DIECINUEVE
G lass estaba de pie en el salón del ático de Scott.
Contempló la vista panorámica a través de las amplias puertas plegables que daban a la terraza.
Permaneció completamente inmóvil mientras seguía con la mirada el curso del Támesis, desde Greenwich, a su derecha, hasta los rascacielos de la Isla de los Perros y Canary Wharf, enfrente, y luego hacia el centro de la capital, a su izquierda.
Al volverse de espaldas a las vistas, fijó la atención en las fotos de Danny, Nikki y Scott que había en la pared frente a él.
Algo no encajaba. Aquel hombre, Pearson, era el último de su lista de activos vinculados al Departamento D, pero no se comportaba como tal.
Tenía raíces, amigos, familia y una esposa embarazada.
Los activos eran lobos solitarios, nómadas que iban de un sitio a otro sin ataduras.
Evitaban a toda costa dejar huella digital.
Con el móvil en una mano, enguantada en látex, sacó con la otra la tarjeta de visita que se había llevado de casa de Danny y marcó el número.
—Buenas tardes, Miller International IT Services. ¿En qué puedo ayudarle? —respondió una agradable voz de mujer.
—Buenas tardes. Soy el inspector Garland, de la Policía Metropolitana. ¿Podría hablar con el señor Miller, por favor? — dijo Glass. No esperaba gran cosa de aquella llamada. Tal vez alguna pista sobre el paradero de Daniel Pearson, o tal vez no.
—Un momento, por favor —respondió la mujer antes de ponerlo en espera.
—Hola, soy Sandra Walton, la asistente personal del señor Miller. ¿En qué puedo ayudarle, inspector?
—¿Podría hablar con el señor Miller, por favor? Es un asunto policial —dijo Glass con calma.
—Me temo que no. El señor Miller ha tenido que ausentarse por negocios. No sé cuándo volverá —respondió Sandra.
—Ah, ya veo. Eh… ¿Tiene alguna dirección donde pueda localizarlo?
—No, me temo que no. Ha llamado esta mañana para decir que se iba a Chipre por un asunto urgente de negocios. Si quiere dejarle un mensaje, se lo transmitiré en cuanto se ponga en contacto conmigo.
—¿Chipre? ¿Está segura de que ha dicho Chipre?
—Eh, sí. Ha dicho Chipre, sin duda.
Glass colgó sin decir nada más y se dirigió a la puerta del ático de Scott.
Al salir, dejó las llaves de repuesto y el llavero de acceso sobre la encimera de la cocina.
En vez de coger el ascensor, bajó por las escaleras.
Se quitó los guantes de látex y se los guardó en el bolsillo antes de llamar a Xavier Jones mientras descendía.
Al oír la señal de comunicando, apartó el teléfono de la oreja de golpe y salió por la puerta de entrada del edificio.
Volvió a llamar mientras se alejaba y, al recibir de nuevo la señal de comunicando, colgó.