DIECISÉIS
— G racias, querida. Sí, tenemos que volver a vernos pronto. ¿Cómo? Ah, ¿repetir lo de la fiesta de después de la Feria de Comunicaciones de Birmingham? Qué traviesa eres. Te llamaré cuando vuelva del viaje.
—Algo se trae entre manos —dijo Danny, mientras veía a Scott colgar el teléfono que acababa de comprar en la tienda de electrónica de la sala de embarque.
La sonrisa pícara se le borró de la cara cuando marcó otro número y volvió a llevarse el teléfono a la oreja.
Se puso a pasear por la sala mientras hablaba.
—Yo lo dejaría hacer. Me fastidia reconocerlo, pero el plan de Scott para encontrar al contable es mejor que cualquiera de los que se me ocurrieron —dijo Simon, abatido, cosa poco habitual en él.
—Sí, el tío es un genio. Me ha salvado el culo más veces de las que quiero recordar. Por lo que más quieras, no le digas que lo he dicho, o no habrá quien lo aguante.
—No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo. Al fin y al cabo, los secretos son mi especialidad —dijo Simon, esbozando una sonrisa ante el comentario de Danny.
El aviso de embarque de su vuelo, que resonó por la sala, les proporcionó una distracción oportuna.
—Hora de irnos, Scotty —le gritó Danny a Scott mientras él y Simon se levantaban.
Scott levantó un dedo para indicarles que necesitaba un minuto para terminar la llamada. Los dos esperaron pacientemente hasta que colgó y se reunió con ellos.
—Vamos, Scott, deja ya el trabajo, tío, que tenemos que irnos —dijo Danny, señalando el número de la puerta de embarque.
—Ah, pero no era una llamada de trabajo, Daniel —respondió Scott con una sonrisa traviesa.
—Ya te he dicho que se traía algo entre manos. ¿De qué iba, entonces?
—Todo se sabrá a su debido tiempo. ¿Nos vamos? —dijo Scott, echando a andar delante de ellos hacia la puerta.
—Retiro lo dicho: no es un genio, es un idiota insoportable —refunfuñó Danny mientras iba tras él con Simon.
—Me he muerto y he ido al infierno. Y ¿qué es ese olor? —se quejó Scott cuando el asiento del avión se le sacudió hacia delante porque el niño sentado detrás volvió a darle una patada.
—O la baguete de salami y edam o la de pastrami y emmental. ¿Quieres una? —respondió Danny entre risas, mientras miraba la carta de a bordo de Wizz Air.
—Dios mío, no. Huele a sobaco sudado. Esperaré a llegar a Limasol. Allí podemos buscar un buen hotel de cinco estrellas donde se coma bien. Una vez me alojé en el Four Seasons y estaba muy bien.
—No vamos de vacaciones, tío —dijo Danny, negando con la cabeza.
—Eso no significa que no podamos estar cómodos, ¿no? —replicó Scott.
—Antes de meternos de lleno en las opciones de alojamiento, ¿a alguno se le ocurre cómo vamos a acercarnos lo suficiente a Xavier Jones para acceder a su ordenador? —preguntó Simon, inclinándose desde el asiento de la ventanilla para hablarles en voz baja a Scott y Danny.
—Podría subir al barco y sacarle la información a golpes —respondió Danny. Su expresión dejaba claro que no bromeaba.
—Por tentador que resulte, Daniel, estaba pensando en algo un poco más discreto —dijo Simon con una leve sonrisa divertida.
—No hace falta preocuparse por eso. Ya está todo arreglado. Ahora, en cuanto al Four Seasons… —dijo Scott, para sorpresa de los otros dos.
—Eh, espera, Scotty. Rebobina un poco. ¿Cómo que ya está todo arreglado? —preguntó Danny.
—Bueno, mientras vosotros dos estabais sentados en la sala de embarque con cara de fin del mundo, yo estaba organizando que nosotros dos subiéramos al yate de Xavier Jones mañana por la tarde.
A la una, para ser exactos. El señor Jones estará en la cercana Larnaca por negocios y no se encontrará a bordo.
—Scott, tío, ¿puedes dejar de dar respuestas que solo generan más preguntas y contarnos qué está pasando?
—Sí, Scott, ¿te importaría darnos más detalles? —añadió Simon.
—Por supuesto. Esperad, tengo los datos en el portátil —dijo Scott.
Sacó el ordenador de la bolsa que tenía a los pies y lo abrió sobre el regazo—.
Aquí están. —Se detuvo con el ceño fruncido y, entre dientes, maldijo al niño que le daba una patada en el respaldo por enésima vez durante aquel vuelo.
—Sigue, Scott —dijo Simon, mientras Danny se volvía y le lanzaba al niño una mirada que lo hizo encogerse en su asiento.
—Bien, sí. Mientras buscaba información sobre el Golden Touch, descubrí que lleva instalado el último sistema de internet de alta velocidad por satélite Starlink de Taurus Network Group.
—¿Y eso en qué nos ayuda? —preguntó Danny con impaciencia.
—Si me dejas terminar, Daniel, te lo contaré.
—Perdona, prosigue, por favor —dijo Danny con sarcasmo.
—Eso haré. El año pasado conocí a una morena encantadora llamada Vanessa en una feria de comunicaciones en Birmingham. En fin, me invitaron a la fiesta de después y una cosa llevó a la otra.
—Sí, vale, ve al grano, Scott —dijo Danny, poniendo los ojos en blanco.
—Ah, sí, claro. Pues la encantadora Vanessa trabaja para Taurus Network Group y, tras contarle una mentirijilla sobre mis ganas de sorprender por su cumpleaños a mi buen amigo Xavier Jones, conseguí los datos de contacto de Marcus Pascal, el capitán del Golden Touch.
Así que llamé al señor Pascal y le dije que era el responsable del servicio técnico de los sistemas marítimos de Taurus Network Group y que teníamos que enviar a nuestros técnicos para realizar una actualización a bordo lo antes posible —explicó Scott con una sonrisa de suficiencia.
—¿No resulta un poco sospechoso que haya dos técnicos en Chipre justo por casualidad? —preguntó Danny.
—En absoluto. Esas empresas atienden desde yates de lujo hasta grandes cruceros. Sus técnicos vuelan por todo el mundo para darles servicio. Le ha parecido estupendo que podamos hacerlo mientras el señor Jones no esté a bordo, así los trabajos no le interrumpirán la conexión a internet.
Danny miró a Simon. Ambos le dieron unas vueltas a la idea.
—Es una idea cojonuda, Scott —dijo Simon por fin.
—Sí, la verdad es que lo es. Bien hecho, Scotty. Podemos buscar en Limasol algún sitio donde comprar ropa azul marino que parezca un uniforme, preparar unas identificaciones y ya está. —Danny sonrió.
—En realidad, como tenía cinco minutos libres, ya lo he hecho —añadió Scott.
Abrió un archivo para mostrarles dos credenciales de técnico de Taurus Network Group de lo más convincentes—.
Solo tenemos que encontrar un fotomatón y estaremos listos.
Mirad, tengo unos cordones de Miller Systems donde podemos ponerlas —dijo, sacándolos del bolsillo delantero de su bolsa.
—Una pregunta: si Xavier Jones no está a bordo, ¿cómo vamos a averiguar quién es el contable a través de su teléfono o su portátil? —preguntó Simon.
—Ah, ahí viene lo ingenioso. En cuanto tenga acceso al sistema, conectaré esta cajita preprogramada al servidor.
Cuando el señor Jones use cualquier dispositivo conectado a la red del barco, le aparecerá un mensaje del tipo «Su sistema Starlink se ha actualizado.
Pulse aquí para continuar». En cuanto pulse el botón, se instalará mi programa espía y podré ver todo lo que haya en sus dispositivos desde la comodidad del hotel Four Seasons.
—Muy bueno, Scott, pero no creo que el presupuesto nos llegue para el Four Seasons, tío —dijo Danny.
—Ah, pues tiene gracia que lo digas, porque ya me he tomado la libertad de reservarnos tres habitaciones. Cuando resolvamos este embrollo y Simon vuelva al lugar que le corresponde, les pasaré la factura como gastos.
—Y yo la pagaré encantado. Gracias, Scott —dijo Simon con una sonrisa.
—Estupendo. Ahora solo me queda sobrevivir una hora más a este maldito vuelo espantoso y todo irá bien —refunfuñó Scott. El niño de detrás volvió a darle una patada en el asiento mientras guardaba el portátil.