VEINTICUATRO
— G racias por venir, Peter. Siéntate, por favor.
¿Quieres tomar algo? —dijo David Tremain mientras estrechaba la mano de Peter Roberts y le indicaba que se sentara en un reservado discretamente apartado en un rincón de la sala revestida de paneles de roble centenarios, al fondo del exclusivo club de caballeros Britannia, en pleno Westminster.
—Un whisky escocés, por favor.
—¿Con hielo, señor? —preguntó Jarvis, el conserje del club.
—Sí, por favor.
—¿Y usted, señor? —continuó, volviéndose hacia David.
—No, gracias, Jarvis. Con este voy bien —respondió David. Esperó a que Jarvis se marchara antes de continuar la conversación.
—¿Cómo te va, Peter? ¿Está bien la familia? —preguntó David para romper el hielo, con una actitud relajada y un tono cálido y cordial.
—La familia está bien, gracias. Yo, en cambio, estoy todo lo bien que cabe esperar con esta panda de impresentables al mando. He de decir que me sorprendió que me llamaras. Había oído que te habías retirado al campo con la encantadora Sarah Vassal.
—¿Acaso la gente como nosotros llega a retirarse de verdad? —replicó David con una sonrisa divertida. La conversación se interrumpió cuando Jarvis volvió con las bebidas.
—Gracias, Jarvis —dijo David, y esperó pacientemente a que se marchara.
—Bueno, ¿qué puedo hacer por ti? —preguntó Peter, retomando la conversación.
—¿Qué opinas del Gobierno actual? En particular, del primer ministro, de la ministra de Hacienda y de nuestro ministro de Seguridad, Martin Crimble.
—No tengo ninguna opinión. Nuestro partido perdió las elecciones, ¿recuerdas?
—Vamos, vamos, Peter. Puede que ese idiota de Martin Crimble te arrebatara el puesto, pero tú, a diferencia de mí, no te has retirado y sigues metido de lleno en el ajo —dijo David, insistiendo para que Peter le contara más.
Peter hizo una pausa y dio un sorbo a su bebida. Paseó la mirada por la sala, atento por si había alguien lo bastante cerca para oírlo, antes de proseguir.
—Hay disensiones en el partido. Los diputados de a pie piden la dimisión de Appleton, pero un núcleo duro del partido lo impide.
Nuestra ministra de Hacienda, Louise King, ha subido los impuestos cincuenta y seis veces en los quinientos días que llevan en el poder y sigue sin conseguir tapar el agujero de trescientos mil millones de libras en la economía.
Tengo un contacto en el Banco de Inglaterra que dice que, pese a todos sus esfuerzos, no logran apuntalarla.
Existe el temor fundado de que, si el Gobierno sigue por este camino, el país quiebre antes de que acabe el año.
Mientras tanto, nuestro primer ministro sigue aumentando el gasto militar, el gasto en el extranjero y la ayuda exterior.
Te lo digo en serio: casi parece que quieran arruinar el país.
David tardó un momento en responder. A Peter no se le escaparon su leve asentimiento ni aquella sonrisa de quien sabe algo más.
—He oído que tu sucesor ha introducido cambios radicales en materia de seguridad.
—Más de los que puedo mencionar. Crimble y el general Hadden, su recién nombrado asesor militar, están reestructurando los servicios de inteligencia y los procedimientos policiales, al tiempo que modifican discretamente las leyes de privacidad.
Hoy en día ni siquiera tenemos libertad de expresión.
A un amigo periodista que investigaba la relación entre el general Hadden, Crimble y el contrato de armamento del Ministerio de Defensa británico con Taktic Industries lo detuvieron después de que expresara en las redes sociales sus sospechas sobre ese y otros contratos gubernamentales que se adjudicaban por la vía rápida a empresas recién adquiridas por conglomerados extranjeros, que estaban inyectándoles enormes sumas de dinero.
Le cerraron la cuenta de inmediato y no he vuelto a verlo.
Cuando intenté averiguar dónde estaba, me dijeron que, por mi propio bien, dejara de hacer preguntas.
No sé si está encerrado, si está a la espera de juicio, si lo han puesto en libertad o si…
—Peter dejó la frase en el aire. Una expresión de inquietud se extendió por su rostro.
—Mmm, interesante. Bueno, me ha alegrado mucho volver a verte, Peter. Se está haciendo tarde y tengo que volver a casa, o Sarah se preguntará dónde me he metido —dijo David con una sonrisa mientras terminaba su bebida.
—¿Qué te traes entre manos, David? —preguntó Peter. Conocía a David desde sus tiempos al frente del Departamento D, y sus sospechas se habían despertado.
—Buenas noches, Jarvis —dijo David al conserje, esquivando oportunamente la pregunta de Peter.
—Buenas noches, caballeros —respondió Jarvis mientras les abría la puerta.
—Cuídate, Peter —dijo David al salir del club al fresco de la noche.
—Tú también, David —respondió Peter. Los dos hombres se estrecharon la mano antes de tomar caminos distintos.
Cincuenta metros calle abajo, dos hombres aguardaban en la oscuridad de un Mercedes GLS. El único sonido en el interior era el clic de una cámara. El hombre que la sostenía fotografiaba una y otra vez a David y a Peter Roberts mientras salían del club, sirviéndose del potente teleobjetivo.
—¿Quién es tu amigo, Peter? —murmuró el hombre. Hizo unas cuantas fotos más y bajó la cámara cuando los perdió de vista.
—Estoy seguro de haberlo visto antes —respondió su compañero desde el asiento del conductor.
—Sí, yo también, pero no caigo dónde —replicó el de la cámara mientras ampliaba la imagen de David en la pantalla trasera para fijarse en su cara.
—A ver, déjame echar un vistazo. Ya lo tengo: estuvo en el Gobierno. Un tal Tremain. Fue ministro de Defensa. David, eso es, David Tremain. ¿Lo seguimos?
—No, volvamos a la base. Creo que será mejor informar al general.
Dicho esto, el conductor arrancó el coche y se alejó suavemente, perdiéndose en la noche.