La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) VEINTIUNO
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VEINTIUNO

G lass entró en la zona de llegadas del aeropuerto internacional de Pafos con una pequeña bolsa de mano como único equipaje.

Un chipriota corpulento y fornido llamado Christos, apostado junto a la puerta de salida, asintió al verlo llegar.

Glass le hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera y salió del edificio al resplandor del sol poniente.

Esperó a estar lejos de turistas y pasajeros antes de hablar.

—¿Tenéis vigilados los aeropuertos?

—Sí, cuatro hombres aquí y otros cuatro en Lárnaca —respondió Christos con un marcado acento.

—¿Y el puerto de ferris de Limasol?

—Sí, tengo hombres allí y otros revisando los hoteles, como pediste —dijo Christos, el jefe de la banda criminal más temida de Chipre, irritado porque Glass pusiera en duda su capacidad para cumplir el encargo, por muy bien que le pagara.

—¿Todos tienen las fotos que te envié? —preguntó Glass, haciendo caso omiso de su actitud mientras seguían hacia el aparcamiento.

—Sí, tienen las fotos de esos hombres. No somos unos aficionados.

Apenas salió de sus labios la última palabra, Glass se volvió con rapidez y se le echó encima. Metió la mano bajo la chaqueta de Christos, le sacó la pistola de la funda, montó el arma y le apoyó el cañón bajo la barbilla.

—Los hombres a los que persigo tampoco. No los subestimes —dijo Glass, inclinándose hasta dejar su rostro a milímetros del de aquel hombre más bajo que él.

Mantuvo la postura un par de segundos más para dejar claro lo que quería decir. Luego devolvió la pistola a la funda de Christos, dio media vuelta y echó a andar como si no hubiera pasado nada.

—¿Dónde tienes el coche? —preguntó por encima del hombro.

Christos se quedó inmóvil un instante, con el rostro contraído en una mueca y los ojos encendidos de rabia. De no ser por la enorme suma que Glass le pagaba, le habría pegado un tiro allí mismo.

—Está en la segunda fila —respondió por fin Christos, acelerando el paso para adelantar a Glass y guiarlo.

—Llévame al puerto deportivo de Limasol —ordenó Glass en cuanto subieron al coche.

Christos apretó los dientes, pero se mordió la lengua. Condujo hasta Limasol en silencio y llegaron al puerto deportivo al caer la noche.

—Llámame cuando los encuentres. En cuanto tenga pruebas de que están muertos, cobrarás los cien mil de prima —dijo Glass mientras bajaba del coche.

La mención de la prima hizo sonreír a Christos mientras se alejaba al volante. Apartó de su mente lo mucho que detestaba a Glass: la codicia lo mantenía centrado en encontrar y matar a Danny, Simon y Scott.

Glass recorrió con paso decidido la calle central del puerto deportivo hacia el Golden Touch, iluminado en su amarre al final del pantalán. Subió por la pasarela y pisó la cubierta.

—Bienvenido a bordo, señor Glass —dijo un miembro de la tripulación, firme ante él.

—¿Dónde está el señor Jones? —preguntó Glass en tono imperioso.

—En su despacho, señor —respondió el hombre. Glass se alejó sin contestar.

—Glass, gracias a Dios que estás aquí —dijo Jones cuando lo vio entrar en el lujoso despacho.

—¿Dónde tiene el móvil? —replicó Glass, poco dado a los cumplidos, mientras se quitaba la bolsa del hombro.

Jones se lo entregó.

—Tome, le he comprado uno nuevo —dijo Glass.

Cogió el viejo móvil de Xavier y sacó un iPhone nuevo, de gama alta, que había comprado en las tiendas de la zona de salidas de Heathrow.

Tras entregárselo a Jones, colocó el viejo en el borde de la mesa del despacho, con una mitad apoyada y la otra en el aire, y apretó con fuerza hasta que la pantalla se hizo añicos y la carcasa se dobló por la mitad.

—¿Tiene otro portátil a bordo? —preguntó Glass mientras tiraba el móvil doblado a la papelera.

—Eh… sí.

—Bien, no use ese hasta que lo revisen los técnicos. ¿Dónde está el equipo de Starlink?

—En la sala de comunicaciones, detrás del puente de mando. ¿Qué hay de Simon y los otros hombres? —preguntó Jones. Glass era uno de los pocos hombres de su organización a los que no trataba con condescendencia.

—Tengo hombres vigilando los aeropuertos y los puertos de ferris. No van a salir de la isla.

—Excelente.

—Voy a necesitar más dinero.

—¿Cuánto?

—Cien mil.

—¿Para qué?

—Una prima por matar a Simon y a los demás.

—¿Quiénes son esos tipos? ¿Puedes fiarte de ellos?

—No, pero son los mejores que he podido conseguir con tan poco margen. Pídale explicaciones a ese idiota de Crimble. Esta cagada es suya —dijo Glass, ya de camino a la salida para echar un vistazo a la sala de comunicaciones.

—Mmm, sí, en eso tienes razón. Bien, avisaré al contable.

Jones se sirvió un whisky escocés de cincuenta años, carísimo, y se sentó en el lujoso sillón de cuero de su despacho.

Bebió a sorbos, saboreándolo mientras esperaba pacientemente a que volviera Glass.

Veinte minutos y una segunda copa después, Glass entró en el despacho con la caja de interfaz que Scott había programado con un virus.

—Así es como accedieron a su ordenador. ¿Hay algo en él que deba preocuparnos? —preguntó Glass, arrojando la cajita sobre la mesa del despacho.

Jones la recogió y le dio vueltas entre los dedos. Miró la caja y luego su portátil apagado, pensando en lo que contenía.

—No lo creo. Las comunicaciones con los miembros del consejo se hacen mediante una transmisión en directo con cifrado de extremo a extremo.

No se guarda ni se graba nada. Hay muchos correos de negocios de Goldrock, pero nada delicado.

Todo lo relacionado con nuestros planes se envía a través del buzón de la corporación en la web oscura.

Los correos se alojan en un servidor en la nube, cifrados y en modo de solo lectura. Por seguridad, no se pueden descargar.

—¿Y su móvil?

—Nada que se me ocurra. Siempre tengo cuidado con lo que digo y envío. No es más que un intento desesperado de Simon por conseguir las pruebas que necesita para detener nuestros planes.

—Simon no me parece de los que actúan por desesperación —respondió Glass, sin convencerse.

El silencio se adueñó del despacho mientras ambos contemplaban el portátil cerrado, sumidos en sus pensamientos.