VEINTITRÉS
J usto antes de que los hombres de Christos salieran por la entrada del hotel, Danny, Scott y Simon habían cruzado la calle hacia la hilera de tiendas y restaurantes de enfrente y se habían metido en el primer taxi que encontraron.
—Rápido, arranque, arranque —dijo Danny, metiéndole un puñado de euros en la mano al conductor.
El taxista se guardó el dinero sin hacer preguntas, salió de la zona comercial y puso rumbo al centro de Limasol. Danny, Scott y Simon observaron a través de las lunas tintadas del taxi cómo los hombres de Christos miraban a su alrededor desde las escaleras del hotel.
—Menuda puta pérdida de tiempo. Seguimos sin tener ni idea de quién es ese maldito contable —dijo Danny, enfadado.
—No exactamente —dijo Simon con su habitual calma—. No sabemos quién es, pero sí dónde va a estar.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde?
—Cuando Xavier necesita efectivo, supongo que para pagar a alguien con quien no quiere que se le pueda relacionar, le manda al contable un correo con la cantidad, el día y el código 901.
En todos los casos hay un mensaje de texto correspondiente enviado desde el teléfono de Xavier que solo contiene una hora y una dirección.
Imagino que es donde el contable le entrega el dinero a un mensajero para que lo lleve a su destino.
Por separado no significan nada, pero, si juntas las dos cosas, sabes dónde va a estar el contable —dijo Scott, radiante.
—¿Y? —preguntó Danny con impaciencia, deseando saber adónde quería llegar.
—La dirección siempre corresponde a un lugar público de Atenas, en Grecia, y el martes será delante de la iglesia de la Virgen María, en la plaza de Monastiraki, a las tres de la tarde. ¿Reservo unos vuelos a Atenas?
Danny permaneció en silencio, asimilando la información y dándole vueltas antes de responder.
—No —dijo por fin. Hizo una pausa—. Xavier tiene gente buscándonos por todo Chipre.
Si yo fuera él, el primer sitio donde miraría sería el aeropuerto.
Tenemos tiempo de sobra antes de la cita.
Deberíamos coger un ferri a la Grecia continental, al puerto que quede más cerca de Atenas. ¿Qué os parece?
—Estoy de acuerdo. El aeropuerto es demasiado arriesgado. —Simon asintió.
—Llévenos al puerto de ferris, por favor, amigo —le dijo Danny al conductor.
—¿Quieren ir a Grecia, al Pireo? —respondió el taxista en un inglés rudimentario, tras captar parte de la conversación.
—Sí. ¿A qué distancia está de Atenas?
—El Pireo está a las afueras, no lejos. En taxi, quince minutos. Pero hoy ya no hay ferri. Mañana hay ferri. A las doce, entonces pueden ir.
—Mierda. Eh… ¿Cómo se llama?
—Marios.
—¿Conoce algún hotel? Uno donde se pague en efectivo y no hagan preguntas —dijo Danny, sacándose unos billetes del bolsillo y agitándolos delante del conductor.
—Mi primo tiene un hotel cerca del puerto de ferris. Los llevo allí, ¿vale? —respondió el conductor. Cogió el dinero con avidez y se lo metió en el bolsillo mientras conducía con una sola mano; luego les sonrió por el retrovisor.
—Sí, vale, estupendo. Gracias, Marios —dijo Danny, recostándose en el asiento.
El taxista serpenteó por una serie de calles secundarias antes de aparcar frente al pequeño hotel de su primo. Cuando entraron en la reducida recepción, el taxista se enzarzó con él en una rápida conversación en griego que a Danny, como siempre que oía hablar griego, le sonaba a discusión.
—Mi primo Dimitrios cuidará de ustedes —dijo por fin Marios con una amplia sonrisa antes de volver a subirse al taxi.
—Tres habitaciones, doscientos euros —dijo Dimitrios mientras descolgaba tres llaves de los ganchos situados detrás de su diminuto mostrador de recepción.
—Vale —respondió Danny, separando unos billetes del fajo que llevaba en el bolsillo.
—Vengan, les enseñaré las habitaciones —dijo el primo después de coger el dinero sin molestarse en buscar las fichas de registro de huéspedes.
Los condujo escaleras arriba hasta la última planta, abrió una puerta y les mostró con orgullo una habitación bien decorada.
—¿Les gusta? —añadió mientras les daba una llave a cada uno y señalaba las dos habitaciones contiguas.
—Dimitrios, si alguien pregunta, no nos ha visto, ¿vale? —dijo Danny, apretándole otros cien euros en la mano al estrechársela.
—¿A quién? —respondió Dimitrios con una sonrisa antes de bajar de nuevo las escaleras.
—Scott, ¿puedes conectarte y reservarnos tres billetes de ferri para mañana, tío?
—Claro, sin problema.
—Estupendo. Entonces creo que deberíamos dormir un poco —dijo Danny mientras abría la puerta de su habitación.
—Nos vemos por la mañana —añadió Simon antes de cerrar tras de sí la puerta de su habitación.