La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) DIEZ
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T ardaron casi una hora y media, entre atascos y continuas paradas, en recorrer los cuarenta kilómetros que separaban Walthamstow de la casa de Kingston upon Thames. A Danny le dolían las piernas en el estrecho habitáculo del Chevrolet Matiz.

—Es un poco más adelante, a la izquierda. Sí, esa, la casa blanca —dijo Danny, señalando la enorme mansión de siete dormitorios que tenían delante.

—Bonita choza —dijo Simon, deteniéndose al lado del coche de Scott.

—Me da igual cómo sea mientras tenga baño. El bebé me aprieta la vejiga y me estoy meando —dijo Nikki. Salió del coche como pudo y se dirigió hacia Scott, que estaba en la puerta abierta, a medio camino entre el trote y el andar de pato.

—¿Estás bien, hermanita? —preguntó Scott al verla acercarse.

—Aparta —dijo ella con urgencia, haciéndole un gesto para que se quitara de en medio. Luego gritó por encima del hombro—: ¡El baño! ¿Dónde está el baño?

—¡La puerta de la derecha! —le gritó Scott.

—Qué tal, Scotty. Gracias por esto, tío —dijo Danny.

Scott apenas lo oyó. Estaba demasiado ocupado mirando a Simon por encima del hombro de Danny.

—Creía que habías dicho que estaba…, eh, bueno, muerto, Daniel —dijo Scott, mirando alternativamente a Danny y a Simon.

—Es complicado, tío. Entremos. Te lo contaré todo.

—Señor Miller, me alegro de volver a verte —dijo Simon, tendiéndole la mano a Scott antes de que entraran todos.

Cuando Nikki regresó del baño, visiblemente aliviada, Scott los condujo a una enorme estancia diáfana en la parte trasera de la casa que hacía las veces de cocina, comedor y salón.

—Me he tomado la molestia de comprar algunas provisiones de camino. ¿Alguien quiere café? ¿Té? Tengo Earl Grey y Darjeeling.

—Yo tomaré un café, gracias, Scott —dijo Nikki.

—Yo también —añadió Danny.

—Un Earl Grey estaría estupendo —dijo Simon antes de dejar el expediente de la investigación ST15 sobre la mesa del comedor.

Se sentaron a esperar mientras Scott preparaba las bebidas.

—Bien, ¿qué está pasando, Simon? —preguntó Danny.

Simon abrió el expediente, sacó los documentos y las fotografías de vigilancia y los distribuyó con cuidado sobre la mesa para que todos pudieran verlos.

—Bien. Poco después de que el Gobierno actual llegara al poder, me alertaron de que ciertos miembros del gabinete parecían empeñados en perjudicar la ya frágil economía del país.

Subidas de impuestos absurdas, decisiones políticas y un aumento descomunal del gasto en el extranjero, mientras recortaban los presupuestos de servicios públicos, educación y prestaciones sociales.

Los ricos se están marchando del país en masa y se llevan consigo sus empresas y los impuestos que pagan.

Eso genera un flujo de riqueza en una sola dirección: fuera del Reino Unido.

Al principio pensé que no era más que una gestión desastrosa por parte de unos dirigentes incompetentes, hasta que empezaron a perfilarse ciertos patrones.

Una tras otra, las empresas que constituyen la columna vertebral de Gran Bretaña se ven abocadas a la ruina por nuevas leyes, cambios en la legislación laboral y subidas de impuestos.

En cuanto menguan sus beneficios y se desploma el precio de sus acciones, se ven obligadas a reducir plantilla y desprenderse de activos para recuperar la confianza del mercado.

Solo que, en lugar de recuperarla, se encuentran de pronto con problemas de suministro, subidas de precios o contratos que desaparecen.

—Un desmantelamiento planificado —dijo Scott con el ceño fruncido.

—Exacto. ¿Y quién creéis que ha sido el principal impulsor de las fusiones, las ventas y las quiebras de esas empresas?

—No me digas que Hacienda.

—Otra vez has acertado. Mientras Hacienda las presiona para que paguen los impuestos pendientes, aparece una oportuna oferta de compra de una empresa extranjera.

Si la rechazan, Hacienda las empuja a la quiebra y luego liquida sus activos sin contemplaciones para cobrar los impuestos adeudados, vendiéndolos a precio de saldo al mismo grupo de empresas extranjeras.

Quien esté detrás de esto gana de cualquier manera.

Todas las empresas compradoras se han constituido en los últimos dieciocho meses y no existe ningún vínculo visible entre ellas.

Y la cosa no acaba ahí. Nuestras empresas de suministros también están cambiando de manos.

Aunque la mayoría ya pertenecían a inversores extranjeros, tantos cambios de propietario en tan poco tiempo resultan, como mínimo, insólitos.

—Es una «fire sale» —dijo Scott, y todos se volvieron hacia él.

—¿Una qué? —preguntó Danny.

—Una «venta por incendio». Antes se refería a la venta de mercancías dañadas por el fuego, como una liquidación de existencias.

Ahora se usa para describir la venta apresurada de bienes, activos o valores a precios muy rebajados, por la desesperación que provocan las dificultades económicas, la quiebra o la necesidad urgente de liquidez.

En resumidas cuentas: Gran Bretaña está en venta y hay que liquidarlo todo —respondió Scott.

—Exactamente. Ante la posible implicación de miembros destacados del gabinete, incluido el primer ministro, empecé a investigar por mi cuenta con mi jefe de operaciones.

En cuanto nos acercamos a la verdad, el ministro de Seguridad, Martin Crimble, anunció que iba a cerrar el Departamento D para integrarlo en el MI6.

A mí me tocaba jubilarme anticipadamente.

Cuando seguí investigando, intentaron matarme y acabaron con todo el departamento —dijo Simon.

Dio un sorbo al té mientras pensaba en sus empleados.

Se habían deshecho de sus cuerpos; nadie volvería a verlos.

A sus seres queridos les darían alguna explicación oficial, como que habían muerto al servicio de su país y que los detalles estaban amparados por la Ley de Secretos Oficiales, antes de hacerles firmar un acuerdo de confidencialidad por motivos de seguridad nacional.

—Aparte de las empresas que se hunden, ¿qué averiguaste sobre quién está detrás de todo esto? —preguntó Danny, devolviendo la atención de Simon a los documentos que tenía delante.

—Hay un vínculo entre nuestro primer ministro, Jeremy Appleton, un multimillonario llamado Xavier Jones y un oligarca ruso, Sergei Grinkov.

Appleton y Grinkov coincidieron en la Universidad de Oxford.

Mientras estudiaban Empresariales y Economía, fundaron la Goldrock Corporation.

La empresa fue tirando como una pequeña firma financiera y de inversiones hasta que Grinkov y Appleton se licenciaron.

Entonces apareció Xavier Jones: invirtió en ella, se convirtió en su consejero delegado y accionista mayoritario y la hizo crecer hasta alcanzar las cotas estratosféricas de hoy.

—Pero Goldrock aparecería en la declaración de intereses económicos de Appleton como un conflicto de intereses —dijo Scott, cogiendo una fotografía de vigilancia en la que Xavier y Sergei Grinkov estaban sentados en un restaurante.

—No. Xavier Jones compró la participación de Appleton un año después.

No existe ningún vínculo económico personal entre ellos.

Pero, si sigues la trayectoria de nuestro primer ministro hasta llegar al poder, encontrarás cuantiosas donaciones al partido a lo largo de la carrera de Appleton procedentes de Westward Logistics, filial de Goldrock, y de Cranbury Pharmaceuticals, de la que Sergei Grinkov es accionista.

Además, nuestro ministro de Seguridad, Martin Crimble, llegó a la política desde Stack International Oil, propiedad de la Goldrock Corporation.

Y, hablando de Martin Crimble, su asesor militar de confianza, el general Miles Hadden, acaba de firmar, con el respaldo del primer ministro, un contrato armamentístico de varios miles de millones de libras para que una empresa llamada Taktic Industries suministre armas al Ministerio de Defensa.

Taktic Industries es filial de la Goldrock Corporation.

Intenté identificar a todas las partes implicadas, pero hay demasiadas empresas y resulta imposible seguir el rastro del dinero: Islas Vírgenes Británicas, Islas Caimán, Bermudas, Singapur, Suiza…

Cualquier lugar con un estricto secreto bancario o con requisitos mínimos de transparencia.

Solo necesito demostrar el vínculo entre todas esas empresas y los políticos implicados.

—A quien necesitas, querido amigo, es al contable —intervino Scott con una sonrisa.

—Son corporaciones que mueven miles de millones, Scott. Todas tendrán departamentos enteros de contabilidad —dijo Danny, descartando la idea.

—Eso es cierto, pero la información que buscas, las maniobras más ingeniosas que no quieren que vea nadie, cómo se lucran esos políticos, las operaciones con información privilegiada, quién oculta su participación para esquivar a la CMA y a la Oficina de Comercio Justo…

—¿La CMA? —preguntó Danny.

—La Autoridad de Competencia y Mercados.

Antes se llamaba Comisión de Monopolios.

En fin, es probable que de todo eso se ocupe un solo hombre.

Alguien cercano, de confianza, capaz de mover sumas enormes de dinero con cierta creatividad sin hacer saltar las alarmas.

Esto es tan grande que necesitan cuentas dentro de cuentas dentro de cuentas, y a alguien que sepa dónde está todo y cuánto hay.

Si no quieren que nadie más las vea, no pueden guardar esa información junto a la contabilidad oficial.

No, será alguien en quien Xavier Jones confíe, alguien muy bien pagado.

Encontrad al contable y encontraréis la respuesta a todo esto.

Simon, Danny y Nikki miraron a Scott con incredulidad mientras él apuraba el café y se levantaba.

—¿Alguien quiere otro? —preguntó, señalando su taza.

—Eh, sí, gracias, Scott. Entonces, ¿cómo encontramos a ese contable? —preguntó Danny, mientras Simon permanecía sentado, absorto en sus pensamientos.

—Bueno, yo buscaría la manera de conseguir los contactos, números de teléfono, direcciones de correo electrónico y demás de Xavier Jones.

Necesitará mover dinero a menudo para sus negocios financieros más turbios, y un hombre como él querrá estar al tanto de todo al minuto.

Imagino que mantendrá un contacto frecuente con quien lleve las cuentas.

Tiene que haber un rastro de comunicaciones en su teléfono o en su portátil.

¿No podéis pedirle a Edward que hackee su portátil desde la sede del SIS?

—Preferiría no involucrar a Edward. Estoy casi seguro de que había un topo en el Departamento D y creo que mi despacho estaba intervenido. No me extrañaría que también estuvieran vigilando a Edward y las actividades del MI6 —dijo Simon.

—Entonces, ¿cómo vamos a conseguirlo? —preguntó Danny, frustrado. Nikki le puso una mano en el brazo para tranquilizarlo.

—Mmm, supongo que tendremos que acceder nosotros mismos a su ordenador personal —dijo Scott, pensando en voz alta.

—¿Tienes un portátil contigo? —le preguntó Simon a Scott.

—Sí, claro. Está en el coche.

—Tengo las credenciales de acceso de un antiguo agente de campo del MI6.

Podemos usarlas para entrar en el sistema informático central de inteligencia y averiguar dónde está Xavier Jones.

Pero tendremos que darnos prisa. Ese acceso no debería estar activo; quedó oculto en el sistema para una emergencia como esta.

Lo detectarán enseguida y empezarán a rastrear la dirección IP para localizarnos —dijo Simon.

—Querido amigo, soy uno de los mejores expertos en informática del mundo. ¿De verdad crees que sería tan estúpido como para dejar que me rastrearan por una dirección IP? —resopló Scott, ofendido ante la mera idea.

—Mis disculpas —dijo Simon con una sonrisa divertida.