos se iba disipando a medida que la ciudad desaparecía de su vista.

Después de pasar unas horas tumbado en el camarote, donde el aire estaba cargado, se impacientó y saltó de la litera.

—¿Hay algún bar en este barco? —preguntó, apartándose del ojo de buey.

—A ver… Ah, sí, en la cubierta seis, en la parte delantera —dijo Scott, consultando el plano de cubiertas fijado a la puerta.

—En la proa —precisó Danny.

—¿Qué? ¡No! Ah, la proa del barco. Vale, entendido —dijo Scott, algo avergonzado.

—¿Una cerveza? —propuso Danny entre risas.

—¿Por qué no? —respondió Simon sin pensárselo.

—Desde luego —añadió Scott.

Los tres bajaron una cubierta y salieron al atrio principal.

Después descendieron por una escalera curva situada a la derecha de la recepción.

Al llegar abajo, giraron y se alejaron de recepción por un pasillo que conducía a una amplia zona de asientos para los pasajeros sin camarote.

Atravesaron la sala entre viajeros repantigados en las butacas, con las bolsas en el suelo, y entraron en el bar de proa.

Mientras tanto, Pavlos y sus hombres aparecieron en recepción por el pasillo del lado opuesto del ferri.

Alternaban la mirada entre las fotos de Danny, Simon y Scott que llevaban en los móviles y los pasajeros que deambulaban por la zona.

Como no vieron a ninguno de los tres, se dirigieron hacia la popa y el restaurante de autoservicio.

En el otro extremo del barco, Scott y Simon se sentaron mientras Danny se acercaba a la barra y pedía tres cervezas.

—Aquí tenéis —dijo, entregándoles una botella de cerveza Keo a cada uno.

—Vaya, ¿y esto qué es? —preguntó Scott.

—Cerveza chipriota, tío. La hacen en Limasol.

—Mmm, no está mal —añadió Simon tras darle un trago.

—Salud, chicos. Por seguir vivos —dijo Danny, alzando la botella hacia los demás.

—Por eso brindo yo también —dijo Simon.

—Sigo sin entenderlo —dijo Scott, frunciendo el ceño.

—¿Qué es lo que no entiendes, Scotty? ¿Lo de la cerveza o lo de seguir vivos? —preguntó Danny entre risas.

—No, no. Lo de comprar una empresa tras otra, aunque sea a precio de saldo. Xavier Jones no puede comprar el país entero. Tiene que haber algo que se nos escapa.

—Pero ¿qué? —preguntó Simon, mientras Danny se encogía de hombros y daba un trago a la cerveza.

—No lo sé. ¿Por qué correr el riesgo de corromper a políticos y recurrir a todo ese secretismo para comprar un montón de empresas a través de decenas de sociedades pantalla?

Ese hombre es multimillonario. ¿Por qué exponerse a que lo descubran y lo procesen?

Podría comprar empresas en apuros por los cauces habituales.

Y ¿por qué elegir negocios esenciales para la economía del país?

—continuó Scott, pensando en voz alta más que formulando una pregunta.

—Yo creo que quiere hacerse con ellas sin que nadie sepa que es él. Quizá para evitar que sus competidores lo hundan —dijo Danny.

—Mmm, no. Creo que hay algo más. Madre mía… Va a provocar un desplome en la Bolsa de Londres.

—¿Qué quieres decir, Scott? —preguntó Simon.

—La Bolsa de Londres, el FTSE 100. Está comprando empresas británicas clave que atraviesan dificultades, lo que también le permite hacerse con sus acciones a bajo precio. Cuando tenga suficientes, organizará una venta masiva que provocará un desplome bursátil.

—Lo siento, Scott, no te sigo —dijo Danny, negando con la cabeza.

—Vale, voy a explicarlo de forma sencilla.

Una manera de hundir la Bolsa sería esta: primero compras muchas empresas grandes en apuros, y cuando digo muchas, quiero decir muchísimas, de todos los sectores: industria, comercio y servicios.

Segundo, compras todas las acciones de esas empresas, pero a nombre de personas o entidades distintas, porque, si no, te detienen y te acusan de manipular el mercado.

Tercero, una vez que tienes las empresas y las acciones, haces todo lo posible por elevar la cotización: consigues contratos, aumentas la producción, cosas así.

Para Xavier es perfecto. Puede valerse de su enorme red de empresas y de políticos corruptos para inventarse contratos, pedidos y ventas.

Pueden mover dinero de un lado a otro para dar una apariencia de prosperidad y hacer subir el precio de las acciones, aunque nada de eso sea real.

Por último, un día y a una hora acordados, haces que todos los implicados vendan, vendan y vendan todas las acciones de todas las empresas lo más deprisa posible.

Como el mercado está en máximos, consigue el mejor precio y se retira antes de que los operadores entren en pánico al ver que se están deshaciendo a toda velocidad de las acciones de decenas de empresas británicas que, en apariencia, no tienen relación entre sí.

El FTSE 100 cae en picado, cunde el pánico, los operadores venden acciones británicas y los agentes aconsejan a sus clientes que se deshagan de sus carteras de valores del Reino Unido antes de que pierdan todo su valor.

Eso precipita al mercado en una espiral descendente imparable hasta que toca fondo y se hunde.

Entonces reaparece Xavier Jones y, con el dinero que ha ganado vendiendo cuando el mercado estaba en máximos y su fortuna de miles de millones de dólares, se pone a comprar como un loco, literalmente todo lo que puede.

Los precios han tocado fondo y son una fracción de lo que eran.

Si tiene suficiente gente operando para él, y estoy seguro de que la tendrá, conseguirá el control del mercado.

En la práctica, eso significa que Gran Bretaña será suya.

—Así que nunca se trató de las empresas —dijo Danny, intentando asimilar la teoría de Scott.

—Eso parece —añadió Simon. Los tres se quedaron callados, cada uno sumido en sus pensamientos.

—Volviendo a lo de seguir vivos, suponiendo que consigamos dar con ese contable, ¿qué vamos a hacer con él? —preguntó Scott al fin. Levantó la botella sin mucho entusiasmo antes de beber.

—Una vez que le haya pedido amablemente las pruebas de las operaciones de Xavier Jones, volveremos a Londres y se las presentaremos al director de la Agencia Nacional contra el Crimen, Stewart Blackwell, un viejo amigo mío.

Confío plenamente en él. Tiene autoridad para poner freno a los miembros del Gobierno implicados, inmovilizar los activos de las empresas y bloquear las cuentas de valores, de modo que Xavier no pueda vender las acciones hasta que se haya llevado a cabo una investigación exhaustiva —respondió Simon.

—Pues brindemos por eso —añadió Danny, alzando de nuevo la botella antes de dar otro trago—. Vuelvo en un minuto, tengo que mear. ¿Os traigo otra ronda cuando vuelva?

—Por mí, encantado —dijo Scott.

—Sí, por favor —añadió Simon.

Danny apuró la botella, se levantó y se dirigió a los servicios cercanos a recepción.

En la popa, Pavlos, Theo y Aias terminaron de recorrer el restaurante de autoservicio y salieron al pasillo principal, que pasaba junto a las tiendas libres de impuestos y llevaba de vuelta a recepción.