VEINTISÉIS
G lass recorría de un lado a otro la cubierta del superyate.
No le gustaba nada que los dos hombres que ayudaban a Simon hubieran subido a bordo y pirateado el móvil y el portátil de Xavier.
Xavier tal vez lo hubiera descartado como un intento fallido de conseguir información comprometedora sobre él, pero Glass no estaba tan seguro.
Se trataba de un activo altamente cualificado y de un experto informático de fama mundial, ambos al servicio del antiguo director de una agencia de inteligencia de primer orden.
Aquello no había sido una maniobra al azar.
Habían ido allí en busca de algo concreto, pero ¿de qué?
La pregunta seguía dándole vueltas en la cabeza hasta que el timbre del teléfono le brindó una distracción oportuna.
—Christos, dime qué sabes —contestó Glass sin preámbulos.
—Van en un ferri rumbo a Grecia. Tengo hombres a bordo buscándolos.
—¿Cuántos?
—Tres. Son buenos, los tres van armados. Se ocuparán de esos hombres sin problemas. Ten preparada mi prima. Pasaré a cobrarla pronto —presumió Christos, rebosante de confianza.
—Llámame cuando esté hecho. Y quiero fotos como prueba —dijo Glass, sin que su voz revelara reacción alguna al entusiasmo de Christos.
—Las tendrás, pero no sabré nada hasta mañana. Están fuera de cobertura y el ferri no atraca hasta mañana a las seis de la tarde.
—¿Dónde atraca?
—En el Pireo. Es el puerto de Atenas.
—Vale. Hazlo y tendrás tu dinero —dijo Glass con brusquedad antes de colgar, sin dar a Christos ocasión de añadir nada más.
Dio media vuelta, entró en el yate y se dirigió al despacho de Xavier. Llamó a la puerta antes de pasar.
—Adelante —gritaron desde dentro.
Cuando Glass entró, Xavier levantó un dedo para indicarle que esperara mientras terminaba su llamada.
—Me da igual que los chinos ya hayan presentado una oferta.
Eres el primer ministro. Yo te puse ahí y puedo quitarte.
Bloquea su oferta y aprueba la nuestra. Necesito que ese acuerdo esté firmado antes de que hundamos el mercado.
Hazlo, Jeremy —dijo Xavier, alzando la voz antes de colgar y volverse hacia Glass.
—Señor Glass, espero que me traigas buenas noticias.
—Van en un ferri a Grecia. Christos tiene hombres a bordo buscándolos.
—Estupendo. Resulta irónico que Simon encuentre su final camino del último país cuyo mercado hundimos, justo antes de que hagamos lo mismo con el Reino Unido.
Ah, el contable ya tiene preparado el dinero para la prima de tus amigos delincuentes.
Eso me recuerda que tengo que mandarle la cita para el mensajero —dijo Xavier.
Tecleó rápidamente un mensaje y pulsó enviar para hacérselo llegar al contable.
Glass lo miró con el ceño fruncido. Sus ojos pasaron del móvil nuevo de Xavier al portátil apagado y desenchufado que descansaba sobre un archivador, comprometido por el virus de Scott.
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Necesitas más dinero? —preguntó Xavier, desconcertado por su reacción.
—¿Siempre le manda mensajes al contable?
—Sí, pero son crípticos: una hora y una dirección, nada más. El día, la cantidad y el código de la cuenta se envían por separado, por correo electrónico, el día anterior. Todo va siempre por separado y sin detalles concretos.
—Están en ese portátil y en su antiguo móvil —respondió Glass, señalando primero el portátil y luego el iPhone doblado que aún estaba en la papelera—. ¿Dónde trabaja el contable?
—En Atenas. ¿Por qué? —respondió Xavier.
—No vinieron aquí a por usted. Vinieron a localizar al contable. Si llegan hasta él, podrán hacerse con todo: quién está en nómina, los sobornos en efectivo, cómo están vinculadas y financiadas todas sus empresas.
—Pero no saben cómo se llama, ni dónde vive, ni siquiera qué aspecto tiene.
—Saben dónde va a estar. Solo tienen que buscar a un hombre que entregue un paquete.
—Pero no tenemos que preocuparnos. Los hombres de Christos se ocuparán de ellos, ¿no? —respondió Xavier. Un leve temblor de nerviosismo se coló en su voz.
—Puede que sí, puede que no. Ese hombre, Pearson… Simon lo eligió por algo. Si es tan bueno como creo, los hombres de Christos no bajarán del ferri en el Pireo.
—Puedes ir tú. Te da tiempo a llegar antes que ellos en avión. Llévate al equipo de Londres. Les conseguiré un avión de la empresa. Podéis atraparlos cuando desembarquen —dijo Xavier, cada vez más confiado mientras repasaba el plan mentalmente.
—No. El puerto es mala idea. Están las autoridades portuarias, las cámaras y la policía por todas partes. ¿Cuándo es la próxima entrega?
—Eh… El martes a las tres de la tarde, en la iglesia de la Virgen María, en la plaza Monastiraki.
—Vale. No le diga nada al contable. Deje que se reúna con el mensajero. Si los hombres de Christos fallan en el ferri, los estaré esperando en el lugar de la cita.
—¿Necesitas algo más?
—Armas. Le haré una lista —dijo Glass, garabateándola en un bloc sobre el escritorio de Xavier.
—Se la pasaré a Anton, de Taktic Industries. Podrá hacértelas llegar a Atenas.
—Bien. El ferri no atraca hasta mañana a las seis de la tarde. Necesito que todo esté allí mañana al mediodía.
—Me aseguraré de que así sea —respondió Xavier, pero Glass ya no lo escuchaba. Había vuelto a coger el móvil antes de que Xavier terminara de hablar.
—Jinksy, reúne al equipo para salir de inmediato.
—Sí, jefe. ¿Adónde vamos?
—A Atenas. Te pasaré los datos del vuelo.
—Recibido.
—Avísame en cuanto estén reservados los vuelos —dijo Glass. Terminó la llamada y se volvió hacia Xavier.
—Sí, por supuesto. Cuando hayas terminado, llámame al número de Londres. Regreso esta tarde —respondió Xavier, observando cómo aquel antiguo miembro de las fuerzas especiales, asesino entrenado, salía por la puerta.