NUEVE
M artin Crimble permanecía al fondo de la sala, reprimiendo un bostezo.
El primer ministro, Jeremy Appleton, le había pedido que asistiera a la Cumbre Económica celebrada en el centro de congresos Vox de Birmingham, pero, como ministro de Seguridad del Reino Unido, no alcanzaba a entender por qué.
Miró el reloj y puso los ojos en blanco mientras contaba los minutos que faltaban para que la ministra de Hacienda, Louise King, dejara de soltar sandeces sobre lo bien que estaba salvando la economía.
Cuando terminó su discurso, la sala se llenó de unos aplausos tibios y corteses.
Los invitados se levantaron de sus asientos entre murmullos que expresaban una opinión muy extendida: Louise King era la ministra de Hacienda más inepta y alejada de la realidad que había tenido el país.
El nutrido grupo de manifestantes que había fuera del edificio, agitando carteles contra ella mientras un cordón de antidisturbios los contenía, daba fe de ello.
Los invitados fueron saliendo de la sala sin reparar en Crimble, más atraídos por el almuerzo gratuito y la barra del otro salón.
Crimble se irguió cuando el primer ministro se dirigió hacia él, estrechando manos, sonriendo y charlando de trivialidades a su paso.
Se inclinó hacia Crimble y le susurró al oído: «Sígueme», antes de seguir adelante, sin dejar de sonreír y estrechar las manos de los delegados.
Martin obedeció y pasó junto a la ministra de Hacienda.
—Buen discurso, Louise —dijo Crimble, con un sarcasmo tan sutil que ella no supo muy bien cómo tomárselo.
—Eh, gracias, Martin —respondió ella con vacilación, desconcertada por el comentario.
Crimble siguió caminando con una leve sonrisa y salió tras el primer ministro de la sala principal a un pasillo que conducía a una de las salas de conferencias más pequeñas del recinto.
Dos corpulentos guardias de seguridad se apartaron para dejarlos entrar y, una vez dentro, se colocaron hombro con hombro para bloquear la puerta.
—¿Estamos listos, Spencer? —preguntó el primer ministro a su principal asesor económico, Spencer Macintosh.
—Sí, tenemos una conexión segura —respondió él, saludando a Crimble con un gesto de cabeza mientras tomaban asiento.
—Bien, vamos al grano antes de que noten mi ausencia —dijo el primer ministro, señalando el portátil que había delante de Macintosh.
Este pulsó unas teclas y la pantalla del fondo de la sala cobró vida.
A la izquierda apareció la imagen del multimillonario Xavier Jones, vestido con una camisa ligera de algodón.
Unas gafas de sol Giorgio Armani, entre la barba y el pelo impecablemente cuidados, lo protegían del resplandor del sol mediterráneo sobre la cubierta de su yate de lujo.
A la derecha de la pantalla dividida apareció Jacob Ackerman, el abogado de empresa de Xavier: un hombre bajo con aire de pitbull, con unos cuantos mechones peinados sobre la coronilla despoblada.
Tras unas pequeñas gafas redondas, observaba fijamente a todos los participantes en la videollamada.
—Caballeros, disculpen que haya convocado esta reunión con tan poca antelación —dijo Xavier con su voz suave y serena de siempre.
—Sí, sí, ¿podemos ir al grano? Tengo que volver a la cumbre —lo interrumpió el primer ministro, girando la muñeca para mirar la hora.
Un destello de ira cruzó el rostro de Xavier, visible apenas un instante antes de que recuperara su aire tranquilo y seguro.
—Mis disculpas, Jeremy. Había olvidado el hombre tan importante en que te he convertido. De nada, por cierto —dijo Xavier. La sonrisa desapareció de su rostro. Tanto él como Jacob Ackerman clavaron en Appleton una mirada fija, sin pestañear, a través de la pantalla.
—Eh, sí, perdona. Continúa, por favor —balbuceó Appleton, rectificando a toda prisa.
Xavier dejó que el silencio se prolongara unos segundos, solo para dejar claro quién mandaba allí.
—Cuando vuelvas a la cumbre, Jeremy, habrá un hombre de Fullerton Aerospace UK esperándote.
Se llama Alan Cambridge. Lleva la propuesta para suministrar un sistema de guiado de armas para el nuevo Eurofighter, la que rechazaste el mes pasado.
Le estrecharás la mano, aceptarás la propuesta, te disculparás por haberla rechazado y harás que el Gobierno la apruebe de inmediato —dijo Xavier.
Su tono había recuperado la jovialidad mientras se recostaba para aceptar una bebida que le ofrecía un miembro de la tripulación del yate, al que despidió con un gesto.
—Pero no puedo. Tenemos un acuerdo comercial vigente con los franceses. No puedo echarme atrás: nos costaría cientos de millones, por no hablar del daño que haría a nuestras relaciones con Francia —replicó Appleton entre titubeos, con la cabeza dándole vueltas ante semejante petición.
—Jacob —dijo Xavier con calma, sin hacer caso de la protesta de Appleton.
—Mi equipo ha examinado el contrato con lupa. Está mal redactado y contiene varias lagunas importantes que podemos aprovechar para rescindirlo —respondió Jacob, sin apartar la mirada de Appleton.
—Pero no puedo. El gabinete no respaldará la idea —dijo Appleton, con la esperanza de que Xavier no siguiera presionándolo, aunque en el fondo sabía que lo haría.
—Puedes y lo harás. Necesito que se apruebe el contrato para que podamos emitir un comunicado de prensa. Tengo que conseguir que las acciones de Fullerton Aerospace UK superen las dos libras antes del día veintisiete. Así que hazlo. ¿Me has entendido, Jeremy?
Appleton, abatido, asintió en señal de rendición.
—Gracias, Jacob. Ya puedes salir de la reunión —dijo Xavier.
La pantalla de Jacob Ackerman se quedó en negro sin que este respondiera.
—¿Eso es todo? De verdad tengo que volver —preguntó Appleton, deseando marcharse.
—Sí, vete. Dale recuerdos al señor Cambridge.
La imagen de Xavier seguía en pantalla cuando Appleton y Crimble se levantaron y se volvieron para salir de la sala.
—Tú no, Martin. Tenemos asuntos que tratar —dijo Xavier con voz fría y tajante.
Crimble volvió a sentarse, con el estómago revuelto por la orden de Xavier.
La sala permaneció sumida en un silencio tenso hasta que Appleton salió y cerró la puerta tras de sí.
—Enhorabuena por cómo has gestionado el Departamento D y por quitar de en medio a ese entrometido de Simon. Dime, ¿han recuperado ya su cadáver de la casa? —preguntó Xavier, todavía con voz afable.
—Eh, bueno, eh, los hombres del general Hadden han recuperado muchos restos humanos.
Como imaginarás, la explosión lo dejó todo hecho un desastre.
Es cuestión de tiempo que encontremos una coincidencia de ADN.
Estoy seguro de que podremos confirmar de un día para otro que Simon murió en la explosión —balbuceó Crimble, tratando de ganar tiempo pese a saber que los hombres de Hadden aún no habían encontrado ni rastro de Simon.
—Bien. ¿Encontrasteis entre los escombros algún indicio de ese expediente comprometedor?
—Eh, no, ningún rastro de un expediente en papel. El ordenador del despacho quedó completamente destruido en la explosión. Cabe suponer que Simon estaba utilizando una copia digital cuando la casa saltó por los aires —continuó Martin, cada vez más seguro de sí mismo.
—Estupendo. Entonces no tenemos nada de qué preocuparnos, ¿verdad? —dijo Xavier, cambiando de tono al pronunciar aquel «¿verdad?» y poniendo nervioso a Crimble.
—No, no, nada en absoluto.
—Excelente. Ah, solo una cosita más antes de que te vayas —añadió Xavier con una sonrisa.
—Sí, claro. ¿Qué?
—Solo me preguntaba cómo es posible que lleves más de una semana con un equipo retirando los escombros de la casa de Simon y todavía no hayáis encontrado el túnel por el que escapó. El túnel que mi jefe de seguridad encontró en cuestión de minutos.
A Crimble se le descompuso el semblante. Palideció mientras buscaba desesperadamente qué decir.
—¿Un túnel? ¡¿Qué?! ¿Cómo? Yo…
—Yo, yo, yo. ¿Tú qué, Martin? Que la he cagado.
Que soy un inútil llorica. El director del Departamento D está vivito y coleando, y si está vivo, seguimos corriendo el riesgo de que nos descubran.
¿Tengo que recordarte lo que pasará si salen a la luz nuestros negocios?
—bramó Xavier, interrumpiendo a Crimble.
El estallido de ira distorsionó el sonido de la videollamada.
—No, Xavier. Me ocuparé de ello —respondió Crimble, procurando sonar seguro y dar la impresión de que controlaba la situación.
—Más te vale, Martin. Encuéntralo, encuentra el expediente y deshazte de los dos —gritó Xavier. Golpeó el teclado que tenía delante para cortar la llamada y dejó a Crimble parpadeando, aturdido, ante una pantalla en negro.
Al cabo de unos segundos, Crimble se sobrepuso y buscó a tientas el teléfono.
—El maldito Hadden me ha dejado con el culo al aire —murmuró antes de pulsar el botón de llamada.
—Crimble —contestó el general Hadden con voz seca.
—General, tenemos un problema. Simon está vivo.
—¿Qué? Imposible. ¿Cómo?
—Ahora mismo salgo hacia Londres. Reúnete conmigo en mi despacho de Whitehall a las… —Hizo una pausa para mirar la hora—. A las tres y media, y te lo contaré todo.
—De acuerdo, allí estaré.
Tras colgar, Crimble sintió una oleada de náuseas y tuvo que apoyar una mano en la mesa para mantenerse firme. Respiró hondo unas cuantas veces y recobró la compostura antes de salir de la sala de reuniones.