La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) ONCE
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S ituado a una distancia prudencial de los visillos mugrientos, Jack Samson escrutaba el aparcamiento y la jungla de hormigón que rodeaba el piso vacío de la cuarta planta, en Hackney. Una semana antes había recibido un mensaje de texto:

«El departamento ha quedado expuesto. Desaparece».

El remitente aparecía como desconocido, pero Jack tenía una idea bastante clara de quién se lo había enviado; solo dos personas conocían su identidad como activo del Departamento D: su director, que por motivos de seguridad utilizaba el nombre en clave de Simon, y el ministro de Seguridad, Martin Crimble.

Aquel político sin escrúpulos preferiría desentenderse de él y negar que lo conocía antes que avisarlo de un peligro.

Así que solo quedaba Simon. Puede que tuviera métodos poco ortodoxos para conseguir que hicieras lo que quería, pero también gozaba de una reputación intachable por cuidar de los suyos.

Si Simon te decía que desaparecieras, más te valía hacerlo, y deprisa.

Jack consultó la hora en su reloj.

Hora de irse. Si cogía el metro hasta St Pancras y luego el tren a Dover Priory, aún llegaría al ferri de las dos a Calais.

Jack no pensó más allá de Calais. Ya se preocuparía de cómo llegar a su refugio en el tranquilo pueblo de Labeaume, en el sur de Francia, cuando hubiera salido del país.

Retrocedió despacio hacia el interior de la habitación.

Un movimiento brusco podía llamar la atención, incluso a través de los visillos.

Se colgó la mochila y abrochó la hebilla de plástico que unía los tirantes a la altura del pecho para que le quedara bien ajustada a la espalda.

Avanzó por el pasillo y se detuvo a mirar hacia la cocina, donde había colocado un pequeño espejo de afeitar en el alféizar.

Lo había orientado para que reflejara a la perfección la pasarela exterior hasta la escalera del fondo.

Despejado.

Jack abrió la puerta del piso y caminó a paso rápido hacia las escaleras, mirando por encima del murete que le llegaba a la cintura hacia el aparcamiento y las pasarelas que serpenteaban entre los bloques de pisos de hormigón.

Un grupo de chavales con la capucha puesta merodeaba en bicicletas eléctricas, riendo y bromeando tras las mascarillas que les cubrían la boca y la nariz.

Podían ser chicos del barrio, pandilleros o camellos.

No le preocupaban. Podía acabar con todos sin despeinarse.

Al bajar a la segunda planta, volvió a echarles un vistazo y se quedó clavado al ver que uno de ellos se apartaba el teléfono de la oreja para decirles algo a los demás.

La urgencia de sus movimientos se contagió al grupo, que entró en acción y se dispersó en todas direcciones hasta desaparecer por el laberinto de pasarelas de la urbanización.

Alertado por los jóvenes, Jack ya había echado a correr cuando las furgonetas azules entraron en el aparcamiento.

Corría a toda velocidad por la pasarela mientras, a su espalda, los hombres del general Hadden salían en tropel de las furgonetas con el equipo táctico completo y subían las escaleras con los fusiles de asalto en ristre.

Sin aflojar el paso, Jack se precipitó hacia el extremo de la pasarela.

Un vecino que miraba desde la puerta abierta de su piso lo vio pasar como una exhalación.

Cuando se le acabó la pasarela, Jack saltó el murete y salió disparado al vacío.

Calculó dónde iba a caer y encogió las piernas para salvar el murete que se le venía encima.

Su trayectoria descendente lo lanzó como una bala por el hueco entre el muro y el techo del bloque contiguo.

Al caer sobre la pasarela, flexionó las piernas y rodó hacia delante para amortiguar el impacto; se levantó de un salto y siguió corriendo.

Sin hacer caso del dolor de rodilla, esprintó por el corredor con todas sus fuerzas, ajeno a los gritos que llegaban del bloque que había dejado atrás.

La pasarela giraba al final del edificio.

Jack apoyó un pie en el murete de su izquierda y se impulsó en ángulo recto para salir disparado por la pasarela del otro lado del bloque.

Fijó la vista en una farola situada a dos metros de la pasarela, más adelante, y volvió a lanzarse al vacío.

Se golpeó el pecho contra el poste metálico antes de poder abrazarlo con brazos y piernas y deslizarse hasta el suelo, sin aliento.

En cuanto sus pies tocaron tierra, echó a correr de nuevo, mirando de vez en cuando hacia atrás mientras se agachaba y zigzagueaba por el laberinto de senderos.

Con la bilis subiéndole por la garganta y los músculos ardiéndole, no pudo correr más.

Se detuvo y se escabulló por un callejón detrás de una hilera de garajes para vomitar.

Cuando recuperó el aliento suficiente para continuar, asomó la cabeza por el callejón para comprobar que no había moros en la costa y reemprendió la marcha.

Salió tranquilamente de la urbanización junto a una hilera de tiendas de la calle principal, sudoroso y respirando con dificultad.

Jack no dejaba de buscar indicios de que la unidad táctica le pisara los talones.

Recobrando la compostura, se sobrepuso al dolor del pecho y la rodilla magullados y se dirigió hacia la estación de Hackney Central.

Se tensó, listo para salir corriendo en dirección contraria, cuando pasó junto a él una furgoneta Transit blanca con el rótulo «Pete’s Plumbing» y se detuvo veinte metros más adelante.

Un operario con un mono blanco bajó, rodeó el vehículo y abrió la puerta lateral.

Jack se relajó un poco al ver que el hombre no le prestaba atención: sacó del interior su cinturón de herramientas y se lo abrochó a la cintura, dispuesto a ponerse con el trabajo que tuviera entre manos.

Jack pasó a su lado mientras el operario se inclinaba hacia el interior de la furgoneta, sin dejar de examinar el cruce que tenía delante en busca de amenazas.

Un fuerte tirón de la mochila lo pilló desprevenido y le hizo perder el equilibrio.

Antes de que pudiera soltar la hebilla que unía los tirantes y zafarse, sintió una intensa quemazón que le atravesó el cuello.

El dolor lo paralizó mientras todos los músculos del cuerpo se le contraían.

El hombre lo sujetó por la mochila y evitó que cayera al suelo cuando le fallaron las piernas.

Unas manos enguantadas lo arrastraron hacia el interior de la furgoneta y lo dejaron caer sobre el suelo revestido de tableros.

Antes de que Jack pudiera recuperar el control de su cuerpo y defenderse, arqueó la espalda y empezó a temblar: el hombre acababa de descargarle otros 50 000 voltios con las púas de una potente pistola eléctrica.

Su atacante mantuvo la descarga hasta que Jack echó espuma por la boca y perdió el conocimiento.