DOCE
—¿ Q ué es eso, Scott? —Danny señaló la cajita blanca conectada al portátil.
—¿No podrían rastrearlo y hacer eso de la triangulación de antenas para localizarnos? —preguntó Danny. Se arrepintió al instante: Scott lo miró por encima del portátil antes de volver a la pantalla, negando con la cabeza.
—¿Te he dicho alguna vez lo irritante que eres? —preguntó Danny, procurando no sonreír.
—A menudo, amigo mío. Y ahora, Simon, si tienes la dirección del portal y los datos de acceso…
Mientras Simon le recitaba los datos de memoria a Scott, Danny se acercó a Nikki, que estaba sentada en el salón.
—¿Estás bien, cariño?
—Todo lo bien que puedo estar, embarazada y huyendo. ¿Cuándo va a dejar de pasarnos esto?
—Dejará de pasar, te lo prometo. Voy a resolverlo y después seguiremos con nuestra vida. Buscaré un trabajo seguro y aburrido y volveré a casa cada noche para estar contigo y con nuestra preciosa hija —dijo Danny. Le secó una lágrima de la mejilla y la abrazó.
—Estamos dentro —anunció Scott desde la mesa del comedor.
Danny se separó de Nikki y le dedicó una sonrisa y un guiño.
—Confía en mí, lo resolveré —le susurró.
—Confío en ti —respondió ella con una sonrisa antes de que Danny se reuniera con Scott y Simon en la mesa.
—¿Habéis encontrado algo? —preguntó, de pie detrás de Scott, cuyos dedos volaban sobre el teclado.
—Scott ya ha conseguido los datos del teléfono y el pasaporte de Xavier.
Está siguiendo sus registros de entrada y salida en inmigración.
Xavier salió del Reino Unido hace una semana en un jet privado desde Heathrow con destino a Corfú, donde embarcó en su yate y navegó hasta Heraclión.
Veamos, ¿adónde fue después? Eh… A Chipre.
Hay un registro que indica que pasó el control de pasaportes del puerto anteayer.
Su yate, el Golden Touch, está amarrado ahora mismo en el puerto deportivo de Limasol —dijo Simon.
—¿Hay alguien con él?
—Estoy en ello —intervino Scott. Miró de reojo el temporizador que había puesto en marcha en el móvil en cuanto entraron en el sistema central del MI6—. Se nos acaba el tiempo —murmuró, acelerando el tecleo.
—Señor, señor, alguien está accediendo al sistema central con las credenciales de un antiguo agente de campo.
—¿De quién son las credenciales, Ray? —preguntó Larry Mason, responsable de la sala del centro de análisis de datos del MI6, mientras se acercaba a uno de sus analistas.
—De un tal Chris Geffen. Su última actividad fue hace doce años —respondió Ray, mostrando los datos en la gran pantalla situada al frente de la sala.
—¿Quién demonios es Chris Geffen? ¿Y por qué siguen activas sus credenciales?
—No lo sé, señor, pero tiene el máximo nivel de autorización. Los datos están restringidos bajo el código 37. El acceso fue autorizado por un antiguo director del Departamento D, de nombre en clave Howard. ¿Qué hago? ¿Corto la conexión?
—¿La estás rastreando?
—Sí, señor. Están usando una VPN, así que nuestro programa tardará un par de minutos en identificar la dirección IP.
—¿Qué están buscando? —preguntó Larry, dividido entre rastrear el acceso y cortar la conexión para impedir que el intruso llegara a los archivos restringidos.
—Ningún archivo restringido. Están consultando registros de pasaportes e inmigración, además de buscar información general sobre el paradero de un tal Xavier Jones.
—Bien. Mantén la conexión abierta y avísame cuando sepas desde dónde acceden. Si abren cualquier archivo clasificado, córtala de inmediato, ¿entendido? Voy a llamar al jefe —dijo Larry, volviéndose hacia el escritorio que tenían detrás para coger un teléfono interno.
—Jenkins —respondió Edward desde su despacho, en la planta de arriba.
—Señor, soy Larry, de análisis de datos. Alguien ha entrado en el sistema con las credenciales de un antiguo agente de campo.
—¿Por qué no lo ha bloqueado nuestro sistema de seguridad? —replicó Edward mientras accedía al sistema desde el ordenador de su despacho para ver los detalles.
—No lo sé, señor. El acceso activo estaba oculto en los archivos del sistema bajo el código 37. Lo autorizó un antiguo director del Departamento D, de nombre en clave Howard.
—¡Howard! ¿A qué han accedido? ¿Has cortado la conexión?
—No, señor. La mantenemos abierta para localizarlos. No han accedido a ningún archivo restringido y parece que solo les interesa encontrar a alguien llamado Xavier Jones.
—¿Xavier Jones, el multimillonario? ¿De quién son las credenciales?
—Sí, señor, el multimillonario. El identificador de acceso pertenece a un tal Chris Geffen. No hay constancia de ese nombre en la base de datos. Un momento, señor —dijo Larry. Hizo una pausa mientras Ray le hablaba—. Ya tenemos la ubicación. Es el Ayuntamiento de Lewisham.
—Bien. Mantén la conexión abierta y manda allí cuanto antes una unidad de respuesta rápida de la Policía Metropolitana. Diles que acordonen el edificio. Quiero que, sea quien sea, no salga de ahí hasta que lleguen nuestros agentes.
—Muy bien, señor.
—Y envíame un informe de todo lo que hayan obtenido.
—Sí, señor —dijo Larry antes de colgar.
—Ya está, hemos salido —dijo Scott, cerrando la sesión por si el MI6 descubría que estaba usando el router del Ayuntamiento de Lewisham como conexión intermediaria.
Edward permaneció sentado, mirando fijamente la pantalla, absorto en sus pensamientos.
Había trabajado estrechamente con Howard, el predecesor de Simon, hasta que este dejó el Departamento D para convertirse en ministro de Defensa con su verdadero nombre, David Tremain.
Cuando el nuevo Gobierno llegó al poder, Tremain se jubiló anticipadamente.
Si alguien sabía quién era Chris Geffen, sería él.
Edward abrió un cajón del escritorio y sacó una vieja agenda negra que conservaba desde hacía años.
Pasó las páginas hasta encontrar el número y la dirección de David Tremain.
Alargó la mano hacia el teléfono, pero se detuvo antes de descolgar.
Desde la muerte de Simon y el cierre del Departamento D habían sucedido demasiadas cosas extrañas, incluidos numerosos cambios en el sistema impuestos con efecto inmediato por Martin Crimble.
Según Crimble, los cambios facilitarían la incorporación de los casos del Departamento D a los recursos, ya sobrecargados, del MI6 y garantizarían la transparencia ante el Gobierno central.
Edward había llegado a sospechar que incluso la privacidad y la seguridad de su despacho podían estar comprometidas.
Se levantó, se guardó la agenda en el bolsillo de la chaqueta y salió del despacho.
—Lisa, estaré fuera lo que queda de tarde. Llámame al móvil si surge algo importante —le dijo a su secretaria.
—De acuerdo, así lo haré.
Una vez en el coche, introdujo la dirección de David Tremain en el navegador y salió del aparcamiento subterráneo del edificio del SIS. Saludó con la mano a los guardias de seguridad cuando le abrieron las barreras. En cuanto perdió de vista el edificio, llamó a David Tremain por el manos libres.
—Edward, qué grata sorpresa. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Necesito hablar contigo en persona —dijo Edward con urgencia en la voz.
—Estoy en casa —respondió David al instante.
—Ya voy de camino.
—¡Estupendo! Voy poniendo la tetera —dijo David y colgó, pues no había nada más que añadir.