DIECIOCHO
T ras unos suaves golpes en la puerta de la suite del hotel, Simon se acercó y dejó entrar a Danny.
—¿Has conseguido todo? —preguntó.
—Sí. —Danny dejó una bolsa de plástico sobre la cama y sacó unos polos azul marino y unas gorras de béisbol azules, todos con el logotipo bordado de Taurus Network Group—. ¿Qué te parece, Scotty?
Scott levantó la vista del portátil, rodeado de cables y aparatos sobre la mesa que había en un rincón de la habitación.
—Poliéster barato, qué maravilla. Y has escrito mal «Taurus» —dijo, torciendo el gesto al mirar los polos.
—¡¿Qué?! —Danny giró el polo para mirar el logotipo—. No, está bien escrito —añadió con el ceño fruncido al ver que Scott sonreía con sorna.
—Capullo.
—¿Qué te pasa? ¿Has perdido el sentido del humor esta mañana? Lo del poliéster no era broma, eso sí —dijo Scott entre risas antes de volver al portátil.
—Ya, bueno, no he encontrado ninguna tienda de Armani que bordase al momento. Toma, el tuyo lo he cogido en talla extrapequeña —dijo Danny mientras se quitaba la camiseta para ponerse el polo sobre el musculoso torso.
—Touché, Daniel —se rio Scott.
—Por divertido que sea vuestro numerito, tenemos un trabajo que hacer. ¿Tienes listo el equipo, Scott? —dijo Simon.
—Casi. Solo tengo que cargar el virus en la caja de interfaz y estaremos listos —dijo Scott mientras conectaba una pequeña caja metálica al portátil.
—Bien, bajaré al puerto deportivo y os avisaré cuando vea salir a Xavier para su reunión —dijo Simon. Cogió un sombrero fedora de paja y unas gafas de sol antes de dirigirse a la puerta.
—Recibido —dijo Danny cuando Simon salió.
—Tardaré unos diez minutos, amigo mío. ¿Por qué no llamas a Nikki para ver cómo están ella y el bebé?
—Sí, buena idea —dijo Danny, y salió al balcón para hacer la llamada mientras Scott se quedaba dentro.
—Hola, Ferg. ¿Está Nikki? —preguntó Danny. Había llamado a Fergus porque el teléfono de Nikki estaba apagado y le habían quitado la SIM para impedir que la localizaran.
—Sí, está aquí, tomando el sol en el jardín con Gaynor. Ah, he encontrado en un cajón uno de los viejos móviles de prepago de los niños para Nikki. En cuanto se cargue, te mandaré el número para que puedas llamarla directamente. Espera, voy a buscarla. ¿Cómo van las cosas por ahí?
—Gracias, Ferg. Aún es pronto para saberlo, tío. Te mantendré informado.
—Vale, si necesitáis algo, avísame. Aquí está —dijo Fergus. Hubo una pausa mientras le pasaba el teléfono a Nikki.
—Danny, ¿estás bien? —preguntó ella, con la preocupación patente en la voz.
—Sí, estoy bien, cariño. No vamos a hacer nada peligroso, de verdad. Tú tranquila; habremos arreglado todo esto antes de que te des cuenta —respondió Danny con el tono más sereno y convincente que pudo.
—Daniel, estás hablando conmigo. Te conozco. Eres capaz de meterte en líos solo con bajar a comprar un litro de leche. Ten cuidado y vuelve pronto a casa.
—Lo haré, te lo prometo. Tengo que dejarte: Scott y yo vamos a dar una vuelta en barco. Te llamaré luego.
—Más te vale. Te quiero.
—Sí, yo también te quiero —dijo Danny. Colgó y volvió con Scott al interior.
Con todo el equipo guardado, los dos se sentaron a esperar la llamada de Simon. La tensión en la habitación fue creciendo a medida que el reloj pasaba de las doce. Scott dio un respingo cuando por fin sonó el teléfono; Danny lo cogió y contestó antes del segundo timbre.
—Dime.
—Acaba de pasar un coche a recoger a Jones en el muelle. Tenéis vía libre —dijo Simon desde su puesto de observación en un bar situado al otro lado de la calle, frente al puerto deportivo.
—Vamos para allá —respondió Danny. Le hizo un gesto con la cabeza a Scott mientras colgaba.
—Qué emocionante —dijo Scott mientras se ponía la gorra de béisbol con el logotipo bordado de Taurus Network Group para completar el atuendo, junto con el polo y la acreditación que llevaba colgada del cuello.
—¿Qué tal si bajamos un poco el nivel de emoción, tío? —dijo Danny entre risas mientras se ponía la acreditación y la gorra.
—Vale, vale, aguafiestas —dijo Scott. Cogió la bolsa del portátil y siguió a Danny fuera de la habitación.
Diez minutos después bajaron de un taxi en el puerto deportivo.
Saludaron con la cabeza a Simon, que estaba en el bar de enfrente, y enfilaron el camino que atravesaba el centro del puerto.
Pasaron junto a las hileras de pantalanes donde atracaban barcos pesqueros pequeños y medianos, veleros y lanchas motoras, y se dirigieron hacia la fila de yates de varios millones de libras situada en el extremo más alejado.
Todos parecían diminutos al lado del superyate de trescientos millones de libras, el Golden Touch.
—Joder, mira el tamaño que tiene ese trasto —dijo Danny.
—¿Crees que intenta compensar algo? —preguntó Scott con una risita.
—Si es así, yo diría que le funciona. Vamos, te toca, tío —dijo Danny, dejando que Scott subiera por la pasarela delante de él hacia la cubierta del yate.
—Buenas tardes. Soy Geoff Hurrell, de Taurus Network Group. Venimos a actualizar el sistema Starlink. Creo que el capitán nos espera —dijo Scott a un marinero que estaba al final de la pasarela.
—Está bien, Hans, déjalos subir —dijo un hombre de aspecto importante, vestido con un impecable uniforme blanco que lucía cuatro galones dorados en cada hombro.
—Hola. ¿El capitán Pascal, supongo? Soy Geoff Hurrell. Creo que llamaron de nuestra oficina para avisarle de que vendríamos —dijo Scott. Sus años de trato con clientes se notaban en la seguridad con la que se acercó y tendió la mano al capitán.
—Sí, los esperábamos. ¿Adónde necesitan ir?
—Solo necesito ver el controlador giroscópico y el rúter del sistema Starlink. Supongo que estarán en un bastidor de la sala de comunicaciones, ¿no?
—Sí. Si tienen la amabilidad de seguirme… —respondió el capitán Pascal. Los condujo al interior del yate y subió tres cubiertas hasta una pequeña sala detrás del puente de mando—. Aquí está. ¿Tardarán mucho?
—No, no. Media hora, cuarenta minutos como mucho —respondió Scott, ya medio metido en la pequeña sala cuadrada, repleta de equipos montados en bastidores que controlaban desde la navegación y el radar hasta los sistemas de entretenimiento del barco y la conexión a internet de Starlink.
—De acuerdo, los dejo trabajar. Cuando terminen, avísenme a mí o a alguno de mis compañeros del puente.
Danny y Scott esperaron a que se marchara antes de concentrarse en la tarea que tenían por delante.
—Todo tuyo, Scotty. Le mandaré un mensaje a Simon para decirle que estamos dentro —dijo Danny. Al sacar el móvil, frunció el ceño—. Mierda, no hay cobertura.
—Será por todos los bastidores y equipos que hay aquí. Sal fuera con él; debería volver la señal —dijo Scott, que ya estaba encendiendo el portátil.
Danny salió de la diminuta sala y avanzó unos pasos por el pasillo hacia el puente.
Se quedó esperando, mirando fijamente el móvil hasta que aparecieron un par de rayas de cobertura.
Tardó uno o dos minutos en teclear un mensaje en los botones del tosco y barato móvil desechable; luego se lo envió a Simon y regresó con Scott a la sala de comunicaciones.
—¿Cómo va?
—Si no te importa guardar silencio un momento, amigo mío, tengo que desactivar unas cuantas medidas del cortafuegos —murmuró Scott sin apartar la vista del portátil.
—Ah, eh… Perdona, Scott —dijo Danny, y dio un paso atrás para quedarse junto a la puerta de la sala.
Mientras el camarero dejaba otro café delante de Simon, el móvil vibró con un mensaje de Danny.
Echó un vistazo a las palabras «Estamos dentro» y anotó la hora antes de dejar el teléfono sobre la mesa y volver a vigilar el yate de Xavier Jones, amarrado a unos cien metros, al fondo del pantalán.
Después de terminarse el café, Simon estaba a punto de consultar la hora cuando percibió por el rabillo del ojo que se acercaba un coche.
Sin mover la cabeza, dirigió la mirada hacia él tras las gafas de sol y observó cómo se detenía a la entrada del puerto deportivo.
Un segundo después, Xavier Jones bajó con cara de pocos amigos y echó a andar por el camino que conducía al interior del puerto y, a lo lejos, a su yate.
Simon cogió el móvil y tecleó un mensaje a toda prisa.
«Jones está volviendo. Salid de ahí, ya».