VEINTIDÓS
D anny se apoyó en la barandilla del balcón.
Contempló la piscina y los jardines iluminados del hotel Four Seasons, con la playa y el mar Mediterráneo bañado por la luz de la luna al fondo.
En la habitación, a sus espaldas, Scott y Simon seguían repasando páginas de datos del portátil y el teléfono de Xavier, elaborando listas de direcciones de correo electrónico y del contenido de los mensajes, mientras revisaban el registro de llamadas y los mensajes de texto del móvil. Danny se volvió hacia ellos y entró.
—¿Habéis encontrado algo?
—Estupendo, nada que nos sirva, entonces —gruñó Danny.
—Paciencia, Daniel. La gente mete la pata constantemente. Solo tenemos que seguir buscando —intervino Simon.
—Todavía nos quedan los mensajes del móvil por revisar —añadió Scott.
—Vale, vale, seguid buscando. Voy a tomar un poco el aire. Vuelvo enseguida —suspiró Danny. Estaba aburrido y quería hablar con Nikki para saber cómo se encontraba.
—Dale recuerdos a mi hermana de mi parte, ¿quieres, amigo mío? —dijo Scott entre risas cuando Danny se dirigía a la puerta.
—Sí, se los daré —le gritó Danny, molesto por lo fácil que le resultaba a Scott adivinar lo que estaba pensando.
Danny pasó de largo ante el ascensor, bajó las escaleras a saltos y salió sin prisa al vestíbulo del hotel.
Sacó el móvil mientras miraba hacia la zona del bar; se le pasó por la cabeza tomarse una cerveza rápida después de llamar a Nikki.
Mientras marcaba el número, volvió la cabeza distraídamente y miró hacia recepción.
Tres hombres chipriotas de pelo corto estaban junto al mostrador.
El más cercano a Danny se inclinó sobre él para hablar con el recepcionista.
Llevaba varios tatuajes en el cuello y en el dorso de la mano, dibujos burdos de bandas, de esos que se hacen en la cárcel.
El hombre que tenía al lado giró el móvil hacia el recepcionista para enseñarle unas fotos y, al mismo tiempo, el tatuado le deslizó discretamente dinero por el mostrador.
Danny dio unos pasos a la izquierda y se ocultó tras una columna para observarlos.
Su ojo entrenado distinguió bajo la chaqueta del tatuado un bulto que solo podía ser una pistola.
El hombre que estaba junto a él tenía otro bulto parecido, producido por un arma metida en la cintura del pantalón.
Danny supuso que el tercero, situado al otro lado, también iba armado.
El recepcionista tecleó algo en el ordenador del hotel, escribió unas palabras en una nota adhesiva y la deslizó por el mostrador hacia ellos.
Como si notara que alguien lo observaba, el tatuado se volvió en dirección a Danny, pero solo vio el vestíbulo vacío.
Danny ya se había marchado y subía corriendo las escaleras.
Irrumpió en el pasillo y regresó a toda prisa a la habitación de Scott, acercando varias veces la tarjeta a la cerradura mientras empujaba la puerta para abrirla.
—Recogedlo todo, tenemos compañía. Cinco minutos como mucho —gritó Danny, antes de salir corriendo hacia su habitación para coger sus cosas.
Al entrar a la carrera, vio pasar a Simon, que corría hacia su propia habitación.
En menos de un minuto los tres estaban de nuevo en el pasillo.
Scott aún forcejeaba con la cremallera de la bolsa del portátil mientras cerraba la puerta a sus espaldas.
Danny los guio pasillo adelante y levantó la mano para detenerlos cuando llegaron al tramo entre las escaleras y los ascensores.
Mientras sopesaba las opciones, miró alternativamente hacia uno y otro lado.
—Las escaleras —dijo cuando el indicador del ascensor empezó a marcar los pisos según subía desde la planta baja.
Bajaron deprisa tramo tras tramo. Danny asomó la cabeza al hueco de la escalera para mirar hacia el piso del que acababan de salir y luego hacia la primera planta.
Sus ojos se cruzaron con los del tatuado, que subía desde abajo.
Se quedaron mirándose, cada uno a la espera de que el otro se moviera primero.
El tiempo se detuvo. Unos segundos parecieron minutos.
El hombre fue el primero en reaccionar y buscó la pistola dentro de la chaqueta.
Danny respondió una centésima de segundo después: lanzó su bolsa con todas sus fuerzas contra el brazo del hombre y lo golpeó justo cuando la culata empezaba a asomar.
Apenas un instante después de la bolsa, Danny se arrojó escaleras abajo.
Le embistió el pecho con el hombro, sumando todo su peso al impulso de la carrera.
El choque los lanzó a ambos hacia atrás, a través del pasillo de la primera planta, hasta estrellarse contra la puerta de la habitación situada enfrente, mientras la pistola repiqueteaba por el suelo.
En una fulminante combinación de dos golpes, Danny dio un paso atrás y alzó el brazo en el mismo movimiento para clavarle la punta del codo bajo la barbilla.
La cabeza del hombre salió despedida hacia atrás y golpeó la puerta a su espalda.
Danny giró sobre una pierna y le hundió la rodilla en el costado.
Se disponía a golpearlo otra vez cuando la puerta se abrió de golpe: el huésped de la habitación se había despertado por el estruendo.
El tatuado cayó dentro, aturdido y sin aliento, Detrás de él, el huésped, atónito, abrió la boca para pedir ayuda.
Más por impulso que por decisión meditada, Danny se abalanzó sobre el tatuado, tendido en el suelo, y le propinó una fuerte patada en los huevos.
Acto seguido soltó un gancho de derecha a un lado de la cabeza del huésped y lo dejó inconsciente.
Cuando este cayó al suelo, Danny se volvió y vio que Simon se metía la pistola caída en la cintura del pantalón y la tapaba con la camisa, mientras Scott esperaba detrás con las bolsas de ambos.
—Vamos, vámonos —dijo Danny en voz baja mientras salía de la habitación y cerraba la puerta tras él.
Pasó junto a Simon y Scott, comprobó que la escalera estuviera despejada y, al empezar a bajar hacia el vestíbulo, se volvió y se llevó un dedo a los labios. Pisaron con cuidado para hacer el menor ruido posible.
—Pavlos, ¿dónde estás? —gritó una voz desde arriba. Los dos hombres que habían subido en el ascensor antes que el tatuado se preguntaban dónde se habría metido su compañero.
Aceleraron el paso hasta llegar a la planta del vestíbulo y se detuvieron detrás de Danny mientras este comprobaba que la recepción estuviera despejada.
Al no ver señales de peligro, los tres reprimieron las ganas de echar a correr y cruzaron el vestíbulo con calma hasta salir por las puertas principales al aire de la noche.
—¿Pavlos?
Dos de los hombres de Christos bajaron las escaleras en busca de Pavlos y se lo encontraron en el rellano de la primera planta. Salía tambaleándose de la habitación, doblado por el dolor en la entrepierna y los riñones.
—Están aquí. Id tras ellos, ahora os alcanzo —jadeó.
Los dos hombres dejaron allí a Pavlos y bajaron corriendo las escaleras.
Atravesaron el vestíbulo mirando a derecha e izquierda en busca de Danny, Scott y Simon.
Salieron disparados por las puertas de entrada y se detuvieron en la escalinata del hotel para mirar en todas direcciones.
Aparte de unos pocos huéspedes que entraban y salían, no había ni rastro de Danny ni de los demás.
Unos instantes después se les unió Pavlos, que se apoyó en la barandilla mientras recorría con la mirada la carretera de acceso al hotel en ambas direcciones.
—¡Joder! —gritó. Un par de huéspedes dieron un respingo y se apartaron de ellos para entrar a toda prisa en el hotel.
—Llamad a Christos —ordenó. Respiró hondo mientras intentaba enderezarse, con una mano sujetándose los doloridos huevos.