VEINTE
D anny estaba en el umbral de la pequeña sala de comunicaciones. Miró el móvil por décima vez, por costumbre, aunque sabía que no tenía cobertura. Mientras esperaba impaciente a que Scott terminara, tamborileaba distraídamente con la otra mano sobre la pared.
—¿Te importa, Daniel? Contigo al lado es como intentar trabajar junto a un animal enjaulado. ¿Por qué no te vas a dar vueltas por el pasillo o algo? Solo tardaré un par de minutos —dijo Scott, volviendo la cabeza para lanzarle una mirada a Danny.
—Perdona, tío. Sí, te dejo tranquilo un momento —respondió Danny. Apartó la mano de la pared y retrocedió hasta salir al pasillo.
La puerta del puente estaba abierta al fondo del pasillo, así que Danny dio unos pasos hacia ella para echar un vistazo, más por curiosidad distraída que por otra cosa. Mientras observaba los sofisticados mandos, su móvil recuperó la cobertura y vibró al recibir un mensaje.
«Jones está volviendo. Salid de ahí, ya».
—Mierda —murmuró Danny, encaminándose ya hacia la sala de comunicaciones.
—Ve terminando, Scott. Tenemos que irnos ya.
—¿Qué? ¿Por qué? Ya he acabado. ¿A qué viene tanta prisa? —preguntó Scott mientras guardaba el portátil.
—Jones está de camino, si no ha llegado ya. No sé a qué distancia está. Acabo de recibir el mensaje.
—Vale, voy —dijo Scott. Echó un último vistazo para asegurarse de que la caja de interfaz había quedado oculta detrás de los equipos del bastidor.
Danny se adelantó y entró en el puente para hacerle una seña al primer oficial, segundo al mando.
—Hola, ya hemos terminado.
—De acuerdo, mandaré a alguien para que los acompañe a la salida —respondió el oficial, alargando la mano hacia un radioteléfono.
—No hace falta, ya salimos nosotros solos —dijo Danny, encaminándose hacia las escaleras antes de que el hombre pudiera discutirlo.
—Vamos, vamos, vamos —le susurró Danny a Scott mientras bajaban a toda prisa las escaleras hacia la cubierta principal.
Fuera, Xavier Jones caminaba a paso rápido hacia su yate, amarrado al final del pantalán. Llevaba el teléfono pegado a la oreja y hablaba con expresión irritada.
—No, no. Dile a Dante que, si vuelve a dejarme plantado en una reunión, lo hundo. No volverá a trabajar jamás.
Mientras Xavier seguía desahogándose por teléfono, dos hombres con uniforme y gorra de béisbol bajaron por la pasarela y se cruzaron con él en el pantalán.
No les prestó atención. Llevaban la vista clavada en el suelo y las viseras les ocultaban el rostro.
Sin dejar de hablar por teléfono, Xavier subió por la pasarela, entró en el yate y se dirigió a su despacho.
—Bienvenido de nuevo a bordo, señor —dijo el capitán al cruzarse con él.
—Espera —le espetó Xavier a uno de los socios de Dante antes de volverse hacia el capitán—. Marcus, al llegar he visto a dos hombres salir del yate. ¿Quiénes eran?
—Eran técnicos de Taurus Network Group, señor. Han venido a actualizar la conexión a internet de Starlink.
Xavier asintió brevemente y siguió andando mientras retomaba la conversación telefónica. Entró en su despacho, se sentó y abrió el portátil. Después de iniciar sesión, apareció un mensaje en la pantalla.
«Se ha actualizado el software de Starlink. Haga clic aquí para continuar».
—Me da igual cuál sea la excusa. Haz que Dante me llame —dijo Xavier.
Pulsó el enlace de la pantalla y colgó. Al desaparecer el recuadro del portátil, apareció un mensaje parecido en su móvil, que intentaba conectarse a la wifi del yate.
Xavier pulsó el enlace sin pensarlo y frunció el ceño al ver las tres llamadas perdidas de Glass que aparecieron cuando desapareció el mensaje.
—¿Qué pasa, Scott? —preguntó Danny. Los tres estaban apiñados alrededor del portátil de Scott en el bar situado frente al puerto deportivo.
—Espera un segundo, voy a repasar los dispositivos conectados.
A ver, ¿qué tenemos aquí? El sistema de entretenimiento, un teléfono Android…
No, dos han pulsado el enlace. Vamos a echar un vistazo —dijo Scott mientras recorría los archivos para revisar rápidamente los mensajes y las fotos de los teléfonos—.
No, parecen mensajes del personal a amigos y familiares, y hay un montón de fotos de salidas nocturnas.
Espera, tenemos un iPhone, con la última versión de iOS… No, es el del capitán.
Danny vio acercarse a un camarero y bajó la tapa del portátil. Estuvo a punto de pillarle los dedos a Scott, que los apartó justo a tiempo.
—Tres cervezas, por favor —pidió Danny. En cuanto el camarero se alejó para traerlas, volvió a levantar la tapa.
—La próxima vez podrías avisarme antes de hacer eso —refunfuñó Scott, aunque enseguida se le borró el ceño fruncido y sonrió—. Bingo. El MacBook Pro de Xavier Jones acaba de conectarse. Ah, y ahí está su iPhone. Ahora voy a entrar en su programa de correo y copiar los mensajes.
Los dedos de Scott volaron sobre el teclado hasta que se abrió una ventana con una barra que avanzaba lentamente y, debajo, la palabra «copiando».
—Ahora voy a sacar los mensajes de texto y el registro de llamadas de su teléfono —añadió Scott.
—Buen trabajo, Scott. ¿Cuánto tardará? —preguntó Simon. Esta vez inclinó con cuidado la pantalla del portátil hacia abajo al acercarse el camarero para dejar las bebidas en la mesa.
—Solo unos minutos —dijo Scott, volviendo a levantar la pantalla cuando el camarero se marchó—. ¿Queréis ver qué está haciendo? —añadió con una sonrisa de suficiencia.
—¿Qué? ¿Cómo? —preguntó Danny, sorprendido.
—Es bastante fácil, la verdad… ¿Dónde estás? Ah, aquí. Acceder a la cámara del MacBook.
Scott desplazó a un lado las dos ventanas de descarga y abrió una tercera que mostraba una imagen en directo de Xavier Jones, mirando de frente hacia ellos mientras trabajaba en su portátil.
—Vaya, muy buen trabajo, Scott. ¿Podemos oírlo? —añadió Danny.
—Debería poder. Espera un momento. Sistemas, audio, activar micrófono.
Del portátil de Scott empezó a salir el sonido de Jones tecleando, que se interrumpió de golpe cuando le sonó el teléfono.
—Glass —respondió. Hizo una pausa mientras hablaba su interlocutor.
—Sí, estaba ocupado. He visto las llamadas perdidas. ¿Qué ocurre?
—Scott, ¿podemos escuchar lo que dice el otro? —preguntó Simon.
—Sí, debería poder —dijo Scott. Silenció el audio del portátil mientras accedía al iPhone.
—Simon cuenta con ayuda, al menos dos hombres: un antiguo activo del Departamento D, Daniel Pearson, y un experto informático, Scott Miller.
Acabo de salir de casa de Miller. No estaba allí.
En su oficina dicen que ha tenido que viajar a Chipre por un asunto urgente —dijo Glass con su habitual voz inexpresiva.
—¿Aquí? ¿Por qué iban a venir aquí?
—Mierda, Scott. ¿Les dijiste en tu oficina que venías a Chipre? —preguntó Danny, frunciendo el ceño.
—Eh… Lo siento, amigo mío. Tenía citas que cancelar y todo el mundo me metía prisa. Se me habrá escapado.
—Chist, escuchad —dijo Simon, inclinándose hacia el portátil.
—Están solos, sin ningún respaldo. Sea lo que sea lo que sabe Simon, no debe de bastarle; si no, ya habría acudido a las autoridades o a los medios y lo habría destapado todo. Usted manténgase alerta por si ve algo fuera de lo normal. Cogeré el próximo avión.
Jones tardó un segundo en asimilar lo que Glass le había dicho antes de responder.
—¿Has dicho que ese hombre, Miller, es experto informático? —prosiguió Xavier. Se le fue el color de la cara mientras miraba directamente a la cámara del portátil.
—Sí.
—Mierda. Acaban de estar aquí, en mi puto yate, haciéndose pasar por técnicos de internet.
—Cuelgue, apague el teléfono y sáquele la SIM. Apague también todos los ordenadores. Estaré ahí dentro de unas horas. Hágalo. AHORA —ordenó Glass con firmeza antes de colgar.
—¿Lo has conseguido todo? —preguntó Simon con urgencia mientras observaban a Jones a través de la cámara del portátil.
Jones, con torpeza, intentaba apagar el teléfono y sacarle la SIM.
Un segundo después cerró a la fuerza todos los programas del portátil, cortó la imagen de la cámara y apagó el equipo.
—Sí, lo tengo todo aquí —respondió Scott tras comprobar que ambas barras de descarga marcaban el cien por cien.
—Bien. Guárdalo, Scott. Creo que es buen momento para volver al hotel —dijo Danny, mirando hacia el puerto deportivo y el Golden Touch, a lo lejos.
Apenas distinguía a Xavier Jones, que acababa de salir a cubierta y giraba la cabeza de un lado a otro en busca de los dos hombres con uniforme de Taurus Network Group.