La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) DIECISIETE
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DIECISIETE

E dward tomó el largo camino de entrada que conducía a la casa de campo de David Tremain, entre las suaves colinas de Essex, a las afueras de Maldon.

David abrió la puerta cuando Edward llegó a la explanada de adoquines impecables que había delante de la casa.

Hacía tiempo que Edward no veía al hombre que en su día había dirigido el Departamento D, y no pudo evitar fijarse en cuánto había envejecido desde que dejó el cargo de ministro de Defensa.

—Edward, me alegro de verte. Pasa, por favor —dijo David, que lo recibió con una sonrisa cálida y cordial.

Edward le devolvió la sonrisa y lo siguió al interior de la casa, construida siglos atrás.

Caminó sobre las losas originales de piedra; el resto de la vivienda había sido reformado para combinar elementos clásicos con espacios modernos, luminosos y acogedores.

Pasaron a una cocina amplia, moderna y diáfana, construida como ampliación en la parte trasera de la casa.

David se acercó por detrás a una mujer atractiva, le rodeó la cintura con un brazo y le dio un beso en la mejilla.

—Sarah, este es Edward Jenkins, un amigo muy querido.

Ella se volvió y sonrió.

—Hola, Edward. ¿Un té?

—Sí, por favor —respondió Edward, algo desconcertado. En todos los años que llevaba conociendo a David, primero por su nombre en clave, Howard, en el Departamento D y después durante su etapa en el Gobierno, nunca había sabido que saliera con nadie ni que tuviera pareja.

—¿Por qué no os sentáis en el salón? Ahora os llevo el té.

—Gracias, cariño. Por aquí, Edward.

Edward siguió a David por otra puerta hasta un salón amplio y espacioso, donde este le indicó que tomara asiento.

—Bueno, Edward, por mucho que me alegre de verte, ¿qué era tan importante como para que tuvieras que venir hasta aquí a contármelo?

—Digamos que el Gobierno actual me está poniendo muy difícil hacer bien mi trabajo. Supongo que te habrás enterado de lo de Simon y el Departamento D.

—Sí. Puede que esté jubilado, pero me sigue gustando estar al tanto de las cosas, tanto de las buenas como de las malas —respondió David con aplomo.

Estaba sentado con las piernas cruzadas y el cuerpo relajado, y lucía una sonrisa de quien sabe más de lo que dice.

Le recordó a Edward los tiempos en que dirigía el Departamento D y siempre parecía ir tres pasos por delante de los demás.

—Bien. Hace un mes, el primer ministro, el ministro de Hacienda y nuestro ministro de Seguridad, Martin Crimble, nos convocaron a Simon y a mí.

En pocas palabras, iban a cerrar el Departamento D y a integrar sus funciones en el MI6, lo que obligaría a Simon a jubilarse antes de tiempo.

En fin, su reacción fue extraña. Encajó la noticia y se excusó con educación, como si tuviera cosas más importantes que hacer.

Volví a verlo poco antes de su muerte. No era el de siempre.

Me dijo que estaban ocurriendo cosas que deberían preocuparnos a todos, pero no me explicó cuáles.

Más tarde, aquel mismo día, murió en una explosión y cerraron el Departamento D.

Cuando intenté consultar los expedientes de su personal, descubrí que los habían borrado todos del sistema.

El primer ministro ha otorgado a Martin Crimble el control absoluto del Servicio Secreto de Inteligencia.

Ha implantado mejoras en el sistema que le dan acceso a toda la base de datos y a los expedientes de los casos en curso.

Aquí pasa algo muy grave. Además, cada vez sospecho más que han puesto micrófonos en mi despacho —dijo Edward, un poco sorprendido por la escasa reacción de David al mencionar la muerte de Simon.

—Todo eso es bastante preocupante, pero ¿por qué necesitabas verme? —preguntó David. Ambos guardaron silencio mientras Sarah entraba con una bandeja de té y galletas y la dejaba sobre la mesa de centro.

—Aquí lo tenéis. Os dejo solos —dijo ella, al advertir que habían interrumpido la conversación cuando entró.

—Gracias, querida —dijo David en voz baja. Esperó a que saliera de la habitación antes de volver a prestar atención a Edward, que aguardaba pacientemente.

—¿Lleváis mucho tiempo juntos?

—Un par de años. Conocí a Sarah en Whitehall, cuando era asesora económica del anterior ministro de Hacienda.

—Se os ve muy felices juntos.

—Gracias, Edward, lo somos. Pero no has venido a verme por eso —añadió David, retomando el asunto que los ocupaba.

—No, desde luego. Esta mañana, alguien ha accedido al ordenador central de inteligencia del MI6 con las credenciales de un antiguo agente de campo, credenciales que llevaban más de doce años sin utilizarse.

De algún modo, la cuenta ha permanecido activa y oculta en las profundidades del sistema durante todo este tiempo.

Toda la información, salvo el nombre del agente, está restringida por un protocolo de seguridad de código 37 que autorizaste cuando dirigías el Departamento D.

—Mmm, ya veo. ¿Y qué buscaba el señor Geffen? —preguntó David, con una leve sonrisa de nuevo en los labios.

—Chris Geffen buscaba información sobre Xavier Jones, el multimillonario fundador de Goldrock Corporation. Sobre todo quería localizarlo a través de sus entradas y salidas registradas en los controles de pasaportes. ¿Quién es Chris Geffen, David?

David volvió a sonreír.

—Fue un protegido mío, el mejor que he tenido. Era tan bueno que ascendió hasta lo más alto: un hombre excepcionalmente inteligente que comprendía la importancia de tener siempre un plan alternativo.

—Pero ¿quién es?

—Chris Geffen asumió la jefatura del Departamento D cuando me retiré.

Tú lo conoces por su nombre en clave: Simon.

Cuando aceptó el puesto, se borró todo rastro de su verdadera identidad por razones de seguridad nacional.

Actualmente consta en un expediente de alto secreto bajo custodia del ministro de Defensa, John Meadows, para que pueda recuperarla cuando deje el cargo o muera, por ejemplo, en una trágica explosión de gas.

—David hizo una pausa para dejar que Edward asimilara sus palabras—.

Las únicas personas que conocen su verdadera identidad, aparte de mí, son el rey y, ahora, tú, por supuesto.

—Sabías que no estaba muerto, ¿verdad? —dijo Edward.

—Tenía mis sospechas. Ahora bien, la pregunta más importante es esta: si Simon está interesado en Xavier Jones, nuestro multimillonario empresario debe de tener algo que ver con el intento de asesinato y con el desmantelamiento del Departamento D.

Eso plantea otra pregunta. ¿Para qué necesita Xavier Jones a ese tipejo repugnante de Martin Crimble y a medio Gobierno?

—Sí, a mí también se me ha pasado por la cabeza. Ya tiene poder y dinero de sobra. ¿Qué más puede querer? —respondió Edward con el ceño fruncido por la preocupación.

—Querido amigo, los hombres como Xavier Jones nunca tienen suficiente poder ni suficiente dinero —dijo David mientras daba un sorbo al té.

—La cuestión es: ¿qué voy a hacer yo al respecto?

—Te aconsejo que no hagas nada. Parece que ya estás en el punto de mira, y sabemos que esa gente no tiene reparos en quitar de en medio a cualquiera que se interponga en su camino.

—¿Cómo voy a quedarme de brazos cruzados mientras Simon está ahí fuera solo? —replicó Edward, frustrado.

—Supongo que pedisteis rastrear el origen del acceso del agente, ¿no? —dijo David, cambiando de tema.

—Sí, claro —respondió Edward, desconcertado.

—¿Y qué averiguasteis?

—La dirección no nos llevó a ninguna parte.

Encaminaron la conexión a través del rúter del ayuntamiento de Lewisham.

Lo único que conseguimos fue darles un buen susto a unos cuantos concejales cuando una unidad de policías armados, seguida de un grupo de agentes del MI6, irrumpió en el edificio.

La conexión podría haberse hecho desde cualquier sitio.

—Mmm, vaya, vaya. Casi parece que Simon recurrió a un experto informático para borrar sus huellas. A ver, déjame pensar: ¿a quién conocemos capaz de hacer algo así? —dijo David con una sonrisa cómplice.

—¿Qué? ¿Crees que Scott está ayudando a Simon?

—Ese tal Xavier, ¿dónde lo localizaron? —preguntó David, sin hacer caso de la última pregunta de Edward.

—Eh… En Chipre. Está en su yate, en el puerto deportivo de Limasol. ¿Por qué?

—Edward, querido amigo, ponte en el lugar de Simon.

Empieza a investigar algo que alguien no quiere que descubra y casi lo matan por ello.

Está solo y tiene pocas opciones. Necesita ayuda: gente en quien pueda confiar, ajena al Departamento D y al Gobierno, con unas habilidades concretas que le permitan resolver lo que sea que está pasando.

Ahora bien, ¿a quién conocemos que encaje en esa descripción y venga acompañado de un amigo inseparable que, casualmente, es un genio de la informática?

—Daniel Pearson.

—Daniel Pearson, en efecto.

—¿Qué hacemos? —preguntó Edward, con la cabeza dándole vueltas.

—Mientras no sepamos hasta dónde llega todo esto, y dando por hecho que te vigilan, te aconsejo que vuelvas al trabajo y sigas actuando con normalidad. Yo, por mi parte, haré algunas averiguaciones y veré qué puedo descubrir —dijo David, levantándose del asiento. Ya no había nada más que decir.

—De acuerdo, pero mantenme informado —dijo Edward mientras se levantaba y estrechaba la mano de David.

—Por supuesto. Ah, Edward…

—¿Sí?

—Compra un móvil de prepago de camino a la oficina y mándame un mensaje con el número. Creo que lo mejor será dar por hecho que tu teléfono está intervenido.

—Sí, lo haré. Gracias, David.

—Ten cuidado, Edward.

—Tú también.

David observó cómo se marchaba Edward mientras Sarah se acercaba por detrás y le rodeaba la cintura con los brazos.

—¿Problemas? —le susurró al oído.

—Me temo que sí, querida —respondió él, volviéndose hacia ella.

—¿Son graves? —preguntó ella, preocupada.

—Creo que sería buena idea que te quedaras en tu casa de los Cotswolds, solo durante una temporada —dijo David con una sonrisa tranquilizadora.

—Tan graves… De acuerdo. Ten cuidado. No quiero perderte —dijo ella. Sabía lo suficiente sobre el pasado de David para no insistir en que le diera más detalles.