La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) VEINTICINCO
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T ras una mala noche, Danny, Scott y Simon hicieron tiempo hasta la salida del ferri en una pequeña cafetería cerca del hotel, tomando café cargado y comiendo bollería variada.

—¿Cómo está Nikki? —preguntó Scott.

—Todo lo bien que cabe esperar. Intenta poner buena cara —dijo Danny con un suspiro.

—Tienes a una gran mujer a tu lado. Siento haberos metido en todo esto —dijo Simon con sincero pesar.

—No lo sientas. No es culpa tuya. Yo tomé mis decisiones y ahora asumo las consecuencias —dijo Danny, quitándole importancia.

—Sí, pero no siempre te di a elegir, ¿verdad?

—Siempre tuve elección. Sigues vivo, así que aquí estamos —respondió Danny, con el rostro tenso y un tono mortalmente serio.

—Gracias por esta charla tan animada, muchachos. Si me permitís, hay un pequeño detalle de nuestro plan al que le he estado dando vueltas toda la noche —los interrumpió Scott.

—¿Qué te preocupa, tío? —respondió Danny, saliendo de su ensimismamiento.

—¿Qué pasa si descubren que vamos a por el contable y nos esperan en el punto de entrega?

—Pues imagino que nos matarán delante de la iglesia de la Virgen María —respondió Danny con toda naturalidad.

—Mmm, sí, eso me temía. Se me ha ocurrido una cosilla que podría ayudarnos.

—Pues suéltala, tío —dijo Danny. Tanto él como Simon se inclinaron hacia Scott para escuchar su idea.

—Un momento, que se nos echa el tiempo encima, amigo mío. Os la contaré en el ferri. Tenemos que irnos.

Los tres regresaron al hotel y le pidieron a Dimitrios que llamara a su primo para que los llevara al puerto. El taxi apareció apenas cinco minutos después de que colgara.

—Me alegro de volver a verlos, amigos. Mi primo los ha tratado bien, ¿sí? —les dijo Marios por la ventanilla abierta del taxi.

—Sí, gracias, Marios —dijo Simon mientras subían al taxi.

En cuanto cerraron la puerta, el taxi arrancó y se adentró por las estrechas calles secundarias.

—Anoche, después de dejarlos y volver a la parada de taxis, había unos hombres preguntando si alguien los había visto. Hombres malos. Trabajan para un «mafiózos», eh, un mafioso llamado Christos.

—¿Y qué les dijo? —preguntó Danny, poniéndose al instante en guardia por si Marios los llevaba a una trampa.

—No les dije nada. Son el veneno de mi país, con sus drogas, la prostitución y el dinero que cobran por protección. Pero los están buscando, así que creo que es bueno que suban a ese ferri.

—Gracias, Marios —respondió Danny, sacando unos billetes del bolsillo.

—No, no quiero su dinero. El viaje es gratis. Solo márchense de aquí, ¿vale?

Danny asintió y le dio una palmada en el hombro a Marios.

—Gracias, amigo mío.

Cuando Marios los dejó frente a la moderna terminal de ferris, una construcción elíptica de cristal y metal, el ferri que acababa de llegar estaba girando en el muelle, detrás del edificio, antes de retroceder hasta su posición y bajar la rampa para que desembarcaran los pasajeros y vehículos.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Danny, observando a las pocas personas que iban y venían por la terminal principal.

—Una hora hasta que salga —respondió Simon. Había estado observando a la gente igual que Danny, pero apartó la vista para consultar el reloj.

—Mierda, tenemos compañía. Vamos a pasar el control de seguridad y entrar en la zona de embarque. No podrán seguirnos con armas a través del detector de metales, ni sin billete —dijo Danny, al cruzar la mirada con Pavlos y los dos hombres del hotel de la noche anterior.

Cuando se dirigieron hacia ellos, Pavlos metió la mano en la chaqueta y agarró la pistola.

La perspectiva de una cuantiosa prima le hizo plantearse dispararles allí mismo, a la vista de todos.

Se detuvo en seco y sacó la mano de la chaqueta con calma cuando dos agentes de la policía portuaria entraron en la terminal y cruzaron la sala entre ellos y Danny, Scott y Simon.

Aprovechando la distracción, Danny, Scott y Simon se dirigieron al control de seguridad.

Desde el otro extremo de la terminal, Pavlos se llevó el teléfono a la oreja e hizo una llamada, sin dejar de mirar a Danny con los ojos entornados.

Simon y Scott pasaron primero por seguridad y el control de pasaportes. Danny los siguió de cerca y volvió la cabeza para ver a Pavlos y a los otros dos hombres salir de la terminal.

Compraron unas botellas de agua y se sentaron en la sala de embarque.

Danny y Simon se colocaron de cara al control de seguridad, atentos a cada pasajero que pasaba después de ellos, mientras Scott respondía mensajes en el móvil y, de vez en cuando, miraba distraídamente a los últimos pasajeros que desembarcaban.

Por fin, los pasajeros que iban a partir salieron al muelle y se pusieron a la cola para embarcar.

Danny se relajó un poco al comprobar que nadie sospechoso los había seguido por el control de seguridad.

Se levantaron, se unieron a los demás pasajeros y subieron por la pasarela peatonal situada a la izquierda de la rampa del barco.

Entraron en el ferri mientras, a su derecha, los coches accedían a la bodega de carga y los operarios los guiaban por los carriles hasta sus plazas de aparcamiento.

—¿Dónde está el camarote, Scott?

—Eh, arriba, en la cubierta ocho. El camarote 238. Me temo que tenemos que compartir uno de cuatro literas. Era lo único que quedaba.

—No pasa nada, tío. Mejor eso que pasar las próximas treinta horas en una silla dura como una piedra en la zona común —dijo Danny mientras seguía a Scott y Simon escaleras arriba.

Tras recoger la llave en recepción, subieron al camarote.

Era sencillo, pero estaba limpio, con una litera cerca de la puerta y otra junto al ojo de buey.

Danny se acercó a la ventana, tiró la bolsa sobre la litera de arriba y miró hacia el muelle y el edificio de la terminal.

Por costumbre, fue pasando la mirada de un pasajero a otro, en busca de algo que desentonara: un lenguaje corporal extraño, alguien sin equipaje o simplemente esa intuición de que algo iba mal.

Al no ver nada, se apartó de la ventana y trató de relajarse.

Abajo, en el muelle, minutos antes de que cerraran las puertas y el ferri levantara la rampa, un viejo Volvo familiar cruzó el acceso, subió por la rampa y aparcó en la última plaza libre.

Las puertas se abrieron y Pavlos bajó con los otros dos hombres.

Miró a su alrededor y esperó a que la rampa se elevara y dejara fuera el intenso sol del mediodía, y a que el operario del ferri que había cerca se alejara.

Pavlos se dirigió al maletero mientras los otros dos vigilaban.

Lo abrió y levantó la tapa que cubría el compartimento de la rueda de repuesto.

La sostuvo con una mano y, con la otra, apartó la rueda.

Sacó una pistola Beretta 92X de la bolsa de lona negra que había debajo y se la metió en la cintura del pantalón, a la espalda, ocultándola bajo la chaqueta.

Volvió a meter la mano, sacó una Beretta APX más pequeña y se la dio al segundo hombre.

Después sacó otra y se la entregó al tercero.

Con las armas fuera de la vista, cerró el maletero de un golpe y se dirigió a las escaleras.

Subieron a las zonas comunes y salieron a la parte central del barco, junto al mostrador de recepción.

—Theo, Aias, id a revisar las zonas de asientos —les dijo Pavlos a sus hombres, y añadió—: Tened cuidado. Si los veis, alejaos y esperadme, ¿vale?

Ambos asintieron.

—Yo estaré en cubierta. Tengo que llamar a Christos antes de que nos alejemos demasiado de la costa y perdamos la señal —añadió, frunciendo el ceño al ver cómo disminuían las barras de cobertura de su teléfono.