La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) QUINCE
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QUINCE

L a furgoneta de Pete’s Plumbing dobló por la calle donde vivía Danny.

Glass avanzó sin ir demasiado deprisa ni demasiado despacio.

Mantenía la cabeza orientada al frente, pero miró de reojo la casa de Danny a través de sus gafas de sol envolventes.

Siguió hasta el final de la calle, giró a la izquierda y luego otra vez a la izquierda, contando las casas antes de aparcar frente a la que tenía el jardín trasero lindando con el de Danny.

Glass examinó la entrada para coches y la vivienda: un utilitario discreto con el interior limpio y sin sillitas infantiles, rosales bien recortados y podados en el jardín delantero y visillos en las ventanas.

Allí vivía una persona mayor sola o una pareja de ancianos.

Inspeccionó los alrededores con calma, asegurándose de examinar bien la zona y las viviendas.

No había nadie paseando al perro, ni miradas indiscretas, ni vecinos fisgones que prestaran a la furgoneta una atención indeseada.

Tras apearse, Glass recorrió con paso seguro la entrada hasta la puerta principal y dio unos golpecitos en el cristal esmerilado.

Una figura se acercó despacio al otro lado, deformada por el vidrio.

Cuando el anciano abrió, observó a Glass con una mezcla de recelo y curiosidad.

—¿Puedo ayudarle?

—Buenas tardes. Soy de Pete’s Plumbing. Vengo por la fuga del radiador.

—Creo que se ha equivocado de dirección. Yo no he llamado a nadie —respondió el anciano. Glass seguía allí, relajado, con una sonrisa cortés en el rostro.

—Ah, vaya, qué raro. En la orden de trabajo pone el número 43. ¿Puede que nos haya llamado otra persona de la casa? ¿Su mujer, quizá, o algún hijo? —preguntó Glass mientras echaba un rápido vistazo alrededor para cerciorarse de que no hubiera posibles testigos observándolos.

—No, vivo solo.

En cuanto esas palabras salieron de los labios del anciano, Glass lanzó la pierna hacia delante y le propinó una patada brutal en el estómago que levantó su cuerpo escuálido del suelo y lo hizo caer en el recibidor.

Glass giró bruscamente la cabeza para comprobar los alrededores antes de entrar y cerrar la puerta tras de sí.

Pasó por encima del anciano, que se arrastraba boca abajo por el suelo de baldosas, con una mano tendida hacia el teléfono fijo que había sobre una mesita a poco más de un metro.

Glass se inclinó, le rodeó el cuello con el brazo y lo inmovilizó en una llave de estrangulamiento.

Con la otra mano se agarró la muñeca para apretar aún más.

El anciano se revolvió, pero no podía competir con la juventud y la fuerza de Glass.

Tiró débilmente del brazo que lo atenazaba hasta que las manos acabaron por caer al suelo.

Glass mantuvo la presión unos minutos más, hasta que la falta de oxígeno en el cerebro convirtió la pérdida de conocimiento en muerte.

Dejó caer el cadáver y atravesó la casa hasta la puerta trasera.

Se detuvo a mirar a través del cristal la valla de paneles que cerraba el jardín, con la parte posterior de la casa de Danny visible al otro lado.

Salió y caminó sin prisas hasta la valla del fondo.

Se volvió para comprobar si había alguien asomado a las ventanas de las casas contiguas.

Como no vio a nadie, retrocedió unos pasos, tomó carrerilla y agarró la parte superior de la valla para impulsarse por encima y caer detrás del cobertizo del jardín de Danny.

La maniobra apenas duró un par de segundos y no hizo ruido.

Metió la mano bajo el mono holgado, sacó una Beretta con silenciador y se acercó a la esquina del cobertizo.

Asomó poco a poco la cara hasta poder observar con un ojo la parte trasera de la casa.

Pasaron cinco minutos. Permaneció completamente inmóvil, respirando de forma superficial y controlada mientras vigilaba cualquier movimiento en el interior.

Como si alguien hubiera accionado un interruptor invisible, Glass entró en acción: rodeó de un salto la esquina del cobertizo y corrió hacia la puerta trasera.

En un solo movimiento fluido, se detuvo y se arrodilló, dejó la pistola sobre el escalón y sacó del bolsillo un estuche con ganzúas.

Transcurrieron veintiséis segundos desde que introdujo la primera ganzúa en la cerradura Yale hasta que levantó el último pistón y empujó lentamente la puerta para abrirla.

Recogió la Beretta con silenciador y entró, apoyando los pies del talón a la punta al rodear la mesa de la cocina.

Reparó en las tazas de té a medio beber que habían quedado sobre ella, como si alguien se hubiera marchado a toda prisa.

Extendió una mano y tocó el hervidor; notó que estaba frío y vio las llaves del coche de Danny sobre la encimera.

Echó un vistazo rápido al tablón de anuncios, donde había un calendario, notas, alguna factura y otros papeles, y salió al pasillo.

Se detuvo en el centro de la casa para escuchar.

Sus sentidos, extraordinariamente aguzados, no solo oían el silencio: percibían que la casa estaba vacía.

Glass se relajó, guardó la Beretta en la sobaquera que llevaba bajo el mono y volvió al tablón.

Hojeó los papeles y se detuvo en la ecografía del bebé antes de pasar a una foto de Danny, Nikki y Scott el día de su boda.

La desclavó y se la metió en el bolsillo.

Después se fijó en el calendario, donde se mezclaban las citas prenatales, los encuentros con Scott y los días de gimnasio.

Sus ojos fueron a parar a una de las tarjetas de visita de Scott, prendida en la parte inferior del tablón.

Miró el cuenco lleno de llaves que había en un estante debajo y sacó un llavero con una llave y un mando de acceso.

En la etiqueta blanca que llevaba ponía «Casa de Scott».

Con el llavero en la mano, desclavó la tarjeta de Scott y se guardó ambas cosas junto a la foto antes de regresar al pasillo.

Vio un bate de béisbol en el paragüero, echó un vistazo al salón y subió las escaleras.

El dormitorio estaba desordenado y las puertas del armario, abiertas, algo que desentonaba con el orden del resto de la casa.

Al igual que las tazas de la cocina, era otra señal de que se habían marchado con prisas.

Estaba a punto de irse cuando observó unas leves rozaduras en el interior del armario, como si alguien hubiera levantado el fondo.

Intrigado, sacó los bolsos y las cajas de zapatos y los dejó a un lado.

Luego levantó el fondo y descubrió las bolsas de deporte en el compartimento inferior.

Las sacó, las depositó sobre la alfombra y abrió las cremalleras: en una había un fusil semiautomático AR-15 y una Glock 17; en la otra, dinero.

Glass alzó la vista y recorrió con cuidado la habitación con la mirada.

Allí no iba a encontrar nada más que le sirviera.

Cerró las bolsas, cogió una con cada mano y bajó las escaleras.

Atravesó la cocina y salió por la puerta trasera, que dejó abierta.

Menos de un minuto después, había lanzado las bolsas por encima de la valla y había saltado tras ellas.

Las llevó a través de la casa del anciano y salió por la puerta principal.

Abrió la puerta lateral de la furgoneta y arrojó las bolsas a la parte de atrás, junto al fontanero muerto, antes de sentarse al volante.

Se puso en marcha y giró hacia la carretera principal.

Dos furgones negros pasaron a toda velocidad en dirección contraria.

En los asientos del conductor y del acompañante se veían claramente agentes armados de una unidad de respuesta táctica.

Sin duda, había más en la parte de atrás.

Glass los siguió con la mirada por el retrovisor lateral mientras tomaban a toda velocidad la curva hacia la calle de Danny y desaparecían de su vista.