TRECE
— V amos, despierta, dormilón —dijo Glass mientras le arrojaba un vaso de agua a la cara a Jack Samson y le daba unas suaves palmadas en ambas mejillas.
—Ah, ya has vuelto —añadió, retrocediendo cuando Jack se despertó sobresaltado y empezó a tirar de la cuerda que le ataba las muñecas a la espalda, a la silla metálica en la que estaba sentado y a uno de los cuatro postes de un elevador de coches.
Intentó liberar las piernas a patadas, pero tenía los tobillos firmemente atados a las patas de la silla.
Sentía el frío glacial del hormigón en los pies descalzos, que resbalaban sobre capas de aceite y grasa incrustados.
Sin hacer caso de Glass, giró la cabeza para observar cuanto lo rodeaba.
El entrenamiento y el instinto lo impulsaban a evaluar sus posibilidades de escapar en vez de fijarse en su captor.
Estaba en un pequeño taller instalado en uno de los arcos bajo una de las muchas vías de tren de Londres.
El elevador que había detrás de él estaba levantado y sostenía un Mini.
No había nada afilado con lo que cortar las cuerdas.
Estaban tan apretadas que no podía moverse lo suficiente para zafarse.
Terminada la evaluación, centró su atención en el hombre que tenía delante y reconoció al instante de qué clase de individuo se trataba.
Era un activo como él, probablemente de las fuerzas especiales.
No tenía sentido negociar con él: no saldría de allí jamás.
—Jack, ¿puedo llamarte Jack? —preguntó Glass con calma mientras revisaba la mochila de emergencia de Jack, sentado en un banco de trabajo metálico a unos pasos de distancia.
—Que te jodan —gruñó Jack.
—Vamos, vamos, Jack, los dos sabemos cómo va esto. Tú me dices lo que quiero saber y yo te mato sin hacerte sufrir —dijo Glass, dejando caer uno de los pasaportes falsos de Jack en la mochila.
—¿Dónde está el director del Departamento D? ¿Dónde está Simon? —añadió, clavando sus ojos azul cielo en los de Jack con una mirada fría.
—Vete a tomar por culo —espetó Jack.
Sí que sabía cómo iba aquello. Si sabías lo que querían, acabarías hablando y entonces morirías. Si no lo sabías, lo negarías hasta que terminaran por creerte, y entonces morirías. Lo sabía porque era exactamente lo que haría él si estuvieran en la situación contraria.
—Bueno, empecemos, ¿te parece?
Glass bajó del banco de trabajo metálico, se volvió y agarró el asa de un carrito naranja.
Las dos bombonas de gas, altas y pesadas, del equipo de soldadura oxiacetilénica traquetearon cuando lo inclinó y lo acercó a Jack.
Descolgó el soplete de corte y desenrolló las mangueras del carrito antes de abrir las válvulas de las bombonas.
Giró la válvula del acetileno del soplete y accionó el chispero, prendiendo el gas en una llamarada amarilla y ondulante.
—¿Dónde está Simon? —preguntó Glass con un gruñido sordo mientras miraba a Jack desde arriba. La luz de la llama le daba al rostro un aspecto macabro.
Jack se limitó a sostenerle la mirada con desafío mientras luchaba por dentro contra el impulso de dejarse llevar por el pánico.
Tras esperar unos segundos sin apartar los ojos de la mirada cargada de odio de Jack, Glass giró la válvula del oxígeno y transformó la ondulante llama amarilla en un chorro intenso de fuego azul.
—¿Dónde está Simon? —repitió Glass, poniéndose en cuclillas. El calor del soplete le abrasaba los pies descalzos a Jack y le chamuscaba el vello de los dedos.
Al no obtener respuesta, Glass pasó el soplete por encima de los dedos de su pie derecho.
La piel se ampolló y se abrió al instante.
Jack echó la cabeza hacia atrás y gritó; todos los músculos de su cuerpo se tensaron contra las cuerdas que lo sujetaban mientras un dolor inimaginable lo atravesaba.
Glass acercó más el soplete. Su llama azul clara, a 3500 °C, abrió un agujero en el empeine del pie tembloroso de Jack y quemó hueso, músculo y cartílago hasta que el humo y el fuego alcanzaron el suelo de hormigón y asomaron bajo el arco del pie.
Glass se incorporó y dio un paso atrás mientras apagaba el soplete y lo colgaba del asa del carrito.
Permaneció un rato en silencio, esperando a que remitieran los gruñidos y temblores de Jack.
—¿Dónde está Simon?
Hubo una pausa. Jack respiraba con dificultad y apretaba los puños a la espalda.
Los nudillos blancos y la tensión de los músculos lo ayudaban a contener las intensas punzadas de dolor que le subían por la pierna desde el pie.
Al final levantó la cabeza y miró fijamente a Glass, con una lágrima deslizándosele por la mejilla y los mocos cayéndole de la nariz.
—¿Eso es todo lo que tienes, puto cobarde? No tengo ni puta idea de dónde está Simon, así que puedes coger ese soplete y metértelo por el puto culo —gruñó, esforzándose por acercar la cabeza a Glass en un gesto de desafío.
Glass no mostró reacción alguna. Permaneció inmóvil mientras un retumbo grave iba aumentando de volumen y una fuerte vibración le retumbaba en el pecho: un tren pasaba por las vías situadas encima del arco que los cubría.
Cuando el ruido se apagó, Glass cogió el soplete con toda tranquilidad, accionó el chispero para prender la ondulante llama amarilla y después aumentó el oxígeno hasta convertirla de nuevo en un chorro intenso de fuego azul.
Mientras Jack tiraba de sus ataduras y forcejeaba, Glass volvió a ponerse en cuclillas y acercó despacio el soplete al otro pie.
Una hora después, Glass abrió la puerta metálica y salió del taller.
Inspeccionó los alrededores y subió a la furgoneta que había robado antes.
El propietario yacía muerto en la parte trasera, con una única puñalada asestada con precisión para atravesarle el corazón.
Glass se puso los auriculares y llamó por teléfono mientras se alejaba conduciendo.
—Señor Glass —respondió la voz suave de Xavier.
—No sabía nada.
—¿Cuál es el siguiente paso?
—Queda uno más en Londres.
—Muy bien. Mantenme informado y ten cuidado con los hombres de Hadden. Preferiría que no supieran de ti —respondió Xavier.
—No lo sabrán —fue lo único que dijo Glass antes de colgar.
Media hora después, una grúa llegó al taller y se detuvo delante.
De ella bajaron un mecánico de mediana edad y su hijo, refunfuñando por haber perdido tres horas de viaje hasta Harlow para atender un aviso de avería que había resultado ser una tomadura de pelo.
Cuando el hijo se acercó a la puerta metálica, se detuvo en seco.
—¡Papá!
—¿Qué pasa, hijo?
—La puerta está abierta —dijo, sin saber qué hacer.
—Espera ahí —dijo su padre, que fue a la grúa a por una pesada palanca para neumáticos—. Ponte detrás de mí.
Con la palanca en alto, su padre se acercó a la puerta con cautela y apoyó una mano en ella para abrirla despacio. Se asomó al interior y, al no ver a ningún intruso, entró.
—Joder, ¿qué es ese olor? —preguntó su hijo, siguiéndolo muy de cerca al entrar.
—No sé, huele como a pelo quemado y a barbacoa. ¿Ves si falta algo? —preguntó el padre, más tranquilo al comprobar que el taller estaba vacío.
Su hijo miró alrededor del banco de trabajo y revisó las cajas de herramientas. Se detuvo un momento al ver unas marcas negras de chamuscado en el suelo de hormigón, junto al elevador.
—Eh… no, está todo —dijo, retrocediendo hasta chocar con el gran bidón metálico de aceite usado.
Las abrazaderas de la tapa circular de metal estaban sueltas y esta se deslizó y cayó al suelo con estrépito.
El hijo se agachó a recogerla. Cuando se incorporó para volver a colocarla, una gran burbuja de aire ascendió borboteando a la superficie, seguida de la parte superior de la cabeza de Jack.
Se ladeó y el aceite le salió por la cuenca calcinada de un ojo antes de que la cabeza volviera a hundirse en el bidón.
—Papá, llama a la policía.
—No hace falta, hijo. No se han llevado nada.
—Llama a la puta policía, papá —replicó mientras se alejaba del bidón de aceite. Se le fue el color de la cara cuando su padre se acercó a ver a qué venía tanto revuelo.